—¡Estoy al frente! —dijo Arminda mirando el mar, parada en el balcón, como hacía siempre que el ánimo se le venía abajo
El rumor de las olas en el silencio de la noche era más una sensación que un sonido, estaba doce pisos arriba. Esta vez su vacío interior era tan grande como el que tenía enfrente, necesitaba recordar dónde había estado antes y dónde estaba en ese momento. Buscó en su memoria y se vio a sí misma, muchos años atrás, caminando en la arena con su cesto de sánguches colgado del brazo, entre la multitud de veraneantes que colmaba la playa.
—¡Arminda, ya es hora! —la despertó su padre con un grito, como cada mañana.
Abrió los ojos envuelta en el aroma punzante del pescado frito, oyó el chasquido de las lapas arrebozadas al ser puestas en el aceite caliente y saltó de la cama. Se lavó la cara en el baño y fue a la cocina. Ahí estaban sus padres, cocinando como siempre; el cesto lleno de panes con pescado la esperaba sobre la mesa; se lo colgó del brazo mientras se comía uno y abandonó la casa.
Dejó atrás la hilera de viviendas viejas y mohosas que era su barrio; la suya daba al mar y tenía delante un quiosco, de bambú y esteras, que hacía de restaurante precario durante el día y de cantina abarrotada por las noches. Se detuvo un momento y contempló los quinientos metros de playa que se extendían en una amplia medialuna, cuyo límite era una formación rocosa de mediana altura que entraba unos cincuenta metros en el mar; por la curva que hacía la costa, aquella barrera natural quedaba casi frente a su casa. Por encima de esta podía ver la parte alta de cuatro edificios cuyos vidrios, difuminados por la distancia, refulgían con el sol. “¿Qué hay al otro lado?”, había preguntado muchas veces, la respuesta era siempre la misma: “gente, como en todas las playas. No vayas a nadar hacia allá que es peligroso”
Esta extensión de arena, repleta de sombrillas, era el espacio que debía recorrer hasta quedar con el cesto vacío, para luego volver a salir con otra tanda que le tomaría gran parte de la tarde. Suspiró, miró los sánguches y emprendió la marcha. Había vendido todo cuando, agotada y dolorida, llegó al límite rocoso y se sentó en la arena a descansar. De pronto vio que un muchacho, unos tres años mayor, escalaba las rocas con gran temeridad, alcanzó este la cima y caminó a lo largo con dirección al agua, unos instantes después solo podía ver su cabeza, luego desapareció. Su curiosidad, propia de una niña de diez años, la hizo seguirlo. Acometió el mismo camino conteniendo la respiración para sobreponerse al vértigo. Cuando llegó a la parte alta la deslumbró un inesperado paisaje; los cuatro edificios, muy altos, encristalados y elegantes, estaban distribuidos en unos doscientos metros más de arena; era la misma, pero parecía otra, más limpia, más linda. A todo lo largo y hacia atrás podía ver gran cantidad de casas; blancas, con lindos jardines verdes, coquetas palmeritas y, aquí y allá, un destello que hacía adivinar una piscina o un jacuzzi. La mayoría estaba rodeada de rejas de madera o muros bajos que le permitían ver los patios y jardines llenos de gente. El descenso hacia ese lado era sencillo, así que bajó y se acercó cuanto pudo. Y descubrió un mundo que no imaginaba, un mundo donde los niños no vendían comida caminando el día entero, no; ahí los niños jugaban sobre delicado pasto verde, o en lindas piscinas, con sus coloridos flotadores en la cintura, con muchachas uniformadas detrás, cuidándolos, mimándolos, queriéndolos como si fueran sus mamás. No, ahí no había borrachos groseros que incluso trataban de tocarte, no; ahí había ebrios, ebrios educados, corteses, bonachones; gente de todas las edades languideciendo en hamacas de colores colgadas de verdes arbolitos; personas, en fin, siendo felices.
Unas voces ofuscadas la sacaron de su encantamiento; algunas personas mayores le ordenaban que se alejase. Arminda se asustó, dio media vuelta y corrió. Caminando a su casa por la parte húmeda de la playa, mirando el mar, se preguntaba, en su inocencia de niña, por qué tenía que vivir de este lado de las rocas y no del otro
Era media tarde cuando quedó vacío el segundo cesto. Pasó veloz por entre los borrachos que la miraban y piropeaban con descaro, comió lo que encontró y subió a su habitación a esperar la noche. Antes de acostarse se acercó a la ventana y miró al frente, al otro extremo de la ensenada, a los edificios con sus ventanas iluminadas, e imaginó las casas blancas donde todo era fiesta y felicidad; luego se tendió sobre la cama, cerró los ojos y concilió el sueño pensando en aquel mundo tan lindo, lejano, ansiado y ajeno.
