AHORA SON HOMBRES

por Héctor Gamarra Luna
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Reinicio

Ayer caminaba, o más bien deambulaba, por las calles de nuestra cálida tierra y, sin darme cuenta, me encontré en mi barrio querido, en la intersección de las calles Lima con Unión, allá donde nacimos y crecimos casi todos los de la casa y que ahora es una prestigiosa Institución Educativa Particular. Entonces, como por arte de magia, dejé de ver los edificios modernos que forman parte de su actual entorno y, sin darme cuenta, la memoria me trasladó a los primeros años de la década de los sesenta. Evoqué las preciosas casitas de adobe que formaban parte de nuestra querida vecindad, con sus paredes blancas, zócalos color ocre y balcones marrones o azules. Con una mezcla de nostalgia y alegría, recordé a la patota del barrio con quienes, incansables, jugábamos en las calles hasta entrada la noche, cuando uno de los «viejos» saliera por el balcón de su casa y nos dijera: «¡Hora de dormir, entren a la casa!». Entonces, sin rechistar y con la seguridad de que al día siguiente continuaríamos con nuestras inocentes y variadas travesuras, nos despedíamos con una sonrisa y cada quien enfilaba a su morada.

¡Qué hermosa vida aquella! Todos nos conocíamos, las casas nunca tenían las puertas cerradas y podíamos entrar y salir de ellas sin necesidad de permiso; así era nuestra tierra.

En esos momentos de remembranzas, recordé una anécdota que seguramente marcó para siempre las vidas de mi hermanito mayor y la mía. Carlos y yo somos casi de la misma edad; consiguientemente, compartimos muchas vivencias juntos. Una de ellas es esta que acabo de recordar.

Era un día de semana cualquiera, creo que fue miércoles, cuando nuestro papá, retornando de su trabajo, nos llamó para conversar, dizque «de hombre a hombre»; a la sazón teníamos ocho y siete añitos. Prestos, entramos a la casa y nos sentamos frente a él, ávidos de saber de qué se trataba esa conversación y tal vez con algo de temor porque a lo mejor algún vecino del barrio le hubiera contado de alguna travesura que le habría caído mal y mereciera una reprimenda.

Geny (así llamábamos a mi padre, porque según él, decirle papá sonaba impersonal y distante; mejor Geny, que se escuchaba más familiar e íntimo) tenía una arraigada afición por la cacería y el tiro al blanco; no por nada era el paladín de la Sociedad de Tiro N° 57 de Abancay.

—Bueno, hijitos —empezó diciendo Geny—, es hora de saber de qué madera están hechos, así que el sábado tendrán que levantarse muy temprano y vendrán conmigo al campo.

En primer término, respiramos con alivio: no se trataba de un rapapolvo sino más bien de un reto, que encantados aceptamos, e inmediatamente comenzamos a hacernos castillos en la mente de solo imaginar cómo sería aquella aventura de ir con nuestro progenitor a recorrer los lugares que hasta aquel momento solo era privilegio de los mayores y lo compartía con sus hermanos, con quienes tenían las mismas aficiones.

Y llegó el ansiado sábado. Aún no había despuntado el alba; sin embargo, Carlos y yo ya estábamos despiertos y entre susurros manifestábamos nuestra impaciencia, esperando que Geny nos llamara para levantarnos. Y por fin escuchamos:

—¡A levantarse, muchachos!

Prestamente obedecimos la orden y presurosos nos vestimos con la ropa que la noche anterior nos había alistado mamita. Bajamos al comedor donde nos esperaba el humeante desayuno que ávidamente tomamos; luego cogimos nuestros respectivos morrales y nos encaminamos a la camioneta —una preciosa Chevrolet Apache 250 de color azul—. Geny tomó el volante y partimos felices hacia la quebrada por la zigzagueante carretera antigua.

Pasado algún tiempo, Geny estacionó la camioneta a la vera de la carretera, apagó el motor y nos ordenó que bajáramos con él y nos encamináramos a la aventura soñada. Tomó su carabina (una Winchester calibre 22) y su morral con los bártulos correspondientes; nosotros nos pusimos los morrales a la bandolera y ¡a caminar se dijo!

Anduvimos durante un momento que nos pareció eterno por el sinuoso, pero casi llano camino de herradura, hasta que nos topamos con dos enormes pedrones que indicaban la entrada a una quebrada que en ese instante nos pareció enormemente profunda. Bajo la vigilante atención y con las oportunas recomendaciones de nuestro padre, empezamos a bajar cuidadosamente aquella depresión hasta llegar al riachuelo, donde nos refrescamos convenientemente. Cruzamos el precario puente de madera y nos aprestamos a iniciar la subida.

Era tanta la emoción que en verdad era una pendiente que no nos parecía tan difícil de remontar; sin embargo, se trataba de una cuesta pesada, agreste y llena de dificultades, tanto es así que luego de un rato que nos pareció eterno, llegamos agitados, sudorosos y «chaposos», como diría mamá. Geny nos esperaba en la cumbre con una amplia sonrisa que denotaba el orgullo de padre al vernos con los rostros henchidos de satisfacción por haber superado el reto. Nos abrazó efusivamente y con el más cálido amor paternal nos dijo:

—¡MUY BIEN, HIJOS MÍOS… AHORA YA SON UNOS HOMBRES HECHOS Y DERECHOS!

Con el espíritu exultante por el logro obtenido, nos sentamos en sendas piedras; luego, cada uno sacó la cantimplora de su morral y brindamos con la dulce limonada que mamita, previamente, nos había preparado.

Con el tiempo nos dimos cuenta de que aquel reto que Geny nos había lanzado no era sino una metafórica enseñanza de lo que era la vida.

El sendero llano representa una existencia sosegada sin mayores preocupaciones, y está referida básicamente a la de nuestra niñez y adolescencia bajo el cuidado prodigado por nuestros padres.

Aquella accidentada bajada, aparentemente sencilla, nos hace ver que la vida bien llevada puede ser apacible, pero había que tener mucho cuidado al transitarla porque las tentaciones de una vida desenfrenada podrían ser un tropezón que nos llevara inevitablemente a un abismo insondable.

La subida escabrosa llena de retos y dificultades representa la mayor parte de nuestra existencia y se distingue por la constante lucha por ir alcanzando las metas que como personas nos vamos imponiendo; esta etapa, sin embargo, es la que mayores satisfacciones nos dará en el devenir de la vida.

Gracias, viejitos queridos, por tan maravillosa forma de enseñarnos a vivir.

Ahora levanto la mirada al cielo tachonado de estrellas y sé que desde alguna de ellas nos miran; hasta allí les mando todo mi corazón.

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