CRÓNICAS DE NAVIDAD

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

La tarde del 24 de diciembre, como todos los años por estas fechas, la calle Arequipa se transformó en un tumultuoso río humano. No es simplemente una multitud: es una procesión caótica de esperanzas, bolsas de plástico colorido, vendedores ambulantes gritando sus ofertas como si cada una fuera la salvación misma, y ese peculiar aroma a fritura, plástico nuevo y sudor que define nuestras navidades andinas.

Muchos, muchísimos niños, todos hermosos, caminan con los ojos brillantes señalando aparadores y exhibiciones callejeras, con la certeza absoluta de quien conoce verdades que nosotros, los adultos, hemos olvidado. Para ellos no existen las disquisiciones teológicas sobre si la Navidad se ha vuelto demasiado comercial, ni los debates sobre el verdadero significado de la fecha. Ellos simplemente saben: hay regalos esperándolos en algún lugar del mundo, y eso basta para justificar toda la felicidad del universo. Pero qué tragedia que nadie se detenga ni siquiera un momento para susurrarles al oído que todo esto comenzó con un niño nacido en un pesebre hace más de dos mil años, un niño que creció para ofrecerse en sacrificio por nuestras miserias y mezquindades. ¡Qué tragedia que la memoria del mayor regalo se pierda entre el papel multicolor y las pilas no incluidas!

Pero hay historias escondidas entre la multitud, historias que duelen, historias que inspiran.

Entre el gentío, casi invisible, estaba el niño de los capibaras de peluche y los pollitos amarillos enganchados en pasadores para el pelo. No tendría más de nueve años, tal vez diez si la desnutrición no lo había hecho parecer más pequeño. «Cómpre a dos solcitos, señito? ¿Llévese para su hijita?» repetía con voz que intentaba ser firme pero se quebraba en las esquinas. Nadie le preguntaba por qué un niño trabajaba en víspera de Navidad. Nadie quería saberlo, porque saber obliga. Él tampoco lo explicaba. Guardaba su secreto: su madre estaba enferma en casa, tosiendo esa tos profunda, y él había decidido con esa determinación feroz que solo tienen los niños cuando aman que le compraría un regalo. No sabía bien cuál todavía, solo sabía que debía ser bonito, algo que la hiciera sonreír aunque fuera un instante antes de volver a cerrar los ojos con cansancio.

Y allí, abriéndose paso entre compradores de última hora y vendedores de pirotecnia, iba también la profesora Matilde, aunque ya nadie la llamaba así. Ahora era simplemente «la loca de los perros», un mote cruel que la gente otorga a quienes aman de maneras que no comprenden. Ella había sido maestra de primaria durante treinta y tantos años, había enseñado a generaciones enteras a leer. Pero sin familia propia a la que querer y cuidar, había convertido su casa en un refugio para perros abandonados: el Tuerto, la Coja, el Sarnoso, la Vieja, el Pinta’o, el Chocho, la Sultana, el Mañoso, el Pituco, el Trulo y el Piki, todos desechados por antiguos inhumanos dueños. Los alimentaba con su pensión de jubilada, los bañaba por turnos algunos domingos y los paseaba en pares cada noche porque no podía con más de dos correas a la vez.

Esta tarde, mientras las explosiones de los cohetes de prueba rasgaban el aire, ella caminaba entre los puestos de pirotecnia con sus manos arrugadas extendidas en súplica. «Papito, no compres esas cosas, asustan a los perritos», decía a cada comprador. «No vendas esas cosas, mamita, asustan a los perritos», rogaba a cada vendedor. Su voz era suave pero persistente, como una oración que sabe que no será escuchada pero que debe decirse de todos modos. Casi todos la ignoraban con indiferencia, otros se reían de ella y algunos miserables la espantaban con palabras destempladas. Y los cohetes seguían vendiéndose, apilándose en bolsas, esperando la medianoche para estallar mientras los perros de toda la ciudad temblaban debajo de las camas, sin entender por qué los humanos celebran el nacimiento del amor con explosiones que suenan a guerra.

Navidades tristes y navidades alegres, navidades iguales y navidades distintas. Navidades para agradecer, porque aún hay mucha gente buena que hace lo suyo sin esperar reconocimiento.

Mi padre contaba la historia de un cartero que encontró en su morral una carta dirigida a: «Niño Jesús. Cielo». Preguntó a su supervisor qué hacer con ella. El supervisor levantó los hombros sin saber qué decir. El cartero, por último, la abrió y la leyó. Se quedó pensativo y triste.

Era remitida por un anciano que contaba mil desgracias de él y su humilde esposa, ambos viejos y enfermos y sin nadie en quien apoyarse. Le pedían 500 soles al Niño Jesús para medicinas y para reparar su techo antes de que empezaran las lluvias.

El cartero conmovido lo conversó con sus compañeros y nació la idea de hacer una colecta. Muchas personas se involucraron, cada quien aportando lo que podía. Se juntaron trecientos soles. El cartero emocionado los cambió en el banco por billetes nuevecitos, los metió en un sobre y se dirigió a la dirección del remitente.

Tocó la puerta de calamina y entregó el sobre con los ojos llorosos al ver que, efectivamente, eran una pareja con muchos años a cuestas, evidentes problemas de salud y en gran estado de pobreza.

Se fue contento de haber hecho su obra de bien, casi bailando, con el corazón liviano y una hermosa sonrisa que se dibujaba sola en su rostro por más que quería evitarla.

Cuál no sería su sorpresa cuando unos días después volvió a encontrar otra carta dirigida al Niño Jesús. Intrigado, la abrió junto con su supervisor. En esta decía:

«Niñito Jesús:
Te agradezco mucho que me hayas enviado el dinero para arreglar el techo de mi casa y comprar los medicamentos para mi esposa.
Pero por favor, la siguiente vez mándamelo por courier, porque estos desgraciados del correo se han tirado doscientos soles».

El cartero y el supervisor se miraron y luego se echaron a reír, porque la vida les había enseñado que hacer el bien es complicado y la gente es imposible, pero que de todos modos hay que seguir intentando.

Porque esa es la única Navidad que vale la pena: la que se celebra con pequeños actos de bondad imperfecta, con gestos torpes de amor que muchas veces se malinterpretan pero que de todos modos se hacen.

Feliz Navidad, mi querido lector, y que Dios te ayude en todos tus planes, especialmente en aquellos que involucren ser mejor persona mañana de lo que fuiste ayer.

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