Un viejo taxista porteño, cuando le confesé que cada día me enamoraba más de Buenos Aires y de las argentinas, con esa locuacidad propia de los porteños, me dijo: «Che, cuando Dios creó Buenos Aires debe haber estado de muy buen humor, y quizás también un poco nostálgico, ¿viste? Porque tomó lo mejor de Europa, le añadió la pasión de América, mezcló con generosidad teatros y librerías, milongas, parrillas y cafés, una ciudad hermosa, ¿viste?, y para adornarla moldeó a la mujer argentina y las regó como quien tira flores por todo Buenos Aires, ¿viste? Y cuando creyó que ya había terminado, se detuvo un momento, sonrió con esa sonrisa plena y hermosa que sólo Él tiene y dijo: «Aquí falta algo. Falta el alma». Entonces inventó el tango, ¿viste?».
Una descripción maravillosa, ¿no creen?
En Buenos Aires hay muchas cosas buenas, ciertamente. Los parques amplios y llenos de verdor. Los teatros, con sus terciopelos y sus oros, donde la cultura se respira como el humo de los antiguos cigarrillos que algunos todavía fuman. Las librerías donde los libros viejos te miran desde los estantes con la sabiduría de quien ha sobrevivido a muchas mudanzas y a más de una crisis económica. Las parrilladas, donde la carne se asa con la paciencia de quien sabe que las mejores cosas de la vida no tienen prisa. Las milanesas a caballo con papas. Los choripanes, los alfajores y las pastas —desde las pizzas hasta los canelones, pasando por los ñoquis del 29 en los bodegones de manteles a cuadros rojos y blancos— que te hacen entender por qué los italianos emigraron hasta aquí y decidieron quedarse.
Están también los músicos y bailarines callejeros, que tocan y danzan como si cada moneda en su estuche fuera un aplauso del Teatro Colón. Y está ese cafecito con facturas en el desayuno, ritual sagrado donde la medialuna y el café con leche se unen en un matrimonio más estable que muchos que se celebran en las iglesias.
Pero, sobre todo —y aquí mi corazón se acelera un poco, como el de un adolescente ante su primer amor—, está el tango y la milonga.
Yo llegué a Buenos Aires como llegan todos los turistas: con una cámara fotográfica, una de video (los celulares todavía no habían cogido vuelo ni tenían la capacidad ni resolución suficiente para las imágenes que quería), un mapa que nunca consulté y la secreta convicción de que el tango era algo que se veía, como el Obelisco o la Casa Rosada. Una atracción turística más, digamos. Un espectáculo.
No sabía entonces —¿cómo podía saberlo?— que el tango no es algo que se ve. El tango es algo que se padece, se goza, se transpira y, si uno tiene suerte y humildad, se aprende.
Mi primera lección me la dio la calle Florida. Allí, entre vendedores de cuero y turistas despistados como yo, estaban ellos: los bailarines.
Mis padres, a los que acompañé en su viaje de celebración de Bodas de Oro, también quedaron fascinados. Olvidaron su cansancio y pasabamos horas disfrutando de tangos, milongas, valses y chacareras.
Muchas parejas, jovenes, adultos y hasta adultos mayores, que danzaba como si el pavimento fuera el salón del Ritz y los peatones, un público que hubiera pagado entrada. Ellos, con trajes oscuros que habían conocido días mejores. Ellas, con mucho garbo y auténtica belleza, con tacos y vestidos de todos los colores, todos atrevidos, que desafiaban las leyes de la gravedad y del pudor en igual medida.
Y bailaban.
No, esa palabra es insuficiente. Se movían como si sus cuerpos hubieran sido diseñados exclusivamente para eso, como si Dios, al crearlos, les hubiera dicho: «Ustedes a bailar. Los demás, a trabajar».
Quedé clavado allí, con mi cámara olvidada en el bolsillo, viendo cómo ellas giraban, se detenían, se entregaban, se recuperaban, todo en perfecta sincronía con hombres que las sostenían como quien sostiene algo infinitamente frágil e infinitamente fuerte al mismo tiempo.
Fue entonces cuando cometí mi primer error: creí que podía hacerlo yo también.
Las academias de tango en Buenos Aires son lugares donde la humildad no es una virtud: es un requisito de supervivencia. Porque allí descubres, en los primeros cinco minutos, que tus pies —esos leales compañeros que te han llevado por la vida durante décadas— son, en realidad, dos enemigos acérrimos que nunca se han puesto de acuerdo en nada.
