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Estamos a punto de elegir a las autoridades que desde el poder ejecutivo y el legislativo guiarán los destinos del Perú los próximos cinco años.
Nunca habíamos tenido un dilema tan grande, una responsabilidad tan complicada, pues, debido a las pésimas leyes vigentes, más de diez mil candidatos postulan a poco más de doscientos puestos, es decir, cincuenta personas por cada cargo, o dicho de otra manera, cuarenta y nueve perdedores por cada puesto ocupado.
Difícil tarea la que tenemos encima. Quizás este artículo, que reúne distintas visiones del Perú a lo largo del tiempo, pueda ayudarnos a elegir mejor. Porque para saber a quién entregarle el país, conviene primero saber qué país tenemos.
Hay países que caben en una sola imagen, el Perú no es uno de ellos. Según desde dónde se lo mire es una promesa o una herida, un milagro o un escándalo, una civilización extraordinaria o un Estado que nunca terminó de nacer.
Por eso quienes más lo han pensado, quizás los cerebros más brillantes del Perú, no coinciden en una definición sino que se contradicen, se complementan y se interpelan a través del tiempo, como si el país fuera demasiado grande para caber en una sola verdad.
Lo que sigue, son algunas de esas visiones: las de quienes lo amaron, lo sufrieron, lo estudiaron y lo dijeron en voz alta cuando decirlo tenía un costo. Voces distintas, épocas distintas, pero todas mirando al mismo espejo roto.
Pablo Macera dijo que «el Perú es un burdel». La frase escandaliza, claro, pero Macera no insultaba; describía un lugar donde todo tiene precio, nada tiene valor, y la transacción es el único sacramento reconocido. Un sistema en el que la fidelidad dura lo que dura el billete y nadie pregunta de dónde viene el cliente ni hacia dónde va.
Manuel González Prada prefirió la metáfora médica: «el Perú es un organismo enfermo donde se aplica el dedo y brota pus». La imagen implica que la infección ha colonizado el tejido profundo. No se trata de remover una astilla: hay que operar, y el paciente lleva más de cien años resistiéndose a la anestesia. Lo curioso es que ninguno de los dos odiaba al Perú. Lo que tenían era algo más peligroso que el odio: esperanza. Y la esperanza, cuando choca contra la realidad peruana, produce esa mezcla de indignación y ternura que no tiene nombre en ningún idioma, aunque todos los peruanos la reconocen al instante.
Antonio Raimondi acuñó la imagen que quizás mejor retrata la tragedia nacional: «el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro». El oro está ahí, en los Andes, en la Amazonía, en la cultura, en la gente. El problema es la posición: sentado encima de la riqueza, pero sin tocarla, sin usarla, sin distribuirla. Esa desconexión no es accidental; es estructural, voluntaria y perfectamente administrada. Las élites aprendieron hace mucho que no hace falta robar todo: basta con controlar quién decide cómo se reparte.
Luis Alberto Sánchez no dijo que el Perú era joven. Dijo que era «un país adolescente». La diferencia es crucial: el adolescente ya sabe que existe el mundo adulto pero no ha decidido si quiere pertenecer a él, es capaz de lo mejor y de lo peor en el mismo día, y generalmente culpa a los demás de sus propios errores. ¿Cuántos años tiene ya este adolescente? Doscientos y pico. En los individuos eso se considera una patología. En los países, hay quienes lo celebran como carácter.
Abraham Valdelomar lo dijo en broma, pero el Perú lo tomó en serio: «el Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert, y el Palais Concert soy yo». Uno sonríe primero, luego piensa, y la sonrisa se congela. El resto del país produce pero no decide, trabaja pero no manda, existe pero no cuenta.
Nicolás de Piérola lo vio con ojos de gobernante y lo resumió con una honestidad que pocos de sus sucesores han igualado: no somos más que «un puñado de desconcertadas gentes esparcidas en un inmenso territorio». El Perú tiene más de 47 lenguas vivas y tres regiones tan distintas que a veces parecen tres países que comparten un pasaporte por accidente. La diversidad nunca fue tomada en serio como fortaleza: fue ignorada, folklorizada para el turismo e instrumentalizada en campaña.
Jorge Basadre, el más grande historiador del Perú, se negaba a concluir que todo estaba perdido: «el problema es, en efecto y por desgracia, el Perú, pero también, felizmente, posibilidad», y «el Perú es más grande que sus problemas». Su postura es subversiva en un país que oscila entre la autocomplacencia más ciega y el pesimismo más paralizante. Somos esto que somos, con todos nuestros fracasos, pero podríamos ser otra cosa. No mañana, no sin verdad. Pero podríamos.
