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La ciudad de Abancay vivió más de treinta y dos horas sin electricidad. Treinta y dos horas. Como para que conste en actas, en epitafios y en terapia.
La empresa suministradora (Electro Sur Este), con esa serenidad que solo da la costumbre de no ser responsable de nada, declaró con admirable desparpajo que ella también era víctima, señalando como culpable a la empresa portadora.
La empresa portadora (ISA Energia), a su vez, señaló hacia otro lado con el dedo extendido de quien lleva años practicando ese gesto.
Y así, en ese elegante baile de culpas, dimes y diretes, todos resultaron afectados y ninguno, responsable. Cuando todos son víctimas, la negligencia se convierte en fenómeno natural, como la lluvia o el olvido.
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¡Frescura de Ripley, ¿no les parece?!
En otros países —esos que uno menciona con una mezcla de admiración y envidia— un apagón de tal magnitud desencadena severas sanciones, multas, despidos y ruedas de prensa con caras compungidas. Aquí, en cambio, la precariedad e incompetencia tiene el estatus de tradición cultural. Se la respeta. Se la hereda. Se la presupuesta y poco falta para que se la felicite.
Y luego están los organismos reguladores. Osinergmin, por ejemplo, creado con el noble propósito de fiscalizar y sancionar. Entidad solemne, de nombre imponente en letras doradas, que ante esta crisis se comportó con la discreción de un fantasma educado: presente en los papeles, invisible en los hechos. Un regulador que no actúa no es un garante; es un espectador con sueldo fijo.
Y no solo se fue la luz. Varias operadoras telefónicas cayeron también, con esa solidaridad inesperada que une a los incompetentes en los momentos difíciles, dejando a miles de usuarios sin señal, sin llamadas, sin nada. Abancay, de golpe, quedó incomunicada hacia adentro y hacia afuera. Para estos casos existe Osiptel, organismo regulador de las telecomunicaciones, creado con el solemne propósito de fiscalizar y proteger a los usuarios. Organismo que, en esta ocasión, brilló con la misma intensidad que el resto de la ciudad: ninguna. Dos reguladores, un mismo talento para la invisibilidad. Osinergmin y Osiptel: juntos suman exactamente cero.
El culpable, al parecer, fue uno o más ciudadanos que talaron árboles y derribaron líneas de alta tensión. Esos sujetos, sin duda alguna, merecen sanción ejemplar, y probablemente lo saben, razón por la cual ya estarán muy lejos o muy calladitos.
Pero un sistema serio no colapsa durante más de un día entero por culpa de un árbol y un hacha. Si eso basta para sumir a toda una ciudad en las tinieblas, el problema no empieza en el árbol: empieza mucho antes, en algunos escritorios donde nadie hizo su trabajo.
Debería haber una reserva fría, es decir, una capacidad de generación eléctrica que, aunque no esté en funcionamiento continuo, permanezca disponible para activarse en poco tiempo ante aumentos de demanda o fallas imprevistas en el sistema, garantizando así la continuidad del suministro y la estabilidad del servicio energético.
¿Qué pasó con la planta generadora de Matará?
Hasta ahí, la parte previsible. Lo verdaderamente curioso vino después.
Sin electricidad, Abancay retrocedió aproximadamente un siglo en el curso de una tarde.
Así, sin anestesia, volvimos a lo que debe haber sido vivir hace un siglo atrás. Velas, silencio, el rumor antiguo de la conversación humana.
Para quienes tenemos de amigos a los libros, aquello fue casi un regalo: horas tranquilas, luz titilante, cierta dignidad de otra época. Llevadero, incluso hermoso.
Para los jóvenes, en cambio, fue el apocalipsis.
Sin pantallas, sin notificaciones, sin el consuelo sagrado del wifi y el bluetooth, varios se encontraron frente a frente con un enemigo implacable y hasta entonces desconocido: el tiempo libre. No el tiempo libre de los libros de filosofía —ese tiempo contemplativo, fecundo, sereno—, sino el tiempo libre en bruto, sin instrucciones, sin tutorial, sin versión actualizada. Un tiempo que no se puede pausar ni silenciar.
Hubo muchas miradas perdidas en el techo, pechos palpitantes, sudores, desesperación. Caminatas circulares dentro de casa, con esa determinación sin destino de los pumas enjaulados. Algunos intentos valientes —y breves— de conversación cara a cara, actividad que, al parecer, no cuenta con interfaz intuitiva.
Más de uno estuvo a punto de caminar por las paredes, no por la oscuridad, sino por el silencio.
Los síntomas fueron clínicamente observables: manos inquietas que llevaban los aparatos frente a los ojos, por puro reflejo, un celular sin batería, ojos que parpadeaban hacia pantallas apagadas, y una honda, perturbadora sospecha de que el mundo seguía girando… sin ellos.
Extraña obsesión, que quizás los médicos podrían clasificar, con cierta compasión, como «síndrome de desconexión aguda».
Al día siguiente apareció, como siempre ocurre cuando hay necesidad y audacia en la misma esquina, el empresario improvisado.
Varios vecinos habilitaron generadores eléctricos y, entre cables y extensiones domésticas, ofrecieron un servicio puntual y urgente: recargar celulares por cinco soles.
La demanda fue inmediata, masiva y emotiva. Filas enteras de personas esperando unos minutos de batería con la misma ansiedad con que otro tiempo se esperaba el pan, el kerosene o la leche ENCI. Y quizá, para muchos, era exactamente eso, o más.
Ahí la ironía cede el paso, con suavidad, a algo más serio.
El apagón no terminó con el regreso de la luz. Cuando la electricidad volvió, llegó acompañada de un inventario de pérdidas que nadie quería hacer: refrigeradores tibios, cadenas de frío rotas sin remedio, helados convertidos en charcos, carnes en estado deplorable, embutidos y medicamentos arruinados en el momento más inoportuno.
Y no solo eso. Horas de trabajo perdidas que nadie devolverá. Pérdidas concretas, reales, silenciosas, que cayeron sobre los hombros de quienes menos capacidad tienen de absorberlas.
Y entonces surge, inevitable, la pregunta que nadie se apresura a responder: ¿quién pagará todo esto?
Porque este apagón no reveló solamente la ineficiencia de las empresas ni la decorativa existencia de los reguladores. Reveló algo más íntimo y más difícil de enmendar: nuestra propia dependencia.
Hemos construido una vida tan atada a la electricidad y a los dispositivos que la consumen, a los que posibilitan el uso de la tecnología, que cuando se va la luz no solo se apaga la habitación: se apaga también nuestra capacidad de tolerar el silencio, de convivir con nosotros mismos, de estar simplemente aquí, sin señal y sin audiencia.
Exijamos, sí, empresas que respondan y reguladores que regulen. Eso es lo mínimo, y lo mínimo en este país ya es mucho pedir.
Pero también, mientras tanto, quizá valga la pena preguntarnos algo: si cinco soles de batería se han vuelto más urgentes que el pan, ¿quién, exactamente, tiene el control?
Porque la electricidad nos da poder. Pero nuestra dependencia de ella puede, muy silenciosamente, quitárnoslo todo.
