En la Navidad pasada tuve la dicha de recibir hermosos presentes de esos que uno verdaderamente aprecia: libros. Porque los libros, hay que decirlo, son regalos que no se gastan ni se olvidan en un cajón. Son compañías silenciosas que esperan su momento, como los buenos amigos.
Entre ellos, uno capturó mi interés de inmediato, aunque me tomé mi tiempo para leerlo. Y es que las cosas buenas se disfrutan despacio, como un buen café, sorbo a sorbo, o como esas conversaciones de sobremesa que nadie quiere terminar. Hay sabiduría en la lentitud que el mundo moderno parece empeñado en hacernos olvidar.
Este libro, llamado Contemplativa. Minuto In-verso, no es de esos que se leen de prisa ni con el ceño fruncido, como quien busca información para un examen. Es de esos libros que se acercan como quien no quiere molestar, se sientan a tu lado sin hacer ruido y, cuando menos lo esperas, ya te están hablando de ti. No con grandes discursos ni sentencias solemnes, sino con palabras dichas al oído, con una sencillez que desarma al más prevenido.
En sus páginas, Tany Pinto Sotelo parece caminar despacio, mirando hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo, como hacen las personas sabias que han aprendido que la verdad está en ambas direcciones. A ratos se asoma a sus propias honduras —esas donde todos guardamos dudas, recuerdos y silencios que no nos atrevemos a compartir ni en confesión— y, en otros momentos, levanta la vista para mirar al mundo, a la gente, a la historia que nos atraviesa sin pedir permiso. Y lo hace sin aspavientos, sin solemnidad impostada, como quien sabe que la verdad no necesita gritar para hacerse escuchar. Al contrario: las verdades más hondas se dicen bajito, casi en secreto.
Hay en estos poemas una voz que conoce la tierra que pisa. Se siente el campo, la memoria andina que corre por las venas como un río antiguo, la generosidad de quien tiene un corazón amplio que alberga muchos recuerdos —propios y ajenos—, la experiencia de quien ha enseñado, escuchado y aprendido durante toda una vida. Porque enseñar de verdad es también aprender, y Tany parece saberlo mejor que nadie.
No hay palabras de adorno ni versos que presuman belleza como una señora encopetada presume sus joyas. Todo está dicho con la naturalidad de quien habla desde lo vivido, desde esa verdad sencilla que solo se alcanza después de haber caminado mucho. Por eso esta poesía no se queda en el papel, prisionera de su propia elegancia; baja, camina, se mezcla con la vida cotidiana y con las preguntas que todos cargamos en silencio, aunque no siempre sepamos nombrarlas ni nos animemos a hacerlo.
Leer Contemplativa. Minuto In-verso es como entrar a una casa antigua y bien cuidada: no deslumbra con lujos ni pretensiones, pero abriga. Uno avanza por sus poemas reconociéndose en pequeñas cosas, en emociones simples y profundas a la vez, en esa mezcla de ternura y lucidez que solo tienen quienes han aprendido a mirar sin rencor, con los ojos limpios de quien ya perdonó al mundo y se perdonó a sí mismo.
En tiempos en que todo corre y casi nada se escucha —porque para escuchar hay que detenerse, y detenerse parece un lujo que ya no podemos permitirnos—, este libro invita a lo contrario: a hacer una pausa, a sentarse en silencio como se sentaban nuestros abuelos al caer la tarde, y a recordar que contemplar también es una forma de querer al mundo. Porque mirar con atención, con paciencia, con cariño, es ya un acto de amor. Y en ese mirar despacio, sin prisa, descubrimos que la vida está hecha de detalles que se nos escapan cuando corremos: el gesto de una mano, el silencio entre dos palabras, la luz que entra por la ventana a cierta hora de la tarde.
Quizá, sin darse cuenta, al cerrar este libro el lector salga un poco más humano de como entró. Un poco más consciente de que compartimos las mismas preguntas, los mismos miedos y las mismas pequeñas alegrías que nos sostienen.
Un poco más dispuesto a contemplar en lugar de juzgar, a escuchar en lugar de hablar, a detenerse en lugar de correr. Porque si algo nos enseña la poesía de Tany es que la vida no está en el destino, sino en el camino; no en las respuestas, sino en la capacidad de seguir preguntando con humildad y asombro, como niños que todavía saben maravillarse.
Gracias, Tany, por esta hermosa entrega, que ahora adorna no solo mi biblioteca sino mis sentimientos y pensamientos. Y gracias también por recordarme —a mí y a quienes lean estas líneas— que en un mundo cada vez más ruidoso, la contemplación no es escapismo ni pereza: es resistencia, es valentía, es la última forma de libertad que nos queda.
2 com.