EL AÑO QUE SE VA

Queridos amigos, lectores de Peruanísima:

Esta mañana me senté con una taza de café humeante frente a la ventana. El vapor subía despacio, humedeciendo mi faz, y ahí —mirando sin ver nada en particular— me puse a hacer lo que hacemos muchos cuando el año se acaba: mirarnos en el espejo. Yo ví mi reflejo en la ventana, pero de verdad, sin trucos, sin esos lentes que pintan todo color de rosa con los que nos convencemos de que todo marcha bien cuando claramente algo anda mal.

Este 2025 que se nos escurre entre los dedos como arena fina nos dejó lecciones. Lecciones que, si uno es honesto, ya deberíamos haber aprendido. Pero somos tercos, ¿cierto? Como decía mi tía Margarita, que en paz descanse: «A cabeza dura, golpe seguro». Necesitamos que la vida nos repita la lección una y otra vez hasta que finalmente —clic— algo se enciende dentro y comprendemos.

No voy a hablar de las cosas buenas. Las hay, y muchas, y hay mucha gente buena, maravillosa, hay muchas acciones buenas, pero todo el mundo las resalta en esta época. Prefiero hablar de lo otro, de esos males que nos enferman el alma y que arrastramos año tras año como quien carga una piedra en el bolsillo.

Primero, la codicia. Esa fiebre extraña que convierte a buenos ciudadanos en delincuentes de corbata, a políticos en saqueadores y a gente decente en cómplices silenciosos. Nos ponemos furiosos —y con razón— cuando vemos a los corruptos del Congreso llenándose los bolsillos. Pero después, sin pestañear, evadimos impuestos o damos nuestra «propinita» a un mal funcionario para agilizar un trámite. Criticamos al que roba millones mientras hacemos la vista gorda cuando el vendedor se equivoca y nos da vuelto de más. Balzac escribió una vez que «detrás de cada gran fortuna hay un crimen». Nosotros ni siquiera tenemos fortuna, solo pequeñas traiciones cotidianas que nos van vaciando por dentro, como goteras que terminan pudriendo la viga.

Y aquí está lo que rara vez admitimos: estos vicios nos están matando. No hablo en sentido figurado. La corrupción nos enferma literalmente. Vivir desconfiando de todo el mundo genera un estrés crónico que nos pudre las arterias y nos roba el sueño. La codicia, esa sed insaciable, nos deja con cosas pero sin paz. Acumulamos y acumulamos, pero la satisfacción nunca llega porque siempre hay algo más que queremos, algo que nos falta. Y esa falta de empatía —esa sordera del corazón— nos condena a la soledad aunque estemos rodeados de gente. Cuando dejan de importarnos los demás, terminamos encerrados en jaulas invisibles, mirando la vida pasar sin realmente sentirla.

Nos quejamos de la inseguridad, del caos, de la injusticia. Pero no conectamos los puntos: ese malestar que sentimos cada mañana es el precio de vivir en una sociedad donde nadie confía en nadie. Es agotador tener que estar en guardia permanente, asumiendo que todos van a intentar engañarnos. Y lo peor es que ese veneno no contamina solo las calles. Se mete en nuestras casas, en nuestras familias, en lo más hondo de nosotros mismos.

Después está la falta de respeto. El respeto, ese pilar de las culturas civilizadas, brilla por su ausencia en demasiados lugares. Ya no respetamos la palabra dada. No respetamos al prójimo ni a la comunidad que nos acoge: conducimos como si las calles fueran campos de batalla, tiramos basura donde nos da la gana, ponemos música a todo volumen aunque el vecino tenga un bebé durmiendo o un anciano delicado. Y lo más grave: hemos perdido el respeto por las leyes. El semáforo en rojo se convirtió en una sugerencia opcional. La fila es cosa de tontos. Las normas se sortean con billetes bien colocados o con un poco de labia.

Y luego está esa ausencia de empatía, esa incapacidad para ponernos en los zapatos del otro. Exigimos respeto, pero tratamos al mesero como si fuera invisible. Marchamos gritando justicia y dejamos las calles convertidas en basurales. Reclamamos derechos, pero se los negamos al que piensa distinto o viene de otro lugar.

¿Se dan cuenta? Vivimos en una contradicción permanente, como esos actores que se ponen una máscara para salir al escenario.

Hablando de contradicciones, hay una que nos revienta en la cara cada cinco años: nuestro voto. En el 2026 hay elecciones y cada vez que hay elecciones nos rasgamos las vestiduras por la clase política que tenemos. «Son todos unos sinvergüenzas», decimos. Pero, seamos honestos un momento, ¿quién los puso ahí? Votamos por candidatos que sabemos que son cuestionables, pero nos dejamos seducir por una sonrisa fotogénica, por promesas que suenan bonitas aunque en el fondo sepamos que son puro humo, por el candidato que nos regaló una bolsa de arroz o nos prometió un trabajito para el sobrino. Votamos con las vísceras, no con la cabeza. Y después, cuando gobiernan exactamente como era de esperarse —robando, mintiendo, traicionando— nos hacemos los sorprendidos, como si no hubiéramos visto venir el desastre.