—¡Estoy al frente! —volvió a decir mirando la oscuridad desde aquella altura, aferrándose con fuerza a la baranda del balcón, como si con ello pudiera salir de su abatimiento.
Pero esto ya no era suficiente; las intensas emociones que sacudieron su corazón dos horas antes habían sido demasiado; recordar su dura niñez ya no la ayudaba como en otras ocasiones.
El verano que siguió a su último año en el colegio la encontró más alta, delgada, bien formada, y con el corazón alborotado por Damián. Él hablaba del mar, de la pesca, y hacía cálculos asegurando que en pocos años tendría su propia lancha, que no sería un empleado más como su padre. Ella hablaba de casas lindas, de gente linda, de ropa linda y de todo lo lindo que había en el mundo.
En las noches, bajo los árboles y en los rincones oscuros Arminda lo mantenía a raya, no le permitía nada más allá de algunas caricias atrevidas. Se había jurado que nunca tendría nada serio con nadie que fuera del barrio. Sin embargo, el primer día que lo vio en la playa fue como si lo hubiera visto por primera vez; alto, delgado, con los músculos como esculpidos en piedra por el rudo oficio de pescador. Al atractivo de su rostro se sumó el magnetismo de un cuerpo fuerte y bello, pintado de oscuro por el sol y el agua de mar.
—Espérame aquí, a media noche —le dijo una tarde sin poder disimular el ansia que la quemaba por dentro, se dio vuelta y caminó a su casa mirando la arena con el rostro encendido.
Saltaba por la ventana y corría al mar todas las noches, volvía antes del amanecer, dormía un poco y salía a trabajar como siempre. Descubrió que su belleza era una herramienta poderosa; se contoneaba, sonreía y miraba con coquetería; los panes desaparecían en manos de adultos y adolescentes encandilados, mientras las mujeres la miraban, unas con desaprobación, otras con envidia.
Un día de mitad de marzo, cuando el verano se despedía ya, en un lecho de arena oculto entre dos rocas, él le contó que la última faena había sido muy buena, que podría ahorrar algún dinero al final de la temporada.
—Además, se acabó el colegio, voy a trabajar todo el año.
—Ajá —contestaba ella con desgano, pensando: “no hables de eso, no ahora”
—Si todo sigue bien en un par de años podremos vivir juntos.
Ella no respondió.
—Vamos… a ver… —El muchacho trataba de contagiar su entusiasmo— ¿dónde te gustaría vivir, ¿eh?, ¡tú dime dónde!
Arminda se exasperó, ya se lo había dicho más de una vez. Se sentó, le dio la espalda y miró al otro extremo de la ensenada.
—Al frente —respondió.
—Ya, otra vez eso… —dijo él con cierta irritación.
—Sí —replicó ella, más irritada que él—, otra, otra y otra vez.
—Yo no quiero vivir ahí.
—No, tú no, pero yo sí.
—Entonces vas a tener que vender muchos panes con pescado para comprarte un palacio, niña —la voz de Damián temblaba—. Yo tengo cosas más reales que hacer— concluyó, y se fue con pasos largos, firmes, definitivos.
Una fría congoja atacó su garganta, se levantó y quiso seguirlo, pero se contuvo, miró al frente y lloró en silencio. Luego corrió al mar y nadó con todas sus fuerzas, como si el agotamiento físico fuera a menguar en algo el dolor de su corazón.
A los tres meses de verano, que coinciden con las vacaciones escolares, le siguen nueve de invierno en los que llueve o parece que va a llover, no hay más. Durante ese tiempo de clima hostil era cajera en un supermercado. Los sábados salía con los compañeros de trabajo en busca de diversión. Estaba convencida de que la gente de detrás de las rocas se divertía en las discotecas más exclusivas y ahí es donde siempre trataba de estar.