María Rostworowski sabía mejor que nadie que «el Perú es un país acomplejado», habiendo pasado décadas estudiando una civilización extraordinaria que la cultura oficial trató como decorado para postales. El complejo tiene capas: el colonial, la vieja idea de que lo extranjero es mejor; el racial, esa herida que ningún gobierno ha querido curar porque curarla implicaría redistribuir el poder; y el del fracaso repetido, el de quien ha sido traicionado tantas veces que ya no sabe si la siguiente decepción la producirá el gobierno, el partido o su propio espejo.
José Carlos Mariátegui escribió que «el Perú es el fragmento de un mundo que sigue una trayectoria»: sus problemas no son defectos de carácter sino consecuencias de estructuras que lo precedieron y que él solo no puede desmantelar. Murió a los 35 años habiendo pensado más que muchos en toda una vida, desde la enfermedad, desde la pobreza, desde la periferia. Tal vez por eso entendió mejor que nadie lo que significa ser un fragmento: la dignidad no está en negarlo sino en entender el hilo que te conecta con el todo.
Nicolás Yerovi dijo que «abrir los ojos en el Perú es prácticamente un milagro». No el acto físico, sino esa otra apertura que implica ver la realidad tal como es, sin el velo de la costumbre. La corrupción funciona porque la mayoría termina mirando hacia otro lado, no por maldad sino por supervivencia. Cuando ver cuesta demasiado, cerrar los ojos se vuelve una estrategia razonable. Y así cada ciudadano que decide seguir mirando, a pesar de todo, es algo parecido a un santo laico.
Mario Vargas Llosa comparó al Perú con el Aleph de Borges: «un país que no tiene una identidad porque las tiene todas». La imagen es seductora, y en su dimensión cultural e histórica es verdadera. Pero tener todas las identidades puede ser también una forma elegante de no tener ninguna. La identidad que no se construye conscientemente se fragmenta.
José María Arguedas lo dijo de otro modo: «el Perú es todas las sangres», «una fuente infinita para la creación». Pero esas sangres no siempre han corrido juntas; con demasiada frecuencia corrieron en direcciones opuestas, en conflictos que podrían haberse evitado si alguien hubiera decidido, alguna vez, que la diversidad era razón para el encuentro y no para el desprecio.
Blanca Varela escribió que «el Perú es madrastra de sus hijos»: incapaz de amar a los más pobres, a los más oscuros, a los que hablan lenguas que Lima no entiende, a los que crean belleza en lugares donde el Estado no llega. La madrastra no es mala porque quiera; es mala porque no puede amar lo que no engendró.
Julio Ramón Ribeyro añadió que «nacer en el Perú es como recibir el bautizo de una religión». Toda religión implica una comunidad de sentido, una historia común y una promesa de redención. El bautizo marca. Uno puede alejarse, puede dudar, puede apostatar. Pero la marca queda, y ningún exilio la borra completamente.
Alfredo Bryce Echenique señaló que el Perú es «un país de muchas leyes pero sin ley». Tiene constitución, códigos, decretos, organismos de control sobre organismos de control, toda la arquitectura institucional de un Estado de derecho. Y sin embargo la coima sigue siendo el lubricante de la máquina pública y la justicia sigue siendo un servicio de lujo al que solo acceden quienes pueden pagarlo. Se juzgan corruptos que son sustituidos por otros corruptos mientras el sistema que los produjo sigue intacto, sonriente, produciendo más.
Carmen McAvoy propuso la distinción más importante: «el Perú no es corrupto; hay corruptos a los que les dimos el poder». Si la corrupción fuera inevitable nadie sería responsable, y esa narrativa es en sí misma una trampa. Los corruptos son personas concretas con nombres y apellidos, y el poder que ejercen fue delegado en elecciones concretas, muchas veces a sabiendas de lo que venía.
César Hildebrandt escribió que «el Perú es una promesa que va a cumplir 200 años»: doscientos años del próximo gobierno que va a cambiar las cosas, del caudillo que va a sacar al país del hoyo, de la promesa perpetuamente renovada y perpetuamente incumplida, como esas flores artificiales que no se marchitan porque nunca estuvieron vivas.
