El Alma del Coliseo de Abancay
Por las calles de Abancay circularon en una camioneta, mientras por un altavoz se invitaba a la audiencia: «Esta tarde, en el coliseo de Abancay, Rayo de Oro y Rayo de Plata contra Drácula y la Momia, una revancha histórica». Atrás iba sentado Rayo de Oro, un rubio que llevaba una curita sobre la ceja derecha, donde le habían colocado un puñete la tarde anterior. Nosotros no le llamábamos «lucha libre», sino «cachascán», y aunque la palabra deriva del inglés, nuestros héroes procedían de Argentina.
No era, sin embargo, la liga mayor, esa de Martín Karadagian y los Titanes del Ring, sino alguna liga advenediza, más cerca del circo pobre, llena de héroes maltratados por la vida mucho antes de que los comenzaran a maltratar en el ring. El único guapo, por supuesto, era Rayo de Oro, el rubio, que aún no pasaba de los 40.
La memoria, sin embargo, más que a los personajes se apega al espacio: el gran coliseo de Abancay, que era un coliseo romano.
Allí es donde toreó alguna vez Lola de España y el Curro no se qué. Pero sobre todo fue escenario de unos campeonatos de fútbol donde cada institución del pueblo mandaba un equipo. Los mejores, los que siempre llegaban a la final, eran los maestros de Educación y los tombos de la Guardia Civil. En este último equipo brillaba un jovencito atlético al que llamaban «chiquillo», inteligente para armar el juego, diestro para dominar la pelota, elegante para moverse en la cancha. Un ídolo invisible, como el Curro no se qué, como Lola de España, como Rayo de Oro y su pata del alma Rayo de Plata.