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Hubo un tiempo en que la ignorancia no era un defecto moral, sino una consecuencia. Faltaban escuelas, libros, luz. Millones de personas no sabían porque, sencillamente, no podían saber. La carencia era estructural.
Hoy la escena es distinta. Llevamos en el bolsillo más información de la que cualquier sabio antiguo habría imaginado. Podemos acceder a historia, ciencia, filosofía, economía, literatura… en segundos. Y, sin embargo, elegimos otra cosa.
No elegimos el vacío por falta de opciones, sino por comodidad.
Pensar exige esfuerzo. Exige silencio, atención, disciplina. En cambio, la distracción es inmediata y amable. No contradice. No obliga a revisar convicciones. Solo entretiene.
Mientras decisiones políticas moldean el futuro y la economía afecta la vida diaria, el centro de interés suele ser el escándalo pasajero, la fiesta que se viene o el meme de turno. No hace falta prohibir libros si nadie desea abrirlos. No hace falta censurar ideas si casi nadie quiere examinarlas.
Como advertía Mario Vargas Llosa, cuando una sociedad reemplaza el debate serio por el espectáculo permanente, la política se degrada y el ciudadano pierde herramientas para defender su libertad. Un pueblo desinformado no solo ignora datos: pierde criterio. Y cuando se pierde el criterio, se delega la propia conciencia.
En esa misma línea, Marco Aurelio Denegri insistía en que la incultura no es simplemente falta de instrucción, sino renuncia al rigor mental. Repetía —con su habitual severidad elegante— que pensar bien es un deber, no un lujo. Y tenía razón: la mediocridad intelectual no se impone por decreto; se instala cuando dejamos de ejercitar la mente.
El analfabeto moderno no es quien no sabe leer, sino quien puede hacerlo y no quiere. Quien conoce la vida privada de una celebridad pero ignora que se legisla en su país. Quien memoriza canciones vacías, pero nunca una idea que lo obligue a crecer.
La ignorancia antigua era involuntaria. La actual, generalmente, es elegida. Y eso la vuelve más delicada, porque ya no depende de la falta de oportunidades, sino de nuestras prioridades.
No se trata de declarar la guerra al entretenimiento. Reír es sano. Descansar es necesario. El problema aparece cuando la distracción deja de ser descanso y se convierte en propósito.
El tiempo no regresa. Cada hora consumida en superficialidad es una hora que no fortalece el criterio ni el carácter.
Aprovechar el tiempo no significa llenarlo de estímulos, sino orientarlo con intención: leer algo que nos incomode, contrastar opiniones, informarnos antes de opinar, ejercitar la duda inteligente, reservar cada día un espacio para el pensamiento serio.
Porque la verdadera libertad no consiste en tener acceso a todo, sino en elegir bien qué dejamos entrar en nuestra mente… y qué decidimos cultivar en ella.
Se acercan elecciones, y con ellas la responsabilidad de decidir no solo autoridades, sino el rumbo de nuestro país. En este contexto, la distracción deja de ser una simple ligereza y se convierte en un riesgo. Cuando vota la desinformación, gana la manipulación; y cuando gana la manipulación, la libertad se debilita.
No basta con repetir consignas ni compartir titulares llamativos. Es necesario leer propuestas completas, contrastar fuentes, revisar trayectorias y escuchar argumentos distintos al propio. Informarse no es un lujo intelectual: es un deber cívico.
El voto dura un instante, pero sus consecuencias pueden marcar años. Por eso, ahora más que nunca, conviene reducir el ruido, leer más, pensar mejor y ejercer el derecho a elegir con criterio. Nuestro futuro merece algo más que una opinión improvisada.
