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Hay estudios que muestran que el coeficiente intelectual de la humanidad viene cayendo desde que las redes sociales dejaron de ser una novedad para convertirse en una segunda naturaleza. Estudios más recientes, sostienen que va cayendo aún más desde que se popularizaron los sistemas de inteligencia artificial, y parece que caerá mucho más.
¡Vaya paradoja! A mayor inteligencia artificial menor inteligencia humana.
La caída comenzó, poco más o menos, en el momento en que las pantallas reemplazaron al papel para el manejo de la información. Estamos hablando del 2010 y años posteriores.
Es verdad que la tecnología nos lo pone todo más fácil. Tan fácil que la mayoría de la gente, ha decidido saltarse la fase del análisis —esa en la que brilla el pensamiento— y pasar directamente a la ejecución fácil. Es como querer hacer una tortilla sin romper los huevos: rápido, limpio y completamente imposible.
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La inmediatez tiene un precio silencioso: cuando la respuesta llega antes de que la pregunta madure, el cerebro se acostumbra a no esforzarse. Si todo está a un clic, pensar deja de ser una necesidad y se vuelve un estorbo. Y cuando el sistema evalúa rapidez en lugar de profundidad, termina premiando la apariencia de saber por encima del saber mismo. Así, la superficialidad no es un accidente: es el resultado lógico de un entorno que la recompensa.
Por eso hoy desfilan tantos graduados de toga y birrete, con diplomas enmarcados y currículos relucientes, que llevan títulos en la pared, pero ninguna ventana abierta en la cabeza, que pasaron por los claustros sin haber conocido jamás el territorio elemental del sentido común: títeres con credenciales, pero sin hilos que los conecten con la realidad. Pagaron matrículas y pensiones puntualmente pero no aprendieron nada.
Los malos estudiantes —pobres criaturas del copy-paste— copian textos que ni siquiera leen, los pegan en el ChatGPT o el Gemini, luego en el correo, luego en el documento, y los envían con la conciencia tranquila de quien cumplió un trámite burocrático. Y cuando tienen un docente irresponsable —de los que hay muchos— que, aunque cumpla con estar presente, se pregunta «¿para qué verificar la procedencia?» y concluye con un «Lo importante es que se haga y a otra cosa, mariposa», el círculo vicioso se cierra.
No es culpa suya del todo, ni del estudiante ni del profesor: el tipo de trabajo que se les pide no incentiva otra cosa. Es difícil enamorarse de una tarea diseñada para ser olvidada.
Sin embargo, el problema no es la herramienta sino el propósito. No es la tecnología la que piensa por nosotros, sino nuestra renuncia voluntaria a pensar. Las máquinas aceleran procesos; nosotros decidimos si ese tiempo ganado lo invertimos en profundizar o en trivializar. Cuando olvidamos para qué aprendemos, cualquier sistema termina produciendo especialistas en cumplir requisitos y analfabetos en comprender la vida
Porque ahí está el secreto que pocos saben y nadie menciona: cuando algo te apasiona, cuando de verdad te encanta, le pones alma, le pones punch, le pones ganas, y si perseveras, podrías terminar siendo un experto, un erudito en el tema.
La diferencia entre el entusiasmo y la obligación es la misma que hay entre bailar y caminar: ambos implican movimiento, pero solo uno tiene música.
Pero si pasas tus días consumiendo información trivial —esa basura digital que no alimenta—, ¿qué cosa valiosa vas a encontrar? Es como buscar oro en el cascajo: mucha piedra, ninguna pepita.
La clave está en recuperar esos intereses verdaderos que todo ser humano lleva dentro, en hacer lo que te gustaba de niño, lo que te fascinaba de joven antes de que el mundo te convenciera de ser «realista».
Si reencuentras ese filón, ese hilo de oro que atraviesa tu vida, la tecnología dejará de ser un lastre y se convertirá en lo que siempre debió ser: una herramienta magnífica.
Las inteligencias artificiales, bien usadas, son aliadas formidables. Úsalas para aprender algo que de verdad te guste. Algunas, como ChatGPT o Gemini, tienen un botón que dice «aprendizaje guiado»: utilízalo.
Sea que quieras estudiar quiromancia o mecánica cuántica, la belleza de los movimientos peristálticos del intestino o el misterio de los movimientos de las estrellas, te lo harán mucho más fácil, más accesible, más humano.
En eso, y solo en eso, vale la pena esta era digital: no en facilitarnos el olvido, sino en iluminarnos el camino hacia lo que realmente nos importa.
Porque la inteligencia no está en las máquinas ni en los algoritmos, sino en saber qué preguntas hacerles.
Y esa sabiduría, querido lector, todavía depende de ti.
