El proximo domingo, el 12 de abril del 2026, en la tarde, cuando se cierren las mesas y los números empiecen a caer como guillotina, el Perú habrá producido, de un solo porrazo y con eficiencia no habitual, diez mil cuarenta y nueve perdedores, ni uno más, ni uno menos.
Diez mil cuarenta y nueve (10,049). Todos en una noche. Ni el Titanic tuvo tanto ahogado.
Porque eso es lo que hay, actualmente: 10,257 candidatos disputándose sillas en el poder ejecutivo, el Senado, la Cámara de Diputados y el Parlamento Andino. De todos ellos, entrarán solo 208. Los demás, los otros diez mil cuarenta y nueve, se quedarán afuera mirando los números en pantalla con esa expresión particular que tienen las ilusiones cuando se convierten en estadística. Esa cara que todos conocemos. Esa que no necesita subtítulos.
Y entre los 10,257, seamos honestos que para eso estamos, hay de todo como en botica: una colección variopinta de mediocridades, oportunistas, fugitivos del trabajo formal y entusiastas del sueldo público, que uno se pregunta si el requisito para inscribirse era simplemente tener pulso. Y en algunos casos, ni eso. Pero también, y hay que decirlo con la misma honestidad, hay entre ellos, lamentablemente los menos, algunas personas capaces, preparadas, con trayectoria limpia y ganas genuinas de servir.
Uno quisiera que el destino fuera tan justo como la aritmética: que entre los perdedores quede toda esa colección variopinta de improvisados y aprovechadores, y que entre los 208 ganadores estén precisamente los capaces, los preparados, los de trayectoria limpia y vocación real de servicio. Gente que merece ganar y que, en un país más justo, ganaría sin discusión. El problema es que el sistema los mezcla a todos en la misma bolsa, y el votante tiene que encontrarlos como quien busca aguja en pajar electoral.
Cuántos de ellos, en la madrugada del lunes con la derrota fría y dolorosa encima, haciendo la digestión del último bocadillo de campaña, se mirarán al espejo y pensarán: ¿Para esto gasté mis ahorros? ¿Para esto me endeude?, ¿Para esto me deshice de propiedades que tanto me costó adquirir? ¿Para esto recorrí mercados, estreché manos sudadas, aguanté incomodidades, dolores y malos olores, prometí carreteras en lugares donde no hay ni trocha, regalé calendarios con mi cara que nadie va a colgar en ninguna pared? ¿Para terminar con irrisorios porcentajes, que en votos reales son los parientes y amigos que votaron por compromiso?
Habran protagonizado, sin saberlo y sin quererlo, con la inconsciencia gloriosa de quien no sabe lo que no sabe, la campaña electoral más absurda de nuestra historia. Y eso, considerando la competencia feroz que tenemos en materia de absurdos, es un mérito que no debe subestimarse.
Y sin embargo. Sin embargo, uno no puede rendirse del todo.
Porque entre los 208 que entren, algo extraordinario puede ocurrir. Algo que este país necesita con la urgencia silenciosa de quien lleva demasiado tiempo aguantando la respiración. Permítanme entonces hablar de lo que esperamos. No como exigencia de ciudadanos cansados, aunque también lo somos, sino como carta abierta de un pueblo que todavía, contra toda evidencia razonable, conserva intacta la capacidad de creer.
Del presidente de la república esperamos, antes que nada, que entienda el peso real de lo que carga. No es un cargo. Es un país entero, con sus heridas abiertas, sus instituciones maltrechas y su gente que madruga sin que nadie se lo agradezca. Esperamos un presidente que gobierne para todos, no solo para los que financiaron su campaña. Que no llegue al poder a cobrar favores sino a saldar deudas con la historia. Que enfrente la corrupción sin mirar para el costado, que defienda la institucionalidad aunque le cueste votos, que diga la verdad aunque la verdad incomode. Que recuerde cada mañana, al levantarse, que el Palacio de Gobierno no es su casa. Es la casa del pueblo, y él apenas el inquilino temporal que debe devolver las llaves en mejor estado de como las recibió.
Esperamos que gobierne durante los cinco años que le corresponde y que sepa hacer respetar la autoridad del ejecutivo.
De los senadores esperamos altura. Esa palabra que tan pocas veces acompaña al Congreso peruano. El Senado nace, o renace, como cámara de reflexión, de contrapeso, de mirada larga en un país acostumbrado a la mirada corta. Esperamos senadores que lean antes de votar, que debatan antes de aprobar, que piensen en el Perú de dentro de veinte años y no solo en la próxima encuesta. Que sean el freno inteligente de las ocurrencias y el impulso sereno de las reformas que nadie quiere emprender porque son difíciles y urgentes a la vez. Que entiendan que su función no es aplaudir al Ejecutivo ni boicotearlo por deporte, sino fiscalizar con criterio, legislar con rigor y representar con dignidad a un pueblo que merece algo mejor que lo que ha tenido.
De los diputados esperamos presencia. Presencia real, no la presencia folclórica del que aparece en el distrito solo en campaña y desaparece hasta la siguiente. Esperamos representantes que conozcan su región de verdad, que hayan pisado sus mercados no para repartir calendarios sino para escuchar. Que lleven al Parlamento las voces que nunca llegan: las del agricultor, la del obrero, la del comerciante, la del industrial, la del maestro, la del profesional de la salud, la del enfermo que espera meses por una cita médica que quizás llegue demasiado tarde o nunca. Que legislen pensando en esa gente concreta, de carne y hueso y paciencia agotada, y no en los intereses del partido, del empresario amigo o del caudillo de turno. Que recuerden, cada vez que tomen la palabra, que la curul es un mandato. No un premio.
De los parlamentarios andinos esperamos, que no sean el chiste del sistema. Porque el Parlamento Andino ha cargado demasiado tiempo con esa fama, la de ser el destino turístico mejor pagado de la política peruana, donde los elegidos viajan, cobran dietas generosas y regresan sin que nadie sepa muy bien qué hicieron ni para qué fueron.
Esperamos que lleguen a esa tribuna regional a defender con convicción los intereses del país en el bloque andino, a construir acuerdos que sirvan, a representar a una nación que tiene mucho que aportar y poca costumbre de hacerse escuchar. Que vuelvan con algo más que el pasaporte sellado.
Es poco pedir, dirán algunos. Es demasiado pedir, dirán otros.
Quizás. Pero el pueblo que vota tiene derecho a exigir, y los 208 que entren tienen la obligación de escuchar. No porque seamos ingenuos. Sino porque detrás de cada voto emitido este domingo hay alguien que todavía cree, a pesar de todo y contra todo, que este país puede ser algo mejor de lo que ha sido.
Y esa fe, por pequeña que parezca, merece ser honrada.
No mañana. Desde el primer día.