Hay personas que, sin proponérselo, van dejando huella. No porque sean famosas ni porque busquen llamar la atención, sino porque su carisma y su simpatía lo hacen por ellas mismas.
Todos conocemos a alguien así.
Son personas que aparecen justo cuando las necesitas. No hacen escándalo, pero tampoco faltan nunca. Crecieron entre nosotros, casi sin que nos diéramos cuenta, y un día, sin previo aviso, ya son hombres.
En mi familia, ese alguien se llama Carlitos, el hijo mayor de mi hermana María Isabel.
Lo conozco desde antes de que él pudiera conocerme a mí. Lo cargué en brazos pocas horas después de nacer y estuve allí cuando el agua bendita rozó su frente. Lo vi crecer con la mirada tímida de esos ojos tan grandes y hermosos que mi madre decía que parecía un Volkswagen. Los ojos siguen ahí, y el resto de la carrocería también: algo chancadita y con algunos kilómetros encima, pero operativa y en perfecto estado.
Su mamá, mi querida hermana Mary, le puso mi nombre. Un honor que nunca pedí y que nunca voy a terminar de agradecer. Su tía Alicia lo llamó «Pikoko», un apodo que no sirve para ningún trámite oficial, pero que quedó grabado para siempre en la historia de nuestra familia.
A Carlitos y a su hermano Paul André les enseñé sus primeros rudimentos de computación cuando tenían alrededor de diez años. Poco después, ellos me enseñaban a mí. Así pasa con los chicos listos: superan al maestro con facilidad y prontitud.
Años más tarde, Carlitos vino a trabajar conmigo. Yo estaba feliz, convencido de que podría enseñarle muchas cosas. Me equivoqué de cabo a rabo.
Algo le enseñé, sí. Pero él me enseñó mucho más.
Me enseñó que la empatía no se finge, que la simpatía no se ensaya y que hay cosas que ninguna escuela dicta porque vienen de otro lado: de ese lugar donde viven las cosas que realmente importan.
De aquella época le quedó un apodo: «el pequeño saltamontes». No porque fuera pequeño, sino porque estaba aprendiendo a saltar sin miedo y, sobre todo, a caer de pie.
Hoy es un hombre hecho y derecho. Profesional, empresario, querido y respetado.
Carlitos siempre fue brillante, noble y generoso. Pero también inquieto, de esos que nunca terminan de encontrar dónde apoyar los pies. Hasta que le faltó algo. O, mejor dicho, hasta que encontró algo que quizá necesitaba sin saberlo.
Encontró a María Luisa.
Porque hay cosas que no se explican con discursos. Se explican con hechos. Y uno de los hechos más sinceros en la vida de cualquier persona es la pareja que elige. Allí, sin adornos, se ve quién es, qué valora y quién quiere llegar a ser. Antoine de Saint-Exupéry lo dijo mejor que nadie: «Amar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección».
Con Malú llegó la serenidad. No esa serenidad que te aplana o te vuelve conformista, sino la que te ayuda a estar mejor contigo mismo. La que te hace más tú.
El amor cotidiano no es el de las películas. Es el café de la mañana, el abrazo sin motivo, el perdón a tiempo. Es elegirse todos los días, sobre todo en los días grises, cuando nadie está mirando. Eso es lo que uno desea para una pareja de verdad. No una vida perfecta, sino la valentía de construir una.
Por eso viajamos a Arequipa con mi madre y mis hermanos, exclusivamente para acompañar a Carlitos en estos hermosos y trascendentales momentos. Mi madre lo llevó al altar. Mi hermano Julio y su esposa Shanery fueron los padrinos.
El reencuentro con la familia siempre tiene algo de mágico. Fue hermoso volver a compartir, reír y abrazarnos con Carlitos, André, Jaimito y Pedrito, junto a sus bellísimas y simpáticas parejas, y tener la alegría de conocer y recibir con cariño a la nueva familia.
Mikela e Isabela, las más pequeñas de la familia, hijas de André y Alejandra, llevaron los aros y las arras con una seriedad encantadora que duró exactamente lo que dura la seriedad en una niña. Después de cumplir su misión con honor, retozaron por todo el salón como si la boda fuera un parque construido especialmente para ellas. Y en cierta forma, lo era.
Y en la boda, en las ceremonias y en medio de la música y los abrazos, muchos sentimos algo que solo quienes amamos sabemos reconocer: esos momentos de silencio, de paz, que llenan el pecho de algo que no es tristeza, aunque se le parece.
Porque en una celebración así, los que ya no están también están.
Y estaban allí.
Estoy convencido de que mis queridas hermanas Mary e Ingrid, mi padre Julio, la abuelita Mélida, el tío de Malú y todos nuestros seres queridos qué ya están en otra dimensión, estaban allí ese día. Sonrientes, complacidos, mirando esta unión tan linda con esa paz que solo tienen quienes ya no necesitan palabras para decir que están orgullosos. En cada familia hay ausentes que no se van del todo. Permanecen en los gestos, en los nombres que se heredan, en los ojos de quienes siguen.
A ellos también va esta historia.
Cuento esta historia en Peruanísima porque vale la pena contarla. No porque sea extraordinaria, sino precisamente porque no lo es. Porque en cada familia hay un Carlitos: alguien que creció entre apodos y mañas, que aprendió a tropezar y a levantarse, y que un día apareció convertido en hombre sin que nadie se diera cuenta exactamente cuándo. Alguien que eligió bien, que ama en silencio y que construye su vida con la misma paciencia con que se construyen las cosas que duran.
Los hombres llegamos a este mundo sin manual de instrucciones. Nadie nos enseña qué hacer cuando la vida se pone difícil, cuando perdemos a alguien o cuando perdemos el rumbo. Pero, de vez en cuando, si tenemos suerte, alguien nos enseña lo que no viene escrito en ningún lado.
A veces ese alguien es un maestro. Un padre. Un amigo.
Y a veces es el sobrino y ahijado que aprendió a caer de pie.
En momentos como estos dan muchas ganas de agradecer.
Agradecer a Dios. Agradecer a sus padres y a sus abuelos, que criaron y formaron a estas dos personas maravillosas.
Y agradecerte a ti, Carlitos, por ser el ahijado que me hizo mejor persona. No sé si fui un buen padrino. Pero sí sé que eres un gran sobrino, un gran ahijado y, sobre todo, un gran hombre.
Y a ti, Malú, gracias por haberte empeñado en hacer feliz a alguien que amo. Por eso, ya te quiero mucho, Malú. Así de simple.
Ruego a Dios por ustedes. Por la casa que van a construir. Por los días buenos y también por los difíciles que vendrán, porque también pasarán. Y, por supuesto, por muchos «pikokitos».
Que sean muy felices, Carlitos y Malú. Y que nunca dejen de mirarse como se miraron aquel día.
Carlos Antonio Casas Suárez, escritor y empresario dedicado a la difusión cultural y las tecnologías de la información. Tiene una carrera destacada gerenciando varias empresas a nivel nacional. Es un ávido lector y de esa afición, nació la idea de compilar las lecturas que usted lee hoy en esta revista.