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El Perú ya no cambia presidentes: los recicla. En menos de diez años, el país ha probado a Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte y José Jeri. Ocho rostros distintos, un mismo sillón roto. Y lo peor no es la lista: es que ya ni indigna. Anestesia, nomás.
La excepción se volvió método. El método, costumbre. Y la costumbre, esa cosa blanda y peligrosa, se volvió resignación.
La censura y vacancia de José Jerí fue puro cálculo político. Nada de criterios morales, éticos, legales o penales. Lo terrible no es que la política peruana sea un asco —eso ya lo sabemos—. Entre sus censores, nadie estaba verdaderamente indignado: era actuación pura, teatro con credencial parlamentaria. Lo terrible, lo que debería quitarnos el sueño, es que lo sabemos, lo decimos… y mañana volveremos a sorprendernos con la siguiente decepción. Alguien debería sentarse a calcular cuánto nos cuesta esta payasada. Seguramente, demasiado.
Como decía Tocqueville: «La tiranía más perfecta es la que se ejerce bajo el disfraz de la ley.» Aquí la disfrazan de democracia parlamentaria, con reglamento en mano y bancada alineada. Con corbata y todo.
Ahora el Congreso ensaya otra elección interna, como si el país fuera una línea de montaje de mandatarios temporales. Se reunen en restaurantes, se negocian ministerios, instituciones, indultos, se alinean bancadas, se intercambian respaldos como si fueran figuritas de álbum. No es una disputa de visiones de país. Es una competencia de sumas y restas.
Pero lo verdaderamente revelador no es el nombre que salga del ánfora, sino la arquitectura moral que lo sostiene. Este Congreso no solo interpreta la ley: la edita, la dobla, la cose a su medida. La «No Reelección», presentada como antídoto contra el enquistamiento, fue desmontada con disciplina corporativa. Y como la ambición necesita espacio, se restauró el Senado: más escaños, más itinerarios, más oportunidades de seguir pegaditos a la teta del Estado.
Se invoca la estabilidad mientras se rediseña el reglamento para sobrevivir. Se habla de institucionalidad mientras se optimiza la permanencia. No es torpeza: es cálculo. No es error: es un sistema. El ciudadano de a pie observa cómo se fabrican normas a la medida de quienes las votan, con la pulcritud técnica suficiente para que la forma oculte el fondo.
¿Quién será presidente hoy? El que logre más adhesiones transitorias. ¿Qué cambiará mañana? Poco, mientras la regla principal siga siendo la autopreservación.
¿Quiénes son los aspirantes, pues? Conozcámoslos. No por entusiasmo, sino porque uno debe saber qué peces nadan en el estanque.
María del Carmen Alva
Tiene el respaldo de López Aliaga —que lo dijo públicamente hace semanas, sin rodeos—, y también de las bancadas de Acuña, APP y la de José Williams. Ya presidió el Congreso. Conoce el reglamento como quien conoce los pasadizos de su propia casa: de memoria, con los ojos cerrados.
Su gestión anterior estuvo marcada por una confrontación abierta con el Ejecutivo de turno y por un estilo directo, áspero, poco inclinado a la conciliación. Sabe negociar y sabe presionar. Su eventual retorno no sería improvisación: sería la consolidación de un bloque parlamentario que concibe el poder como fortaleza que debe resguardarse.
Sus principales opositores son los de Podemos. Los de Telesup no le perdonan que, cuando ella fue presidenta del Congreso, los dejó de lado como si fueran muebles viejos. Por eso, José Luna tuiteó sin anestesia que ellos no apoyarán a una representante de «la ultraderecha terruqueadora, racista y defensora de los bancos». Bonita forma de disentir.
José María Balcázar
Parlamentario de Perú Libre, médico de profesión, símbolo de un proyecto que perdió el Ejecutivo, pero no la voluntad de influencia. Es recordado, entre otras cosas, por declaraciones polémicas sobre matrimonio infantil y las relaciones sexuales con menores de edad, que lo aislaron incluso más allá de la polarización habitual. No construye mayorías; preserva identidad. Su candidatura funciona más como ficha de negociación que como horizonte real de gobierno. Un candidato de principio y de fin de partida, pero no de mitad.
Héctor Acuña
Ingeniero, académico, hermano de César Acuña, aunque con distancias políticas intermitentes —como quien se sienta lejos en la mesa familiar pero igual come del mismo chancho—. Su trayectoria ha transitado por varias bancadas, lo que le otorga experiencia en la aritmética parlamentaria y le resta coherencia doctrinaria. Es pragmático, dialogante cuando conviene, adaptable cuando se requiere. Parece no adolecer de las limitaciones dialécticas de su hermano César, que lo hace tan risible. En un Congreso donde la fidelidad ideológica es un lujo escaso, su perfil no desentona.
Edgar Raymundo
Arquitecto, proveniente de la izquierda que orbitó en tiempos del nacionalismo. No carga escándalos recientes ni discursos incendiarios. Su capital es la discreción; su límite, la falta de estructura sólida para imponerse. Representa una izquierda técnica, de planos y cálculos, pero sin músculo suficiente para mover el tablero a su favor.
Un país no se degrada por la rotación de nombres, sino por la consolidación de incentivos perversos. Es como un edificio con las columnas podridas: puedes pintar la fachada cada año, anunciar reformas con conferencia de prensa y todo, pero el problema está adentro. Siempre estuvo adentro.
Cuando la ley se convierte en espejo del interés y no en límite del poder, la democracia conserva el ritual y pierde el sentido. Se vuelve una misa sin fe: los gestos, todos correctos; el alma, ausente.
El Perú no enfrenta solo una crisis de liderazgo. Enfrenta una crisis de propósito. Y ningún Senado nuevo, ninguna reelección restaurada, podrá suplir la ausencia de una virtud antigua que resumía Simón Bolívar con elegancia brutal: «El arte de vencer se aprende en las derrotas.» Aquí, en cambio, aprendieron el arte de quedarse —y lo practican con una dedicación que sería admirable si no fuera tan triste.
Porque gobernar, en el fondo, no es quedarse. Es servir. Y retirarse sin dejar la puerta hecha a la medida de uno mismo.
