Breve Tratado para Corazones Confundidos
Reflexionando sobre estos sentimientos hermanos, que nos hacen dignos de pisar esta tierra, imagino que cuando el Creador diseñaba al ser humano, sobre todo después del primer conflicto entre Adán y Eva, atravesó un instante de duda existencial —por eso, a veces, todo resulta tan complicado— y se preguntó: «¿Cómo hago para que estas criaturas no se maten entre sí antes del mediodía?».
Y tras meditarlo con profundidad, ideó dos remedios infalibles: el amor y la amistad. Pero luego, deslumbrado por la maravilla de su creación, olvidó enviarnos el manual de instrucciones.
Y aquí estamos nosotros, miles de años después, todavía tratando de entender qué demonios son estos dos sentimientos que nos elevan hasta el cielo y nos estrellan contra el suelo con la misma facilidad con que se cambia de canal o de post de redes sociales.
Empecemos por lo elemental, que ya bastante complicado es. ¿Qué es, pues, el amor?
Pregunta difícil, qué poetas y cantautores han tratado de descifrar desde el principio de la humanidad.
El amor, querido lector, es ese fenómeno extraordinario que convierte a personas sensatas en poetas de medianoche y en esclavos y vigilantes compulsivos de sus teléfonos móviles.
Es la única enfermedad que los médicos no curan porque ellos mismos la padecen.
Podríamos decir, con toda la seriedad que merece el tema, que el amor es ese terremoto del alma que nos hace descubrir: que el universo entero cabe en una mirada, que las horas son minutos cuando estamos con la persona amada, y siglos cuando esperamos su llegada.
Es, como bien sabían los antiguos, una forma divina de locura temporal que, inexplicablemente, nos hace mejores personas.
La amistad, en cambio, es ese milagro silencioso que no necesita declaraciones grandilocuentes ni serenatas nocturnas. Es el amor sin el vértigo, la compañía sin el drama, el afecto sin las expectativas imposibles. Es esa persona que te dice «¡eres un tonto!» con tanto cariño que suena a bendición.
Si el amor es el fuego que arde y consume, la amistad es el hogar donde ese fuego puede descansar.
Si el amor es la tormenta que arrastra, la amistad es el puerto seguro.
Y a veces, en los casos más afortunados, son la misma cosa.
Ahora bien, ¿por qué necesitamos amor y amistad en nuestra vida?
El ser humano sin amor es como un jardín sin agua: técnicamente existe, pero no florece. Necesitamos el amor porque nos recuerda que no somos islas, que nuestra existencia tiene sentido en relación con otros. El amor nos saca de nosotros mismos —ese lugar a veces tan pequeño y oscuro— y nos lanza al mundo con una valentía que ni nosotros sabíamos que teníamos.
El amor nos hace escribir cartas que nunca enviaremos, componer canciones y versos que harían sonrojar a un cantautor profesional, y cometer actos de heroísmo cotidiano como levantarnos temprano para preparar el desayuno del ser amado.
Nos convierte en mejores versiones de nosotros mismos, aunque sea solo por el terror de decepcionar a quien nos mira con ojos llenos de esperanza.
La amistad, por su parte, es la red de seguridad de nuestra existencia. Los amigos son esa familia que elegimos, esos testigos benévolos de nuestras tonterías que, milagrosamente, siguen a nuestro lado. Necesitamos amigos porque nos mantienen cuerdos en un mundo empeñado en volvernos locos. Y no tienen que ser muchos, tienen que ser los justos, no hace falta ni uno más.
Los amigos son el espejo honesto que nos dice cuando necesitamos desodorante o tenemos comida entre los dientes, literal y metafóricamente. Son los que celebran nuestros triunfos sin envidia y lloran nuestras derrotas sin juzgarnos. La amistad es ese amor que no pide nada a cambio excepto que sigamos siendo nosotros mismos.
Y como si la cosa no fuera ya suficientemente complicada, resulta que tanto el amor como la amistad vienen en múltiples presentaciones, como esos productos del supermercado que te confunden con tanta variedad. El amor, como buen camaleón emocional, se presenta en innumerables formas.
Está el amor romántico, ese que hace suspirar a los adolescentes y escribir novelas a los adultos, el que nos hace creer en destinos entrelazados y almas gemelas. Existe el amor filial, ese que nos une a nuestros padres y hermanos con lazos que ni las peores discusiones familiares logran romper del todo.
Tenemos el amor paternal, esa fuerza de la naturaleza que hace que padres sensatos se levanten cinco veces en la noche o financien carreras universitarias de dudosa rentabilidad. Quizás sea el amor más auténtico, pues se da y se da, sin importar la retribución.
Y está también el amor propio, ese que tanto cuesta cultivar pero que es el fundamento de todos los demás. Como dicen los sabios: no puedes dar lo que no tienes.
