El Colapso de los Valores en la Sociedad Moderna
La Erosión del Pudor Social
En el tejido social contemporáneo se ha abierto una grieta profunda, casi imperceptible para muchos, pero devastadora en sus consecuencias. La pérdida absoluta de la vergüenza como regulador moral ha transformado nuestra convivencia en un terreno fértil para la impunidad y el descaro. Cuando los límites éticos se desdibujan, cuando el pudor ante lo indebido se desvanece, ¿Qué queda de nosotros como sociedad?
Observamos con preocupación cómo aquellos que son descubiertos en actos de corrupción o hurto no muestran la mirada baja del arrepentimiento, sino que más bien, sonríen burlonamente a quienes los señalan y enfrentan con ferocidad y prepotencia a quienes los investigan y sancionan. Ya lo estamos viendo en tanta noticia sobre política, juicios y corrupción.
«Cuando se ha perdido la vergüenza, se roba impunemente y a rajatabla, y cuando son descubiertos, antes que avergonzarse, agreden, llenan de improperios a quienes los señalan tildándolos de tontos y envidiosos.»
Esta observación nos confronta con un espejo social fracturado que hace que algunos sostengan la premisa absurda: «No importa que robe, pero que haga obra. Total… todos roban.» ¿Está bien asumir con indolencia la existencia de la corrupción?
Es que la vergüenza, ese mecanismo ancestral que nos conectaba con la conciencia colectiva, ha sido reemplazada por una agresividad defensiva que convierte a la víctima en victimario y al denunciante en objeto de escarnio. Ahora, el bueno, el sano, el honesto es la víctima, es el anormal; mientras el pillo, junto a otros pillos, ya constituyen la normalidad.
La pregunta inevitable surge: ¿Qué se puede esperar de una sociedad así?
El Reflejo en la Inocencia
La respuesta quizás la encontremos en la mirada de los más pequeños, quienes aún distinguen con claridad entre el bien y el mal. ¿Pero cuántos quedan?
Los niños, esponjas emocionales y morales, absorben todo, particularmente el comportamiento adulto como modelo de conducta. ¿Qué mensaje transmitimos cuando permitimos que los transgresores exhiban con orgullo lo mal habido?
«Cuando la sociedad, y en particular los más pequeños, ven a los ladrones llenos de dinero, disfrutando sin vergüenza de lo mal habido y burlándose de quiénes los critican y hasta de la justicia, no es acaso natural que los vean como modelos.»
¿Qué futuro nos espera si lo permitimos? Esta normalización del éxito a cualquier precio construye en las nuevas generaciones una percepción distorsionada: si el triunfo social se mide exclusivamente en términos materiales, la transgresión parece ser el camino más rápido.
La Delgada Línea Entre Aspiración y Codicia
No podemos ignorar que el anhelo de prosperidad es legítimo y necesario para el desarrollo humano.
«No está mal desear crecer, desear tener más, mientras ese deseo no se convierta en codicia.»
El problema surge cuando este deseo se transforma en obsesión que eclipsa cualquier consideración ética. La codicia emerge cuando el fin justifica los medios, cuando el otro se convierte en obstáculo o instrumento.
«Se convierte en codicia cuando ese deseo es el único, es la única estrella que guía al individuo, y no le interesa dañar, atropellar, desvalijar a quien sea con tal de llenar sus bolsillos. Ni siquiera le interesa llenar de vergüenza a su familia, ni condenarse al infierno pues son colegas del demonio.»
En este punto, el individuo se aísla moralmente de la comunidad, su brújula ética se desorienta y su horizonte se limita a la acumulación.
La Gratitud como Antídoto
La gratitud, virtud esencial que nos conecta con lo que tenemos y no con lo que nos falta, se presenta como antídoto natural contra la codicia desmedida. «Debemos saber ser agradecidos con la vida, con la sociedad que nos cobija, con la familia que nos cuida.» Esta gratitud no es simple cortesía, sino una profunda comprensión de nuestra interdependencia.
Quien sabe ser agradecido nunca podrá ser un ladrón. La gratitud auténtica no puede coexistir con el abuso de confianza.
«¿Estamos siendo agradecidos si nos aprovechamos de quienes confiaron en nosotros, y aprovechamos nuestra «gran inteligencia» para sustraer dinero y bienes que más bien deberíamos esmerarnos en cuidar?»
Esta pregunta nos interpela directamente y nos invita a reflexionar sobre la coherencia entre palabras y actos.
El Deseo Insaciable y el Valor de lo Poseído
Andamos tan perdidos en temas de valores que nuestra naturaleza está exacerbada por el deseo insaciable de tener más.
«El que pasa hambre daría todo por un plato de comida, mientras que quien tiene de sobra se queja del sabor. El que no tiene coche lo sueña, mientras que quien lo tiene siempre busca uno mejor.»
En cada ejemplo resuena la misma verdad: la felicidad no reside en la posesión, sino en la capacidad de valorar lo que ya tenemos.
«La clave está en ser agradecido, en detenerse a mirar lo que poseemos y comprender que, en algún lugar, alguien daría todo por lo que tú ya tienes y no aprecias.»
Esta conclusión nos invita a un ejercicio de conciencia cotidiana que podría transformar nuestra relación con los bienes materiales y la tentación de obtenerlos por cualquier medio.
La Reconstrucción Social
Lamentablemente, la justicia no funciona bien y la impunidad sigue reinando. La impunidad no solo corroe las instituciones, sino que erosiona la confianza en el futuro compartido.
La reconstrucción de una sociedad basada en valores éticos requiere un esfuerzo colectivo. No basta con señalar a los transgresores; es necesario fortalecer los mecanismos que revalorizan la vergüenza como regulador y la gratitud como actitud vital.
Necesitamos restablecer la vergüenza no como emoción paralizante, sino como dispositivo de autocorrección moral. Quienes han violado la confianza colectiva deben experimentar el peso de sus acciones, no solo mediante sanciones legales, sino también por la desaprobación social. Ya basta de condescendencia, el decir «acacallau» cuando vemos a un corrupto que es descubierto, a un pillo que termina tras las rejas. Peor todavía con aquellos sinvergüenzísimos que se han acogido a la colaboración eficaz para conseguir más beneficios. Eso no borra sus pecados.
Simultáneamente a restablecer la vergüenza, debemos cultivar la gratitud como hábito cotidiano. Agradecer no es conformarse con lo insuficiente ni renunciar a la ambición legítima, sino reconocer el valor de lo que ya tenemos y comprender que cada privilegio conlleva una responsabilidad.
Responsabilidad Compartida
Los educadores y padres, y también los comunicadores sociales y los líderes comunitarios tienen una responsabilidad especial en este proceso. Son ellos quienes pueden mostrar a las nuevas generaciones que el éxito auténtico no se mide en posesiones, sino en la capacidad de construir una vida con sentido y en armonía con los demás.
Los medios de comunicación pueden contribuir significativamente al cambiar el foco: menos glorificación del éxito material a cualquier precio y más visibilidad para quienes construyen prosperidad desde la integridad y el trabajo honesto.
Como individuos, podemos comenzar por examinar nuestras propias actitudes hacia la posesión material. ¿Somos capaces de sentir gratitud por lo que tenemos? ¿Valoramos realmente a las personas que nos rodean? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la integridad por la ganancia?
La respuesta a estas preguntas determinará el tipo de sociedad que construiremos: una donde la vergüenza regule nuestros actos y la gratitud oriente nuestros deseos, o una donde la codicia y la impunidad normalicen el abuso de confianza. La elección, como siempre, está en nuestras manos.