Las ramas de algarrobo Digieren la tarde. Bañadas cariñosamente Por el sol, Caminante perdido del cielo azul. El río Apurímac, estacionado a las tres en punto, No sabe dónde ir: O reposar allí en el remanso, O subir en el viento juguetón y cargoso. Y yo aquí, aumentando fuego a mis ojos, Para poder absorber golosamente Todo este paraje calmo y latente.
Quisiera secar toda esta sed ajena que me inunda el alma. Y ya, Ahíto de silencio y calma, Quedarme dormido para siempre.
Aquí, en este sitio, Antes que la vida se ausente.
Abancay, 7 de diciembre 2018
LA LLUVIA
Las gotas de agua caen como un manto de olvido, sobre las hojas ya mojadas y mi piel sedienta. Caen sin pausa ni apuro, muro translúcido de agua compacta, rellenan las fauces insaciables de la tierra, tiñen de verdes y tristezas las flores y el paisaje.
La casita de adobe abandonada se cubre con sus viejas y rajadas tejas, y se apega aún más al olvido.
El riachuelo despertó y retoza en su cauce, vestido de blanco; han huido el bullicio, las aves y las gentes.
La floresta húmeda se acurruca llorosa, solo para mis ojos, para mí, mientras muere la tarde. Y yo renazco en cada gota que golpea mi faz, creo que estoy hecho de gotas de lluvia, eso es lo que recorre mis venas.
El verso brota lento, de la humedad y el miedo, broto yo, desde bajo este cúmulo de años, largamente recorridos, broto niño, broto siempre, como la semilla que nunca duerme.
Hijo ilustre de Abancay, con raíces que se hunden en la tierra fértil de Huanipaca por línea materna, Carlos Bueno Mattos emerge como un digno representante de la emblemática promoción 69 del colegio Miguel Grau. En esas aulas forjó su temple bajo los principios de disciplina y valores que distinguieron a una generación excepcional de abanquinos. Graduado como médico veterinario de la prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Bueno Mattos ejemplifica la nobleza del retorno a las raíces. En un acto que pocos emulan, regresó a su tierra natal para poner su profesión al servicio de su pueblo, honrando así el compromiso con sus orígenes. Más allá de su vocación científica, Carlos cultiva con devoción el arte de las letras. Lector ávido y poeta de fina sensibilidad, sus versos, que ahora enriquecen las páginas de Peruanísima, son un testimonio vibrante de su amor por la tierra que lo vio nacer y de una sensibilidad artística que trasciende lo cotidiano.