O peor todavía: muchos ni siquiera van a votar. Se quedan en casa el domingo, viendo televisión y quejándose de que «todos los políticos son iguales», y después tienen el descaro de quejarse del país que tenemos. Pues bien, el voto no es solo un derecho. Es una responsabilidad. Y cuando lo tomamos a la ligera, cuando lo vendemos por migajas o simplemente lo desperdiciamos quedándonos en casa, estamos construyendo con nuestras propias manos el Perú corrupto que tanto criticamos. No podemos exigir políticos honestos si nosotros no somos electores honestos. El Perú que tenemos no cayó del cielo como un castigo divino: es el Perú que elegimos, elección tras elección, voto tras voto.

Estos vicios, claro está, no son exclusivamente nuestros. Pero nos duelen con una intensidad especial porque sabemos —todos lo sabemos aunque no lo digamos— que podríamos ser mejores. 

En nuestras raíces ancestrales está el ayni, esa hermosa solidaridad donde lo que dabas regresaba a ti multiplicado. El respeto por la palabra empeñada era sagrado. Nuestros abuelos sellaban acuerdos sin papeles, sin notarios, sin testigos. La palabra valía. ¿En qué momento cambiamos todo eso por este caos donde solo confiamos si hay testigos, contratos firmados en tres copias y un abogado presente?

Los que creemos en algo más grande que nosotros mismos sabemos que no vinimos a este mundo solo a acumular cosas. Vinimos con una misión más sencilla y más difícil a la vez: ser felices y ayudar a otros a serlo, amando a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

Suena infantil, ¿verdad? Como esas frases que bordaban nuestras abuelas en los cojines de la sala. Pero llevarlo a la práctica es otra historia completamente distinta. Porque amar al prójimo no es suspirar «¡Ay, qué lindo sería un mundo mejor!» mientras tomamos el té. Es devolver la billetera que nos encontramos en la calle aunque tenga dinero adentro. Es ceder el asiento en la combi aunque vayamos muertos de cansancio después de diez horas de trabajo. Es no regatearle centavitos a la vendedora del mercado que ha venido cargando sus verduras desde su chacra antes del amanecer, mientras en el supermercado pagamos sin chistar precios el doble de altos.

Las leyes de Dios —para los que creemos en Él— no son caprichos de un tirano celestial que disfruta poniendo obstáculos. Son simplemente el manual de instrucciones para no hacernos trizas unos a otros. «No matarás, no robarás, no mentirás»: ¿son órdenes arbitrarias o más bien la descripción de cómo debe comportarse alguien que quiere dormir tranquilo por las noches?

Y no hace falta ser creyente para reconocerlo. Basta con ser una persona de bien, de esas que todavía existen aunque a veces cueste encontrarlas. Como decía Confucio hace veinticinco siglos: «No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti». Ahí está todo, resumido en una sola frase que cabe en una servilleta.

Pero aquí viene lo que realmente duele: si el 90% de peruanos nos declaramos cristianos (76% católicos y 14% evangélicos) ¿por qué nuestra sociedad no refleja esa fe? Quizás sea porque hemos separado lo sagrado de lo cotidiano, como si Dios viviera solo en las iglesias los domingos y no en el mercado, en la oficina, en el microbús. La fe verdadera no se mide en ceremonias bonitas ni en procesiones multitudinarias. Se mide en el trato que le damos al prójimo anónimo, a ese que no conocemos y que nunca nos va a devolver el favor.

Y si queremos de verdad un país diferente, tenemos que empezar por lo más cercano: nuestros hijos. Porque el cambio real no está en los discursos grandilocuentes ni en las leyes que nadie cumple. Está en la mesa familiar, en esos momentos cotidianos donde se forman las personas que van a construir el futuro.

Les decimos «sé honesto», pero nos ven «coimear» para evadir una multa. Les exigimos «respeta a los demás», pero nos escuchan hablar pestes del vecino apenas se da la vuelta. Les repetimos hasta el cansancio «cumple tu palabra», pero después cancelamos compromisos sin remordimiento porque apareció un plan mejor. Los niños, resulta que, no aprenden de nuestros sermones. Aprenden de nuestros actos, de lo que hacemos cuando creemos que nadie nos está mirando.

Lo que estamos enseñando con nuestro ejemplo diario es que las reglas son negociables según la conveniencia, que la honestidad es opcional dependiendo de las circunstancias, que los valores son bonitos en teoría pero impracticables en la vida real. Y después nos sorprendemos cuando de adolescentes nos mienten en la cara, cuando de adultos son corruptos o indiferentes al dolor ajeno. Pero solo están replicando el modelo que vieron en casa durante años.

