Estoy en mi despacho. Entra una llamada.
—¿Aló? —Es un pariente, un joven papá.
—Sí, aló.
—Por favorcito, ¿puedo dejarte a mi hijito por unos diez minutos no más? Tengo que hacer un trámite, aquicito, a la vuelta. Regreso al toque.
—Está bien. Yo estaré aquí no más —respondo.
El joven deja en mi despacho a su hijo de seis meses, bien dormidito en su cuna. Pero a los tres minutos el bebé se despierta llorando. Voy hacia él, lo alzo, pero solo logro que llore con más fuerza. Sin nervios, le susurro she, she, she; lo cargo, lo mezo, le doy palmaditas en su frágil espalda. El sobrino-nieto se aquieta y se duerme en mi pecho.
Mientras lo tengo dormidito, por cuatro veces el bebé respira hondamente, como si le pesara su existencia. Las personas que pasan por el despacho me miran curiosas. Bromeo diciendo que su padre es padre soltero y yo abuelo soltero.
A propósito de estas Navidades, el bebé dormido en mi regazo me lleva a pensar en el Hijo de Dios: frágil y débil como cada uno de nosotros, recostado en un pesebre, en un comedero de animales. Pero años después Él mismo revelará que existía “antes que Abraham” (Jn 8,58); que “en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles” (cf. Col 1,16-23).
¿Cómo es posible que el Dueño del universo haya querido nacer en la peor pobreza, en el abandono y en la soledad? ¿Por qué prefirió tal humildad? Felizmente, hoy, en nuestro país, mediante seguros sociales del estado, especialmente mediante el SIS, todo niño concebido y su madre tienen derecho a ser monitoreados y acompañados por el personal de salud, y a nacer, como mínimo, en un centro de salud.
Pasando a otro punto: en nuestro tiempo, “ya civilizado”, la gran mayoría espera lo extraordinario. Cree en fantasmas, en amunakis, en conspiraciones extraterrestres, en reptilianos, en horóscopos, cartas, apus y otras supersticiones. Especialmente niños y adolescentes —por poner un ejemplo— ven en YouTube o piden que se les cuenten historias llamativas de fantasmas, apariciones, muertes violentas.
Asimismo, muchos sueñan con emular a figuras mundialmente admiradas como Messi, Cristiano R., Mbappé o Yamal, y admiran a personajes “logrados” que ganan millones como influencers, o desean negocios generados por la IA.
A ver si me sé explicar: para una sociedad que busca lo extraordinario y lo llamativo, un Dios en pañales resulta casi un escándalo, demasiado poco y demasiado sencillo para ser verdadero. Un Dios que no llama la atención —se piensa— no es Dios.
Y, sin embargo, el Señor está muy presente en medio de nosotros, mucho más de lo que imaginamos. Lo que ocurre es que nos hemos anestesiado para la espiritualidad. Los grandes negocios —como Coca-Cola y su emblemático gordito barbudo, llamado Papá Noel—, a fuerza de propaganda, han expulsado al Titular de las fiestas navideñas.
A propósito de una Navidad sin Jesús, ya por más de un año, los arreglos “navideños” de la Plaza de Armas de Abancay —y de no pocos lugares más— dicen ser de Navidad, pero de Navidad solo son la corona de Adviento, el árbol, las luces de colores y un sillón. No hay sitio para el Niño, para María ni para José. ¿Hemos expulsado al Dueño de la fiesta?
En Belén tampoco había posada para ellos. Y, aun así, en aquella noche oscura, de silencio y de soledad, nació el mayor Bien de la humanidad: el Hijo de Dios, en un pequeño establo. Nunca entendemos la lógica de Dios.
En Belén, en cambio, serán los humildes y los pobres quienes lo reciban. Los poderosos —Herodes, Pilato y los jefes judíos— lo querrán muerto cuanto antes. La gran mayoría murmurará, llamándolo comilón y borracho, amigo de pecadores (cf. Mt 11,19).
Finalmente, en un video de WhatsApp veo a un muchachón, ya entrado en años, gastando buen dinerito en un lanzacohetes. Al llegar la medianoche de Navidad, como si fuera el mismísimo Rambo, sale a la calle a disparar sus proyectiles hacia el infinito. El estruendo rompe la noche, pero no ilumina nada; hace ruido, pero no dice nada.
En el fondo, esta manera de celebrar la Noche Buena es no celebrar nada ni a nadie.
Mientras tanto, en silencio, casi desapercibido, un Niño duerme, pequeño y frágil, sin luces ni aplausos, esperando todavía un lugar donde nacer.
¡FELIZ NAVIDAD, AMIGOS!