Una noche, algo más ebria de lo acostumbrado, se encontró bailando desenfrenada con un grupo de gente desconocida. En medio del estruendo de la música giraba y giraba sin cesar; apenas distinguía, como intermitentes flashes, hermosas prendas finas, relojes impresionantes, cadenas de oro en algunos cuellos, pulseras, pendientes y, por último, sonrisas lindas de gente linda. Estaba entre ellos y fue feliz. Deseó que la noche no acabara nunca, y no acabó hasta que abrió los ojos en una habitación extraña, desnuda, con un extraño a su lado, desnudo también. Aterrada y avergonzada trató de cubrirse con las manos; miró en todas direcciones buscando su ropa, estaba tirada por el suelo; salió de la cama y lo miró por fin; debía ser unos diez años mayor, era tan blanco, tan con cara de tipo bueno, se veía tan indefenso; “es tan…, tan…”, no encontraba la palabra precisa para expresar lo que veía. Se vistió y con los zapatos en la mano buscó la puerta. Volvió a mirarlo y esta vez lo supo: “es tan… ¡desabrido!”
Cogió la manija, le pareció linda; miró en la pared de en frente la pantalla más grande que había visto jamás, y dio vuelta sobre sí, admirando la habitación más lujosa que hubiera imaginado nunca; sus ojos se detuvieron en una puerta corrediza de vidrio, su curiosidad la dominó, se acercó y supo de inmediato que estaba frente al mar. Deslizó la puerta y salió al balcón. Su fascinación fue total; desde esa altura, doce pisos, sintió que lo dominaba todo. La playa lucía desolada a esa hora de la madrugada, siguió con los ojos la curva que hacía el litoral mirando los restaurantes, bares y discotecas, todo cerrado, luego un vacío y, al fondo, como una mancha grisácea, su barrio. “¡Estoy al frente!”, susurró, traspasada por la emoción. De pronto sintió miedo, la unidad cromática que hacían el cielo y el mar ejercía sobre Arminda una seducción extraña, una sutil atracción, sintió que caía en esa oscuridad azulada que tenía ante sus ojos, cruzó los brazos, retrocedió y entró en la habitación. Miró al hombre una vez más, ladeó la cabeza buscando un ángulo que lo favoreciera, se desnudó, y volvió a la cama.
Los dos primeros años fueron una vorágine de alegría, luna de miel incluida por supuesto. Luego, un cambio paulatino se fue dando en los siguientes meses. Alfonso trabajaba, si no trabajaba estaba de viaje o tenía un directorio. A ella no le afectaba su ausencia, le molestaban más bien sus eufóricos y lujuriosos regresos. “Gracias a Dios aparece un día y desaparece cinco”, se decía, y corría de compras y de amigas. Pero esto también perdió el encanto y se sumió en una inexplicable melancolía, tenía treinta años y no sabía qué hacer con su tiempo. Pidió consejo a una amiga que, sin quererlo, le ayudó a entender mejor las cosas.
—Mira linda —le dijo, mirándose las uñas —, lo que no nace no crece, ¿ok? Entonces… búscate un amante y ya. Échale pimienta a tu vida, querida.
Arminda la despachó como pudo, fue al balcón, miró el mar y dijo:
—¡Estoy al frente! —y se sentó a pensar.
“Es cierto, no tengo nada en el corazón, no quiero a nadie y no espero nada. ¡Estoy aburrida! Pero arriesgar todo esto sería estúpido, no habría forma de mantener un secreto así, él no tiene nada de tonto. Voy a amar, pero el objeto de mi amor saldrá de mí”
Un año después, tras una ansiosa espera, nació Alfonso Junior. Arminda no había imaginado lo difícil que sería ser madre, pero lo asumió con ilusión y un infinito amor por su hijo. Y la vida volvió a tener sentido y razón. Pero el niño fue creciendo y haciéndose cada vez más independiente. La mañana que lo vistió con su uniforme para el primer día de escuela, se dijo: “¡seis años!, ¡por Dios!” Y de inmediato sonrió, orgullosa por la belleza del pequeño. Lo acompañó hasta el automóvil, Alfonso había sido terminante, no debía llevarlo ella sino Ramiro, el chofer. Lo despidió con el rostro más feliz que pudo poner.
Se dio vuelta sonriendo, pensando en lo lindo que se veía, pero al mirar la entrada del edificio sintió que el encapotado cielo se oscurecía aún más. Levantó los ojos hacia el piso doce y visualizó en su cabeza el departamento más lindo y lujoso que había visto en su vida, el suyo, y comprendió, de pronto, que no había en él nada que la sedujera. Se dio vuelta al instante como esperando ver a su hijo y se encontró con la calle vacía. Desde entonces el mundo le supo a soledad.
