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Hay hombres que nacen con una fisura invisible en el pecho. No es un defecto. Es, más bien, una ventana. Por ella entra todo: el frío ajeno, el dolor de los otros, el llanto sin palabras de las criaturas que no saben pedir socorro con el idioma de los hombres. Patrick Hiroshi Ospina Orihuela tenía esa fisura. La llevaba con él a todas partes, debajo del uniforme, debajo del casco de bombero, debajo de esa calma entrenada que les enseñan a los que eligen vivir al borde de lo imposible.
Tenía treinta y tres años. Era de Huancayo, donde el aire es delgado y las montañas no piden permiso para ser grandes. Su nombre era un poema en tres idiomas: Patrick, de algún santo irlandés que tampoco pudo quedarse quieto ante la injusticia; Hiroshi, que en japonés suena a algo generoso y luminoso; Ospina Orihuela, que es simplemente el Perú, con toda su mezcla gloriosa y su corazón demasiado grande para su geografía. Era policía. Era bombero voluntario. Era, según su madre —que es quien mejor conoce estas cosas—, un hombre que amaba a los animales de una manera que no se aprende en ningún curso ni se certifica en ningún papel.
Y de cursos sabía bastante. Operaciones de rescate, emergencias, seguridad bancaria. Conocía los nudos, las corrientes, los protocolos. Sabía exactamente cuándo el río es amigo y cuándo es otra cosa. El viernes 20 de febrero de 2026, por la mañana, el río Rímac no era amigo de nadie.
Pero había un perro.
Varado en un islote que los vecinos llaman «El Hablador» —nombre que ese día resultó profético—, el animal miraba desde el agua turbia con esa expresión que solo tienen los perros y los niños cuando no entienden cómo llegaron hasta donde están. Las lluvias recientes habían hinchado el río hasta volverlo fiera. La corriente bramaba bajo el puente Rayito del Sol como si hubiera tenido noticias urgentes que entregar al mar.
Patrick se puso la línea de vida —una cuerda de seguridad atada al cuerpo que, en teoría, permite a los rescatistas adentrarse en corrientes peligrosas sin ser arrastrados, porque alguien en la orilla sostiene el otro extremo—.
Hay un momento —y quienes lo han vivido lo reconocen de inmediato— en que el cuerpo ya sabe lo que va a hacer antes de que la cabeza termine de consultarlo. Es el momento en que el entrenamiento y el alma firman juntos un documento sin palabras. Patrick se lanzó a la tarea, y colgando de la línea de vida, fue descendiendo hasta alcanzar el río. Llegó al islote. Allí estaba el perro: un mestizo negro de mediano tamaño, parado sobre una llanta, quizás porque era el lugar más seco. El animalito lo miraba con sus ojos de criatura desamparada, con ese miedo que no distingue entre el peligro y el rescate. Sabe Dios cuántos maltratos habría sufrido antes, razón por la que desconfiaba de los seres humanos.
Patrick, con valentía insólita y quizás temeridad excesiva, decidió soltarse de la línea de vida para tener más libertad de movimiento e ir por el perro, ya que este, antes que acercarse, intentaba huir.
Y entonces el perrito saltó al agua.
Porque los perros también tienen su lógica. Una lógica que no es nuestra, pero que tampoco está equivocada del todo. El animal saltó, y Patrick fue tras él. Con gran pericia y rapidez lo rodeó y metiéndose en la corriente le cerró el paso y logró atraparlo, pero el asustado can, por instinto, luchó por liberarse, sin entender que buscaban rescatarlo, y parece que hasta dio alguna dentellada al valiente rescatista. Lo cierto es que escapó. Pese a ello, Patrick no desistió, y siguió intentando rescatarlo; sin medir los riesgos, se internó más en la corriente, y el río —que había estado esperando con la paciencia infinita de las cosas poderosas— se lo llevó.
Los testigos lo vieron pedir ayuda cerca del puente Dulanto. Solo eso. Después, nada. Solo el río, que siguió corriendo como si no hubiera pasado nada, como hacen los ríos y como hacen, a veces con vergüenza ajena, los tiempos.