Carlos Calderón Fajardo añadió el ángulo más sombrío: «el Perú es un país que devora a sus mejores hijos». Expatría a sus intelectuales, silencia a sus periodistas, asesina a sus líderes sociales, ignora a sus científicos, paga una miseria a sus maestros. Una máquina perfectamente calibrada para el desperdicio humano.
Rafael de la Fuente Benavides, conocido en las letras como Martín Adán, no explicó ni justificó ni defendió. Solo escribió: «el Perú es mi patria, nada queda por agregar». Porque la patria es la patria aunque duele, y el amor es el amor aunque no se merece.
Héctor Velarde añadió que «en el Perú la duda hamletiana no tiene sentido porque ser o no ser es lo mismo»: la indiferencia institucional hace equivalentes la presencia y la ausencia, el compromiso y la evasión, la entrega y el abandono.
Guillermo Thorndike lo resumió con tres palabras: «el Perú es una comedia». No la del vaudeville que divierte sin consecuencias, sino la del absurdo, en la que los personajes repiten los mismos errores con la misma convicción, el escenario cambia pero el argumento no, y el espectador ya no sabe si reír o llorar, así que hace las dos cosas al mismo tiempo.
Susana Baca señaló que «el Perú es un país excluyente» desde la experiencia de quien ha sido ignorada, folklorizada y discriminada durante siglos. La exclusión no es solo económica: es el niño que llega a la escuela hablando quechua y aprende en los primeros días que su idioma es un obstáculo, el músico afroperuano que tiene que ir a París para que Lima lo reconozca.
Alfredo Quíspez Asín, conocido en las letras como César Moro, lo dijo con variación criolla: «en todas partes se cuecen habas, pero en el Perú, solo se cuecen habas». La mediocridad, en la corrupción, el clientelismo y la hipocresía existen en todas partes, pero aquí han adquirido el rango de monocultivo. El país se especializó en lo que debería ser la excepción.
Washington Delgado señaló la fisura más profunda: «en el Perú coexisten dos países, uno sojuzgado por el otro, que a veces se tocan pero generalmente se repelen». Uno que habla castellano y decide, y otro que obedece, y que cuando ya no puede más estalla en una protesta que dura lo que dura y luego es aplastada y olvidada.
Luis Felipe Angell, conocido por todos como Sofocleto, remató con una frase que escandalizó a muchos y que sin embargo en los cafés y en las colas del banco la gente repetía con la risa de quien reconoce en la provocación una verdad que no se atreve a decir en voz alta: «el Perú es un país infestado de cojudos».
Y bien. Ya hemos escuchado a los que saben. Ya hemos leído lo que dijeron los que amaron este país con suficiente honestidad como para no mentirle. El burdel, el mendigo sobre el oro, la madrastra, la comedia, la promesa vencida, los dos Perús que se repelen. Todo dicho. Todo documentado. Todo ignorado con una eficiencia que, esa sí, no tiene comparación en el mundo.
Ahora nos toca a nosotros.
Porque al final del día, todos estos pensadores tenían razón, pero ninguno podía hacer lo que solo nosotros podemos hacer: votar. Y no votar con resignación de derrotados, sino elegir con la inteligencia de quien sabe exactamente qué está en juego. Porque Carmen McAvoy tenía razón: el Perú no es corrupto por naturaleza. El Perú tiene corruptos porque nosotros los pusimos ahí. Con nuestra firma. Con nuestra huella digital. Con nuestro voto comprado por una lata de atún o un octavo de pollo, seducido por una promesa de caudillo, o simplemente desperdiciado en el candidato simpático que no tenía idea de nada.
Quede dicho con todas sus letras: ninguno de los que llevaron al Perú a la situación en que está merece volver al poder. Ni los que robaron con descaro, ni los que miraron para otro lado mientras se robaba, ni los que aprobaron las leyes que hoy nos tienen eligiendo entre cincuenta candidatos por cada puesto. El que destruyó no tiene derecho a presentarse como solución. El que traicionó no merece una segunda oportunidad con el mismo país al que ya le falló.
El espejo está roto desde hace siglos. Pero somos nosotros los que seguimos eligiendo no mirarnos en él.
Esta vez, el 12 de abril, hay una sola pregunta que vale la pena hacerse antes de marcar la cédula: ¿estoy eligiendo al Perú que merecemos, o al Perú que nos merecemos? Porque si volvemos a elegir mal, si volvemos a dejarnos comprar, engañar o simplemente vencer por la pereza cívica, entonces no seremos víctimas del sistema. Seremos el sistema.
Y Sofocleto, desde donde esté, tendrá razón una vez más.
