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Hubo un tiempo —no tan lejano— en que reconocer a alguien era un acto sencillo: bastaba con verlo caminar o escucharlo hablar. El rostro y la voz no necesitaban pruebas de autenticidad; eran, por sí mismos, garantía de presencia. Hoy, en cambio, el mundo se ha vuelto más sofisticado y, curiosamente, más desconfiado. Ya no sabemos si quien nos habla existe, si la voz que oímos pertenece a alguien o si el rostro que vemos ha sido ensamblado por un programa que no duerme ni recuerda.
En este contexto, el Papa León XIV ha puesto el dedo en una herida cultural que muchos prefieren maquillar con filtros: cuando el rostro y la voz se reducen a datos manipulables, lo que está en juego no es la tecnología, sino el hombre mismo. No se trata de nostalgia ni de miedo al progreso, sino de una constatación simple: la comunicación humana no nació para ser eficiente, sino para ser verdadera.
El problema no es que las máquinas hablen —ya lo hacen, y con buena dicción—, sino que nosotros empecemos a escucharlas como si fueran personas, mientras tratamos a las personas como si fueran máquinas. El riesgo no es técnico, es moral y cultural. Una voz generada puede imitar el timbre, pero no el silencio cargado de intención; un rostro sintético puede sonreír, pero no sostener una mirada que pide o concede confianza.
Las redes sociales y los sistemas automatizados prometieron acercarnos. En parte lo lograron. Pero también nos acostumbraron a una comunicación rápida, fragmentada, emocionalmente exagerada y conceptualmente pobre. Se habla mucho, se dice poco y se escucha menos. El algoritmo no busca la verdad ni el encuentro: busca atención. Y la atención, cuando se vuelve mercancía, deja de ser humana.
La inteligencia artificial, en este panorama, aparece como una herramienta poderosa y ambigua. Puede ayudar a crear, ordenar, traducir y ampliar horizontes. Pero también puede uniformar las voces, suavizar las diferencias, reemplazar la experiencia por la simulación. Cuando todo suena correcto, fluido y agradable, corremos el riesgo de olvidar que la vida real es torpe, contradictoria y, precisamente por eso, auténtica.
León XIV no propone apagar las máquinas ni volver a escribir cartas a mano por decreto moral. Propone algo más incómodo: responsabilidad. Que quien diseña tecnología recuerde que trabaja con seres humanos y no con usuarios abstractos. Que quien comunica se pregunte si está informando o simplemente provocando reacciones. Que quien consume contenido no renuncie a pensar por cuenta propia.
Porque custodiar la voz y el rostro no es un gesto poético: es una forma concreta de defender la dignidad. Allí donde una voz puede ser falsificada, la palabra debe ser cuidada. Allí donde un rostro puede ser copiado, la presencia debe ser valorada. No todo lo posible es conveniente, y no todo lo eficiente es humano.
Quizá el verdadero progreso no consista en que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros, sino en que nosotros no olvidemos quiénes somos mientras las usamos.
Cuadro contextual
Breve recorrido por algunos hitos culturales de la comunicación digital
- Correo electrónico (años 90): acelera la comunicación escrita, pero inicia la pérdida del tono y del contexto emocional.
- Redes sociales (2004–2010): transforman la identidad en perfil y la opinión en reacción.
- Smartphones: convierten la comunicación en permanente, pero fragmentada y ansiosa.
- Algoritmos de recomendación: sustituyen la búsqueda personal por el consumo guiado.
- Deepfakes y clonación de voz: ponen en crisis la noción de prueba, testimonio y confianza.
- IA generativa: amplía la creatividad, pero cuestiona la autoría, la experiencia y la responsabilidad cultural.
Apunte crítico para el lector
La cultura no se degrada cuando aparecen nuevas herramientas, sino cuando dejamos de preguntarnos para qué las usamos. La inteligencia artificial no amenaza al arte, al pensamiento ni a la comunicación por sí misma. Lo que los amenaza es la pereza moral: delegar en sistemas automáticos aquello que exige juicio, escucha y presencia.
Mientras haya alguien dispuesto a hablar con su propia voz y a mirar con su propio rostro, la humanidad no estará perdida. Pero habrá que defenderla, incluso —y sobre todo— cuando la tecnología nos ofrezca hacerlo todo sin esfuerzo.