Si queremos un Perú distinto dentro de veinte años, tenemos que empezar hoy mismo, siendo en casa las personas que queremos que nuestros hijos sean mañana en la calle. Porque no existe revolución social sin revolución familiar primero. Los valores no se heredan en los genes como el color de ojos. Se transmiten en el ejemplo, día tras día, en cada pequeña decisión que tomamos. Y cada vez que somos coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos, estamos formando a un ciudadano que podría —solo podría, no hay garantías— ayudar a construir ese Perú que tanto anhelamos.

Ya se acerca el 2026 con esa sensación de página en blanco, de borrón y cuenta nueva. Pero seamos realistas: el año nuevo no trae cambios mágicos. Las doce campanadas no nos convierten en mejores personas por arte de magia. Si queremos que algo cambie de verdad, vamos a tener que transformarnos desde adentro, con trabajo y constancia.

Y ese trabajo comienza por reconocer nuestras propias fallas. No las del presidente, que tiene muchas. No las del congresista, que también las tiene. No las del alcalde. Las nuestras primero. Porque señalar con el dedo es facilísimo —hasta un niño de cinco años sabe hacerlo— pero admitir que nosotros también somos parte del problema, que cada vez que nos callamos ante una injusticia o pagamos o aceptamos una coima estamos alimentando el monstruo que luego criticamos… eso ya requiere agallas de verdad.

El Perú que soñamos no va a caer del cielo como maná. Tendremos que construirlo nosotros, ladrillo a ladrillo, gesto a gesto, decisión tras decisión. Cada vez que elegimos la honestidad aunque sea incómoda, cada vez que respetamos la fila aunque nadie nos vigile, cada vez que somos justos con el débil, estamos poniendo un ladrillo en esa construcción. Como decía Einstein —y él sabía de qué hablaba— el mundo corre más peligro por quienes toleran el mal que por quienes lo cometen.

A pesar de todo este inventario sombrío, no puedo terminar sin hablar de esperanza. Pero no de ese optimismo bobo y hueco que repite como disco rayado «todo va a estar bien» mientras el barco se hunde. Hablo de esa otra esperanza, la esperanza terca y luminosa que se niega a apagarse incluso en las noches más oscuras.

Tengo esperanza porque conozco mucha gente que vale la pena. Maestros que se levantan con entusiasmo cada mañana para enseñar no solo matemáticas o historia, sino valores y principios de vida. Enfermeras que atienden con amor y dedicación, yendo mucho más allá de lo que su salario les exigiría. Choferes que conducen con cuidado y responsabilidad, tratando a sus pasajeros con amabilidad incluso después de muchas horas al volante. Vendedores que regalan sonrisas aunque uno no les compre nada. Gente común y corriente que hace en silencio cosas extraordinarias, simplemente porque cree que es lo correcto.

Tengo esperanza porque nuestros cerros siguen firmes en su sitio y el sol sale esplendoroso cada mañana, regalándonos luz y calor sin preguntarnos si lo merecemos o no. La naturaleza no se da por vencida. ¿Y nosotros sí vamos a hacerlo? ¿Vamos a rendirnos justo ahora?

Me comprometo —y los invito a comprometerse conmigo— a intentar ser mejor este año que viene. No perfecto, porque la perfección es para los santos y los ingenuos. Solo un poco mejor, cada día. Nada más, pero tampoco nada menos.

Me comprometo a realizar al menos un acto de honestidad deliberada cada semana: devolver lo que no es mío aunque nadie se entere, reconocer un error en público aunque me cueste el orgullo, pagar lo justo sin que me obliguen. Porque las revoluciones morales no ocurren en discursos hermosos, sino en gestos concretos que nadie aplaude.

Como decía la Madre Teresa de Calcuta: «No todos podemos hacer grandes cosas, pero sí pequeñas cosas con gran amor». Y de eso se trata la vida, al final de cuentas. No de llegar impecables y perfectos a la meta, sino de haber intentado cada día ser un poquito mejores que el día anterior, de haber dejado el mundo apenas un poquito mejor de como lo encontramos.

Que el 2026 nos encuentre más humildes y más dispuestos a construir juntos. Menos codiciosos y más generosos. Menos indiferentes y más comprometidos con nuestro pedacito de mundo.

Que sea un año donde la palabra dada valga algo de nuevo, donde el respeto no sea un lujo sino una norma básica, donde la empatía reemplace a la indiferencia que nos está matando. Un año en el que recordemos que somos hermanos —todos, sin excepción— hijos del mismo Padre, llamados a cuidarnos mutuamente en este valle de lágrimas y alegrías que es la vida.

¡Feliz año nuevo, queridos peruanísimos!

Que el 2026 traiga lo mejor para ustedes y sus familias, y para esta tierra noble y sufrida que llamamos Perú y que seguimos amando a pesar de todo.

Y que Dios, en su infinita misericordia, nos dé la fuerza y el coraje para ser mejores de lo que hemos sido.

Es hora de comenzar.

Entradas relacionadas

TRADICIONES, AFECTOS Y EL AMOR QUE NO OBLIGA

LA VIOLENCIA QUE CALLAMOS

CONTEMPLATIVA EN NAVIDAD

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Suponemos que está de acuerdo, pero puede darse de baja si lo desea. Seguir leyendo