En los años de mi niñez me jactaba de ser un hombrecito muy útil en mi casa, porque ayudaba a mi padres en mis quehaceres. como es costumbre muy antigua entre nosotros los indios. Cómo me gustaba estar junto a las vacas, tan gordas y finas. cuidarlas y pastearlas desde temprano, en que los cerros se vestían de rojo. hasta el anochecer, con mi huaraca de colores y siempre silbando los últimos huaynos que los cholos cantaban por las noches. Ya tarde, y cansado muchas veces. volvía al hogar y me tendía en un rincón del corredor de nuestra linda casa. Si. linda para mí y para muchos, al fondo de una arboleda de alisos. hecha de adobes y paja de Ias punas, con un canchón de alfalfa, chacras de maiz y una huerta amplia y bien cuidada de duraznos, y qué duraznos; blanquillos, melocotones y abridores.
En ciertos días de la semana subía a los eucaliptos a hurgar los nidos de las torcazas y desde lo alto contemplaba, alegre y orgulloso. todo lo nuestro. y veía también que las demás casas del ayllu no igualaban a la nuestra.
A medida que iba creciendo, y ya me daba mejor cuenta de las flores. eso de vivir significaba la felicidad de estar confundido con las gentes, en esas reuniones del pueblo, para sembrar. cosechar y trillar; y jugar como locos en los carnavales en que los más grandes seguían a las cholas y sujetando sus manos y sus piernas las pintaban con anilina.
–Cuando seas grande y sepas trabajar –me decía mi padre– ésta nuestra propiedad, será más extensa. Compraremos más chacras y construirás más habitaciones, ya no de paja, sino de tejas como las casas del pueblo…
Las palabras me sabian tan a miel que las saboreaba todos los dias, esperando hacerlas realidad. Pensaba y soñaba. Sí, yo sabria trabajar y extender nuestro dominio y aumentar las vacas, comprar toros de raza en las ferias y montar en buenos caballos de paso como los hacendados. Empecé, entonces, a poner mayor empeño en mis quehaceres, y, mientras mi padre se ausentaba, me levantaba más temprano y no dejaba para el otro día nada por hacer. Eramos felices. Las trojes llenas de maiz y papas, el corral con gallinas y madrugadores gallos y todas 1as mañanas leche espumosa y caliente en los baldes. En nuestra casa se respiraba la dulce paz aldeana y hasta nuestro corazón llegaban las torcazas con sus arrullos y las chaiñas con sus trinos.
Extraído de «Prosas del Ande» – Guillermo Viladegut Ferrufino – IRAL – Abancay 1992
Guillermo Viladegut Ferrufino (28/11/1902 - 25/01/1989) Fue un gran maestro, auténtico periodista y prolífico escritor, fervoroso amante de la cultura y la riqueza natural de su tierra, amante de la justicia, amigo y consejero de muchos, fue autoridad de su tierra en diversos periodos y cargos, con una trayectoria siempre honesta, brillante e intachable. Recibió las «Palmas Magisteriales» en 1982 y otros reconocimientos, pero no los suficientes Con su verbo encendido ameno y jocundo, nos dejó un fecundo y hermoso legado literario en sus obras: «El extraño indio Clemente Kespe», «El poemario», «Las voces eternas», «Calendario histórico», «El reloj del tiempo», «Alancho el noble bandolero». Como dramaturgo: «Mandones del pueblo», «Maestro de escuela», «La letra con sangre entra», entre otras. Como periodista, dirigió y fue principal redactor de el «Diario La Patria de Abancay» y «La Voz de Huancayo». Tuvo durante muchos años una sección radial muy sintonizada, llamada «El Mirador», que se emitía a diario en Radio Apurímac. Con la autorización de sus herederos, Peruanísima se complace en publicar extractos de su magnífica obra.