CARTAS Y TELEGRAMAS DE ANTAÑO

por Efraín Gómez Pereira
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Reinicio

Finales de los años setenta, en Lima, un jovencito en busca de sus sueños recorre las calles del centro de la ciudad capital mirando, observando con atención y admiración los enormes bloques de cemento y fierro que se levantan a diestra y siniestra.

Edificios privados y públicos, iglesias, ministerios, bancos, hoteles de gran envergadura pareciera que se codean con las nubes, de un casi siempre oscuro cielo limeño.

La Plaza de Armas – con Palacio de Gobierno y la Catedral- se impone en prestancia, al igual que sus vecinas San Martín, Dos de Mayo, Bolognesi que lucen sus riquezas arquitectónicas. El Parque Universitario y la Plaza Unión, son imanes para la concentración de provincianos.

Jirones apretados, avenidas grandes. Las calles son puro dinamismo, ajetreo, desorden, bulla. Tránsito siempre pesado. Gentes que van y vienen se disputan los espacios de las arterias con una masa laboriosa de comerciantes ambulantes, que se han adueñado de pistas y veredas.

El “recién llegado” tiene que adecuarse a la realidad. En Abancay las caras eran conocidas, las calles hermanadas. El “buenos días”, era una norma de valor impuesta por la propia cultura, heredada o aprendida de abuelos y padres que imponían respeto antes de todo.

Ese jovencito interesado en crecer y “ser alguien”, ya atrapado por las fauces de la gran ciudad, no se olvida de sus raíces. Añora su tierra, extraña a su padre, a sus hermanos. De vez en cuando va a los terminales de las empresas de transportes Morales, Hidalgo, Cóndor de Aymaraes, a la espera de una carta, una encomienda con cancha chullpi y queso cachicurpa, que le traslade a los sabores y aromas de Tomacucho, en Lambrama,

No hay internet. No hay redes sociales. El WhatsApp ni en sueños. Pero hay necesidad de comunicarse para saber cómo están allá, cómo estamos acá. Las cartas escritas a mano con el consabido “Previo un cordial saludo…” se envían por las empresas de transportes o por el Correo Central de Lima, pagando una estampilla que hoy solo es recuerdo.

Los telegramas de escasas palabras -cada palabra cuesta- que se debía dictar a una operadora, se convierten en instrumento comunicacional más rápido. Tenía que haber una emergencia para recurrir al telegrama. La llegada de un esperado mensaje se anunciaba por la radio comunal: “Atención señora Agripina, tiene telegrama en la oficina de correos”.

Cuántas veces habré ido al Correo Central para enviar una carta o dictar mi telegrama: “Querido papá, reclamar giro en banco. Tu hijo”. Hoy, sería un Yape y avisado por el móvil.

Rebuscando recuerdos, encontré dos cartas que Laureano escribe a Dora, mi madre, en octubre de 1966 y marzo de 1967. Ambas hechas a puño y letra, con un orden y pulcritud envidiables; y enviadas a través de un familiar y amigo que viajaban de Abancay a Lima. “Adorada esposa, la Virgen del Carmen permita que esta mi carta te encuentre mejor de salud…”. “Aprovecho el viaje de mi amigo Rubén, para escribirte estas líneas…”

Esas formas de comunicación eran más personales, más humanas y llenas de emoción. Las cartas describían el estado de salud, expresaban preocupación por la familia, los hijos, los animalitos, los negocios, la vida misma. “Sin más que decirte, informo con pena que tus gallinas han muerto por la peste. No ha quedado ni una sola, pero ya encargué a Abancay para que me envíen una docena de pollos”. La respuesta era inmediata, aprovechando el retorno del mismo mensajero. Otros tiempos, sin duda, donde había que ser creativo para hilvanar las palabras y expresar lo necesario en pocas líneas.

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