EL ESTRUENDO DE LA ESTUPIDEZ

Cada fin de año se repite el mismo ritual: un grupo de idiotas útiles —convencidos de que el estruendo es sinónimo de alegría— revienta su dinero, convirtiéndolo en humo y escándalo, para enriquecer a unos cuantos pillos que viven de vender pólvora y ruido.
Millones de dólares transformados en segundos de luces efímeras, bulla, contaminación tóxica y basura ardiente. Un negocio redondo para pocos, una demostración de estupidez colectiva para muchos. Mientras tanto, el aire se envenena, el suelo se contamina y el cielo —que debería ser espacio de calma— se vuelve un campo de agresión sonora.

Pero el daño no se queda en la anécdota humana. Los animales domésticos entran en pánico, se pierden, sufren crisis cardíacas, mueren de miedo literal. Las aves —esas que con sus trinos alegran nuestros amaneceres, esas que Neruda llamó «las pequeñas voces del mundo»—  huyen desorientadas, chocan contra ventanas, paredes y árboles, abandonan nidos. La fauna que sobrevive en parques, riberas y cerros cercanos a las ciudades paga también el precio de esta supuesta celebración: estrés extremo, desplazamiento forzado, muerte silenciosa. 

Todo para satisfacer un impulso primitivo disfrazado de tradición.

Y hay más. Hay una crueldad menos visible pero igual de grave: niños pequeños que lloran sin entender por qué el mundo se ha vuelto tan ruidoso de pronto. Ancianos con afecciones cardíacas o neurológicas expuestos a picos de estrés que nadie les preguntó si podían soportar. Enfermos —especialmente quienes padecen trastornos del espectro autista, epilepsia, ansiedad crónica o están en recuperación— obligados a aguantar horas de violencia sonora.

Para ellos no hay fiesta. Solo miedo, dolor y descompensación.

«La libertad de uno termina donde empieza la del otro», decía Benito Juárez. Pero aquí nadie parece recordarlo. Alguien decidió que su diversión de diez minutos vale más que la tranquilidad y la salud de quienes están alrededor.

Y como si eso no bastara, cada temporada deja su cuota de horror y tragedia perfectamente evitable: niños quemados por explosiones mal manipuladas, manos mutiladas, rostros desfigurados, ojos perdidos; menores intoxicados por inhalar humo y gases, envenenados por residuos químicos, internados de urgencia mientras los adultos repiten, con cinismo, que «fue un accidente, pe». No, no fue un accidente: fue negligencia, fue irresponsabilidad, fue estupidez heredada y transmitida como costumbre.

La ironía es brutal, de esas que te pegan duro en el estómago: ese dinero que se revienta estúpidamente podría alimentar, educar, curar, reforestar, proteger vidas. Podría hacer tanto bien, crear tanto futuro. Pero no: se prefiere verlo explotar en el aire, convertirse en humo tóxico, creando miedo y cenizas. 

Y luego, como siempre, fingir que aquí no pasó nada. Barrer los restos, mirar hacia otro lado, y empezar a ahorrar para el próximo año. Porque la tradición, dicen, es sagrada.

Aunque mate.

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