La amistad también se presenta en diversos sabores.
Está el amigo de la infancia, ese que conoce todas tus vergüenzas y aún así te saluda en la calle.
El amigo del alma, esa persona con quien no necesitas explicaciones porque te entiende con media palabra y un gesto. Los amigos de batalla, esos compañeros de trabajo, estudio o trinchera que comparten contigo las alegrías y miserias del día a día.
Y ahora, los amigos digitales, esa maravilla moderna que demuestra que la amistad verdadera puede florecer incluso a través de pantallas y continentes.
Los grandes maestros del verso han intentado, con mayor o menor éxito, capturar en palabras lo inefable del amor. Pablo Neruda, ese chileno apasionado, nos recordó que el amor puede ser quieto y profundo como raíces en la tierra.
«Me gustas cuando callas porque estás como ausente».
En sus versos encontramos esa verdad simple: amar no es solo decir, es ser y estar. También Gustavo Adolfo Bécquer, con su romanticismo doliente, nos habló de esa poesía que anda escondida en el alma y que solo el amor puede descubrir.
«¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.»
Nos enseñó que hay poemas que no se escriben con tinta sino con suspiros.
Y los cantautores también han dicho lo suyo. José Luis Perales nos ha contado mil historias de amores cotidianos con esa sencillez que desarma.
«El amor es una gota de agua en un cristal, es un paseo largo sin hablar, es una fruta para dos.»
O Julio Iglesias, con su voz que atravesó fronteras, nos cantó sobre amores imposibles y recuerdos que no se van.
«El amor. No solo son palabras que se dicen al azar, por un momento y sin pensar, son esas otras cosas que se sienten sin hablar, al sonreír, al abrazar.»
Y hay muchas más…
Todos ellos, poetas y cantautores, han intentado lo mismo: poner nombre a ese huracán del corazón que nos levanta hasta el cielo o nos estrella contra el suelo, según sople el viento.
Aunque amor y amistad son hermanos del alma, tienen sus diferencias, y conviene conocerlas para no confundir la gimnasia con la magnesia, como decía mi tía Margarita.
El amor romántico exige, la amistad acepta. El amor es celoso, la amistad es generosa. El amor quiere poseer, la amistad quiere compartir. El amor puede ser pasajero, la amistad suele ser eterna. El amor te hace temblar, la amistad te da paz. Pero he aquí la paradoja hermosa: el mejor amor contiene amistad, y la mejor amistad contiene amor. Son, al final, dos caras de la misma moneda del afecto humano.
Pero también se parecen en mucho, y esas similitudes son las que nos dan esperanza. Ambos requieren cuidado constante, como plantas que necesitan agua y sol. Ambos se nutren de confianza, sin la cual se marchitan. Ambos nos hacen vulnerables, porque amar o ser amigo es abrir el pecho y mostrar el corazón. Ambos nos transforman, porque no somos los mismos después de amar o de ser amados, de tener o de ser amigos. Ambos son actos de valentía, porque requieren que arriesguemos lo más preciado: nuestra capacidad de sentir.
Y ahora, querido lector que has llegado hasta aquí —probablemente porque no tenías nada mejor que hacer o porque secretamente buscabas alguna respuesta—, permíteme despedirme con un deseo sincero.
Que tu vida sea abundante en amor, de ese que hace latir el corazón más rápido y sonreír sin motivo aparente.
Que encuentres a quien amar y quien te ame, con todas las imperfecciones que eso conlleva.
Que tu vida sea generosa en amistad, de esa que no se compra ni se vende, que no caduca ni se oxida.
Que tengas amigos que te conozcan en tus versiones más ridículas y aún así elijan quedarse.
Que sepas distinguir entre ambos, pero también que descubras que a veces se encuentran en la misma persona, y eso es un regalo doble.
Que cultives ambos sentimientos como el jardinero paciente que riega cada día, que poda con cuidado, que espera con esperanza.
Y que cuando llegue tu último día —que llegará, como llega para todos— puedas decir con honestidad:
«Amé bien y fui bien amado. Tuve amigos verdaderos
y fui un amigo verdadero.
No desperdicié mi corazón en mezquindades, ni guardé mi afecto en cajas cerradas.
Viví, en suma, como corresponde a un ser humano digno de ese nombre».
Porque al final, querido lector, cuando todo lo demás se haya ido —la fama, el dinero, los logros, las posesiones—, solo quedará esto: las personas que amamos y las que nos amaron, los amigos que tuvimos y los que fuimos.
Y eso, en verdad, es todo lo que importa, lo único que importa.
Y como corolario de este artículo, quiero invitarlos a escuchar una bella composición del gran cantautor abanquino Pepe Garay, que expresa el amor de la mejor manera: SUEÑOS CUMPLIDOS.
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