«Es fácil», me dijo el profesor, un hombre delgado con ojos de quien ha visto muchas catástrofes sobre la pista de baile. «El hombre propone, la mujer dispone. Vos guías, ella te sigue».
«Si…, fácil» me dije abatido, después de la primera ronda, «Claro, fácil como pilotear un avión o realizar una cirugía a corazón abierto.». Ya estaba arrepentido.
Mi primera compañera de baile fue una señora de unos sesenta años, porteña hasta la médula, con un peinado que desafiaba las leyes de la física y una paciencia de santa. Hermosa a pesar de los años, cuerpo duro y prieto. Cuando me disculpé por adelantado —«Señora, debo advertirle que tengo dos pies izquierdos»—, ella me miró con esa mezcla de ternura y resignación que sólo las mujeres porteñas saben fabricar.
«No te preocupes, mi amor», me dijo, con un acento que cantaba como un bandoneón. «Yo te guío, ¿viste?. Vos dejate llevar».
Y así fue. Aquella mujer —que debía pesar la mitad que yo pese a ser casi de mi estatura— me llevó por la pista como un remolcador lleva a un transatlántico. Me indicaba con una presión aquí, un movimiento allá, dónde poner el pie, cuándo girar, cuándo detenerme antes de causar un accidente internacional.
La generosidad de las argentinas —y aquí debo hacer una pausa para secarme una lágrima de gratitud— es legendaria. Porque ellas saben, en su ADN tanguero, que cada hombre que hoy tropieza en una academia puede ser mañana un bailarín decente. O, al menos, uno que no lesione a su compañera.
Gracias a Dios no la lesioné, pues bailé como un elefante rodeado de polluelos, con cuidado infinito.
Me pasaron de mano en mano —o de pie en pie, más bien— como un paquete frágil. Cada una me enseñaba algo: cómo sostenerla sin ahogarla, cómo marcar el paso sin empujar, cómo respirar al ritmo de la música y no al de mi propio pánico.
«Tranquilo, lindo», me decía una. «El tango no se baila con los pies, ¿viste?, se baila con el corazón».
Lo cual era muy poético, pero no ayudaba mucho a mis pies, que seguían confundiendo la izquierda con la derecha, atrás con adelante, y viceversa.
Pero las verdaderas lecciones no se aprenden en las academias. Se aprenden en las milongas.
La milonga es el hogar del tango. No el tango de los turistas, no el tango del espectáculo. El tango verdadero, el que se baila porque sí, porque es martes a las once de la noche y porque el bandoneón está sonando y porque la vida, al final, es demasiado corta para no bailar.
Mi primera milonga fue un shock. Entré esperando encontrar… no sé, algo ordenado. Una clase, quizás. Un maestro de ceremonias que dijera: «Los principiantes a la izquierda, los profesionales a la derecha».
En cambio, encontré el caos organizado. O la organización caótica. Gente de todos los pesos y todas las edades —desde veinteañeros hasta octogenarios que bailaban mejor que todos los demás juntos— moviéndose en la pista en un ballet que parecía improvisado, pero que seguía reglas invisibles que sólo ellos conocían.
Me senté en una mesa del fondo, pidiendo un vaso de vino para darme valor, cuando ella se acercó.
Era una mujer de unos treinta y tantos años, con el pelo recogido en un rodete perfecto y una sonrisa que ya conocía mi secreto: que yo no tenía idea de lo que estaba haciendo.
«¿Bailamos?», me preguntó, sin ceremonia, como quien pregunta la hora.
Y antes de que pudiera inventar una excusa —un pie roto, una cita urgente con el presidente, un ataque súbito de apendicitis— ya estaba en la pista, con ella en mis brazos, o más bien con mis brazos tratando torpemente de no estrangularla.
La música comenzó. Un bandoneón que gemía como alma en pena, un violín que lloraba historias de amor perdido. Y ella, con infinita paciencia, me guió.
No con palabras —las palabras sobran en el tango—, sino con pequeñas presiones, con el peso de su cuerpo, con una mirada que decía «ahora a la izquierda, querido» o «mejor que no intentes ese giro complicado».