Treinta horas buscaron. Drones, helicópteros, buzos, hombres con linternas en la madrugada del sábado, cuando el frío del Rímac baja desde los Andes y se mete en los huesos de los vivos como para recordarles, con crueldad innecesaria, que también ellos son prestados. Sus compañeros policías y bomberos, que lo conocían y lo querían, buscaban con esa desesperación silenciosa y disciplinada que tienen los hombres entrenados para no derrumbarse, aunque por dentro todo se les esté cayendo a pedazos. Su madre esperaba en algún lugar de esa noche interminable, con esa fe que solo saben tener las madres, que es una fe distinta a todas las demás porque no pide pruebas. Buscaron río abajo, hasta donde el Rímac se cansa de ser río y se entrega al mar, cerca de la Base Naval del Callao. Ahí encontraron su cuerpo, en una playa. Quieto ya, con esa serenidad extraña que deja el agua cuando termina de pelear. Pero su alma no estaba ahí —eso era evidente para cualquiera que hubiera conocido a Patrick, o que simplemente supiera reconocer cuándo un cuerpo ya es solo una cáscara—. Su alma había partido antes, ligera, perfumada por el amor y por los millones de oraciones que su gesto encendió en el corazón de hombres de bien, no solo del Perú, sino del mundo entero. Y uno quiere creer —y tal vez no sea tan difícil creerlo— que ahí está Patrick ahora, en ese lugar que el buen Dios reserva para los valientes y los generosos, rodeado de perros que saltan y mueven la cola, sin miedo ya, sin corrientes, sin frío. Felices todos. Por fin.
El Perú le dio un ascenso póstumo por «acción distinguida». Es lo que pueden dar los Estados: papeles con sellos, rangos que ya no sirven para nada práctico pero que dicen, a su manera burocrática y torpe, que alguien vio lo que hizo este hombre y no pudo mirar para otro lado.
Su madre ya sabía que iba a pasar algo así. No ese día, no ese río. Pero algo así. Porque los hijos con la fisura en el pecho no saben vivir de otra manera.
¿Vale la pena morir por un perro?, cuestionan muchos.
La pregunta suena escandalosa. Y sin embargo, ahí está, flotando sobre el Rímac como una pregunta que el río no responde pero que tampoco devuelve.
Hay una manera cómoda de responder que no. Que la vida humana vale más. Que los protocolos existen por algo. Que Patrick debió esperar refuerzos, evaluar mejor la corriente, calcular el riesgo con la cabeza fría que le enseñaron en los cursos. Todo eso es verdad. Y todo eso es, también, una verdad que solo funciona antes de que el perro esté en el agua.
Pero hay otra respuesta. Más incómoda. Más verdadera, quizás.
Cada vez que un ser humano arriesga su vida por una criatura que no puede agradecerlo con palabras, que no puede votar por él, que no puede escribir su nombre en ningún libro de historia, está haciendo algo que va mucho más allá del instinto de supervivencia. Está eligiendo. Está diciendo, con el cuerpo entero, que la compasión no tiene jerarquías de especie. Que el sufrimiento de un ser vivo —cualquier ser vivo— merece una respuesta. Que el mundo en que vivimos vale exactamente lo que estamos dispuestos a pagar por el más débil que hay en él.
Patrick Hiroshi Ospina Orihuela entró al río Rímac porque vio a alguien que necesitaba ayuda. Que ese alguien tuviera cuatro patas y no supiera su nombre no cambió nada. Eso no es imprudencia. Eso no es irracionalidad. Eso es, en el sentido más antiguo y más limpio de la palabra, virtud.
Los griegos habrían entendido.
Los perros, que son más sabios de lo que parecen, también.
Y su madre, que lo conocía mejor que nadie, ya lo sabía desde antes. Porque los hijos que aman así a los animales no llegaron a este mundo a vivir a medias.
Llegaron a vivirlo todo. Hasta el final. Hasta el río.
Descansa, Patrick. En algún lugar donde el agua es mansa y hay un perro que te espera y que, a su manera, ya sabe lo que hiciste por él. Eres un orgullo inmenso para los buenos peruanos y has restablecido en nosotros la fe en la raza humana. Nuestras oraciones más fervientes por ti.
