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Hay ciertas mañanas en que uno despierta con la sensación de que el mundo es un lugar fundamentalmente bueno.
Son esas mañanas en que la luz entra por la ventana con cierta dignidad, en que el café huele como debe oler, y en las que uno piensa —con esa ingenuidad que tanto se parece a la santidad— que los hombres son, en el fondo, hermanos.
Fue en una de esas mañanas, hace ya muchos años, cuando un antiguo compañero del glorioso colegio Miguel Grau vino a visitarme al trabajo que tenía entonces, en Importaciones Hiraoka.
Traía consigo unas rifas y una sonrisa que conocía bien: la sonrisa de los días compartidos en los pupitres de madera, de las travesuras cómplices, de aquella juventud que todo lo prometía.
Me habló de un grupo de amigos que, preparándose para acudir a las fiestas del colegio, habían decidido apoyar a la biblioteca dotándola de los muchos libros que faltaban, de los sueños que aún era posible realizar. Y yo, movido por esa nostalgia que es la más peligrosa de todas las nostalgias —la nostalgia del bien—, compré un talonario completo.
La rifa nunca se realizó.
El dinero, (algo de $50 al cambio de ese entonces), como suele suceder con el dinero de las buenas intenciones, se evaporó en ese limbo extraño donde las responsabilidades se dividen hasta desaparecer.
Aquel amigo, cuando le reclamé la devolución, juraba haberlo entregado; los de la comisión, juraban no haberlo recibido. Entre dos juramentos se perdió no solo el dinero, sino algo infinitamente más valioso: esa delicada arquitectura de cristal que llamamos confianza.
Muchos se preguntarán quiénes son esos pillos. No lo diré. No hace falta. Los pobres diablos —que siempre llevaron la conciencia más liviana que los bolsillos— sabrán perfectamente de quién hablo, y al leer estas líneas sentirán ese incómodo cosquilleo que no produce la memoria, sino la vergüenza.
Tranquilos: no es escarnio lo que se busca, sino reflexión. Aunque, a decir verdad, la reflexión solo sirve cuando uno ya ha decidido cambiar.
Las pequeñas traiciones tienen algo de particularmente diabólico: no destrozan de golpe, como un terremoto; erosionan, como el agua sobre la piedra. Gota a gota, mentira a mentira, excusa a excusa. Y al final uno descubre que ya no es el mismo hombre que compraba talonarios completos movido por el entusiasmo.
La amistad —esa noble institución que los antiguos consideraban superior al amor— esconde una paradoja terrible: es precisamente su intimidad lo que la convierte en vehículo perfecto para el abuso. Los amigos abusan de la amistad no porque sean necesariamente malvados, sino porque la familiaridad crea una ilusión peligrosa: que todo puede perdonarse, que las cuentas pendientes pueden postergarse indefinidamente, que entre camaradas las formas son prescindibles.
Si somos honestos, casi siempre hay señales. Pequeños gestos que chirrían como una puerta mal engrasada. Promesas que suenan huecas incluso cuando se pronuncian. Un hombre que llega tarde repetidamente llegará tarde cuando más se le necesite. Uno que olvida devolver un libro prestado olvidará devolver cosas más importantes. Las actitudes cotidianas son el borrador donde se escribe, letra por letra, el carácter definitivo de una persona. Porque las intenciones son baratas; cualquiera puede tenerlas. Los actos cuestan, y por eso revelan la verdad con la claridad brutal de un espejo en la mañana.
Desde aquel día, algo se modificó en mi manera de relacionarme con el mundo. No me convertí en un misántropo que desconfía de su propia sombra, pero sí en un hombre más cauteloso. Aprendí a no confiar demasiado, a ser cuidadoso, a no dejar el arca abierta para que hasta los justos pequen. Porque cuando regalamos nuestra confianza indiscriminadamente, no solo nos hacemos daño a nosotros mismos; le enseñamos al mundo que está bien abusar de la buena fe, que las excusas son suficientes, que entre amigos todo se vale.
Ten cuidado en quién depositas tu confianza. Recuerda que el diablo, antes de ser diablo, fue ángel. Y que Judas, antes de ser traidor, fue discípulo. Las mejores traiciones vienen envueltas en las sonrisas más familiares, en las palabras más dulces, en los rostros que creíamos conocer mejor. No se trata de vivir en la desconfianza perpetua, sino de entender que la confianza es un tesoro que debe ganarse, no un derecho que se otorga por el simple hecho de compartir un pasado.
Aquella biblioteca del colegio Miguel Grau quizás nunca recibió los libros que merecía. Pero yo recibí una educación distinta, más cara: aprendí que el entusiasmo sin discernimiento es ingenuidad con diploma, que la generosidad sin prudencia es simplemente regalar armas al enemigo, y que cuidar la propia confianza no es mezquindad, sino lo mínimo que un hombre se debe a sí mismo.
El entusiasmo que murió aquel día no era entusiasmo por el bien —ese sigue vivo, aunque más cauteloso—, sino entusiasmo por la comodidad de no tener que pensar, de no tener que evaluar, de poder entregar la confianza como quien entrega calderilla sin mirar a quién.
Y así, en este ejercicio cotidiano de vivir sin ser ni completamente cínico ni completamente ingenuo, vamos construyendo algo parecido a la sabiduría: esa virtud de los viejos que los jóvenes confunden con amargura, pero que en realidad es solo el resultado de haber pagado, con monedas contantes y sonantes de desilusión, el precio de conocer un poco mejor a esa criatura complicada que llamamos ser humano.
Que Dios nos conceda la gracia de ser buenos sin ser tontos. O al menos, de ser tontos solo de vez en cuando, y nunca dos veces con la misma persona. Porque hay errores que uno puede permitirse cometer; pero cometerlos dos veces ya no es error, es ser tonto.