Y entonces sucedió algo extraño. Por un momento —apenas dos o tres segundos, quizás— dejé de pensar en mis pies. Dejé de preocuparme por la coreografía, por los pasos, por la técnica. Simplemente me moví con ella, siguiendo la música, siguiendo su cuerpo, siguiendo algo que no sabía que existía dentro de mí.
Fue un instante breve, tan breve que casi podría haberlo imaginado. Pero fue suficiente para entender por qué la gente baila tango. Por qué vuelve noche tras noche a las milongas. Por qué los bailarines de la calle Florida están allí, bajo el sol o la lluvia, bailando para nadie y para todos.
Porque en ese instante, en esos dos o tres segundos de gracia, no eres tú bailando. Es el tango bailando a través de ti.
Quiero seguir volviendo a Buenos Aires y no es dificil inventar una excusa para regresar. Quizás alojarme otra vez en el Hotel Bauen, entre Corrientes y Callao, un sitio magníficamente ubicado, cerca de todo. Quizás comprar más libros en esas librerías maravillosas. Quizás comer otro asado y muchas empanadas y pastas. Quizás ver mucho teatro. Quizás, simplemente, caminar por Corrientes a medianoche, cuando la ciudad está viva y dormida al mismo tiempo.
Antes, por la diferencia de cambio, resultaba conveniente, pero desde que entró Milei, se ha puesto un poco más difícil y más caro. Quiero volver, la verdad —y esto es algo que sólo confieso aquí, en estas páginas— es que volvere por el tango.
Mis pies siguen siendo torpes. Sigo teniendo dos pies izquierdos, o quizás ahora tengo un pie izquierdo y uno que simplemente se hace pasar por derecho. Pero he aprendido algo que ninguna academia puede enseñar: he aprendido a escuchar.
A escuchar la música, sí. Pero, sobre todo, a escuchar a la mujer que baila conmigo. A entender que el tango no es un monólogo, sino un diálogo. Que el hombre propone, ciertamente, pero la mujer no sólo dispone: ella crea, ella inventa, ella improvisa en los espacios que el hombre, en su torpeza, deja sin llenar.
Las argentinas —esas mujeres bellas, generosas y pacientes que aceptan bailar con extranjeros de pies torpes— me enseñaron esto. Me enseñaron que el tango es una conversación sin palabras. Que bailar es escuchar. Que guiar no es imponer, sino proponer, y que seguir no es someterse, sino colaborar.
Me enseñaron, sobre todo, que el tango es generoso con quien es humilde. Que perdona los errores si hay corazón. Que prefiere un bailarín torpe pero sincero a un virtuoso sin alma.
Cuando Dios creó el tango —y vuelvo al principio, porque en el tango todo es circular, todo vuelve— debe haber sonreído. Porque inventó algo imposible: una danza que es abrazo y es lucha, que es pasión y es melancolía, que es individual y es comunitaria, que es técnica y es puro sentimiento.
Inventó una danza que se baila en pareja, pero que es profundamente solitaria. Porque cada uno está en su propio tango, en su propia historia, en su propio dolor y su propia alegría. Y, sin embargo, por un momento, esas dos soledades se encuentran y crean algo hermoso.
Quizás por eso el tango nació en Buenos Aires. Porque es una ciudad de inmigrantes, de gente que llegó de lejos buscando algo. Y encontró una danza que habla de nostalgia sin ser triste, que habla de pérdida sin ser desesperada, que habla de amor sin ser cursi.
Una danza que acepta a cualquiera —incluso a un bisoño con dos pies izquierdos— si viene con el corazón abierto.
Y por eso, si vas a Buenos Aires, no dejes de ir a las milongas, donde las mujeres generosas perdonan las torpezas. Ve a la calle Florida, para inspirarte, donde los bailarines excelsos recuerdan lo lejos que podrías llegar. Ve a las librerías a repantigarte con cualquier libro de poesía. Ve a ese café con facturas, a comerte una empanada o una pizza. Y no olvides disfrutar de un buen asado, porque la carne allá, es de otro nivel.
Porque el tango, como Buenos Aires, como esas mujeres pacientes que me enseñaron a escuchar, es generoso con quien lo busca con humildad.
Y yo, con mis dos pies izquierdos y mi corazón desbordado, sigo buscando. No ya una argentina que adopte a un viejo enamorado de la ciudad, sino ese instante de gracia en que el tango deja de ser algo que bailas y se convierte en algo que te baila.
Ese momento en que, por fin, dejas de tropezar y empiezas a volar.