El cielo y el mar hacían un todo negro en la media noche, un todo acogedor, como una inmensa nada en la que podría flotar para siempre y descansar de sus angustias.
—Estoy al frente —dijo una vez más, pero su voz ya no era de aliento, sonaba más bien irónica, amarga.
Alfonso Junior corría a los brazos de su madre todas las mañanas al despertar; ella lo tenía para sí por diez minutos, los más felices del día. Luego se iba a la escuela, volvía a media tarde, almorzaba, hacía tareas con una profesora particular, se lo llevaban a karate, luego a natación y volvía para la cena; media hora de televisión y a dormir.
Una angustia sin razón, inexplicable, invadió el corazón de Arminda de manera permanente. Ni el psicólogo, ni el médico naturista, ni el profesor de yoga, ni el consejero espiritual consiguieron sacar de su pecho aquella extraña compunción. Finalmente decidió dormir durante las mañanas con ayuda de pastillas; por lo menos en las tardes veía por momentos a su hijo y se animaba un poco.
—Ya sabes, te quiero bella, ¿si? —le dijo su esposo anudándose la corbata frente al espejo—. Bueno, siempre lo eres. Sensual, quise decir. Y un poquitín coqueta; no tanto que moleste a las esposas, pero lo suficiente para que a ellos se les suba el ego, ya sabes.
—Sí, ya sé, no te preocupes —contestó Arminda.
—Si logro este contrato te compro una casa ahí abajo, o donde quieras.
—Nada de eso, sabes que yo de aquí no me muevo.
—Sí, lo sé, aunque no lo entiendo. No entiendo porque te empeñas en vivir aquí arriba.
—Me gusta la vista.
—Bueno, a mí me da igual —dijo indiferente y salió —. ¡Ramiro te recogerá a las nueve! —gritó desde el pasillo.
La cena le resultó aburrida, como tantas otras, pero ella fue un éxito, como tantas veces. Cuando quedaron solos él pidió otro whisky y se pasó un poco de la línea, se mostró agradecido y algo cariñoso. Al rato les avisaron que su automóvil los esperaba.
—Perdón —dijo Alfonso cuando salían —, voy al baño, espérame en el auto.
—Sí, claro —respondió ella y se dirigió a la salida.
Entró en la puerta giratoria, toda de cristal, en el momento que un hombre hacía lo mismo en sentido contrario. Cuando levantó los ojos se encontró con los de Damián. Su conmoción fue atroz, el vértigo casi la paraliza. La puerta fue girando con una lentitud exasperante mientras se miraban sin decir palabra. Él hizo un leve gesto con la cabeza y desapareció. Parada sobre la vereda hacía grandes esfuerzos para no darse vuelta, al mismo tiempo, se sentía incapaz de dar un paso, las piernas le temblaban. Ramiro se acercó, le preguntó si se encontraba bien, le ofreció la mano y la condujo hasta el asiento del automóvil.
Alfonso estaba eufórico, feliz y en extremo cariñoso. Llegaron y se sirvió un trago más mientras hablaba sin parar. Arminda no pensaba, no quería pensar. Él se acercó, la besó y abrazándola la llevó a la cama. Quiso resistirse, pero la angustia y la compunción galopaban en su pecho, no tuvo fuerzas para decir no. Solo se echó de espaldas y lo dejó hacer. Miró el foco de la lámpara de su velador y, con el ceño fruncido y los puños apretados, rogó que acabara pronto.
Alfonso yacía dormido, satisfecho. Arminda en cambio estaba despierta, hastiada y con un cansancio emocional doloroso. Por eso salió al balcón, como hacía siempre que el ánimo se le venía abajo.
Recordar dónde había estado antes y dónde estaba en ese momento ya no le servía. Miró la oscuridad bajo sus pies y se sintió atraída, seducida por el vacío como la primera vez que estuvo ahí, y musitó conmocionada:
—Quiero que un ansia me queme por dentro, quiero caminar a casa mirando la arena con el rostro encendido, quiero saltar por la ventana y correr al mar… pero ya no es posible… Dios, ya nada es posible… ¡Damián! ¡había otro camino, maldición!… —cerró los ojos con fuerza para contener el llanto, luego continuó, mirando al frente— No, por lo menos hoy te digo no, tentadora oscuridad, porque hay un niño que en pocas horas reclamará a su madre, y su madre estará ahí.
Fin