¿Por qué escribimos los escritores?
A mi amigo, el ilustre poeta Hermógenes Rojas Sullca
Hay instantes fugaces que llegan como el roce de una mariposa, en que la vida se detiene: el sol se cuela por la ventana cuando no es el rumor de la lluvia el que nos acompaña, una risa resuena en la calle, el café humea en la taza. Es perfecto, sí, pero no basta. Algo vibra en el pecho, un cosquilleo inquieto, un susurro que dice: «Atrápame antes de que me vaya» . Y entonces, el escritor —ese ser extraño, mitad mago, mitad niño— toma su pluma o su teclado, en un papel o en una pantalla, o en el dorso de una servilleta, comienzan a fluir las palabras.
Hoy reflexioné, a raíz de la llamada madrugadora de un amigo emocionado y festejador, escritor impenitente y antiguo docente, qué halagaba mis humildes escritos, cuando él tiene cien por cada uno que yo publico.
«Un escritor escribe porque la vida no le basta», le decía haciendo eco de una verdad antigua. Uno escribe porque la vida, con toda su belleza y su caos, no le alcanza. Y tú , que haz garabateado versos en el anverso de facturas y yo que dictó a mi celular inteligente, seguramente sonreimos al recordarlo.
No es que la vida sea mezquina, no. Es generosa a su manera: nos regala amaneceres de acuarela, las caricias de una madre, amores que laten eterna y silenciosamente, y los bellos momentos que nos permiten acurrucarnos con un libro. Pero es breve, endemoniadamente breve, y como escritores, tomamos conciencia de eso. Cada tic-tac del reloj es un desafío, un «corre, que se escapa» . Y las palabras, benditas sean, son nuestra trampa para cazar el tiempo, para estirarlo como un chicle hasta que el instante se vuelva eterno.
¿Has sentido alguna vez un ardor que no explica el médico? —le preguntaba—. No es fiebre, no es indigestión —aunque ese uchucutita qué comiste en la noche tenga algo que decir—. Es un fuego en el alma, una fogata que crepita y pide salir. El escritor lo conoce bien. Es ese calor que nos despierta en la madrugada, cuando el mundo duerme y las estrellas parpadean como testigos mudos. La gata me mira desde el pie de la cama, extrañada, con sus grandes pupilas que se van enpequeñeciendo al contacto con la luz. Quizá ella también esta escuchando ese susurro que dice «escribe». “Escribe”, insiste el baile de las cortinas con la ligera brisa, y también lo dice el crujido del piso. Y a nosotros, con los ojos legañosos y el pelo enredado como nido de pájaros, no nos queda más que obedecer.
Porque si no lo hacemos, ¡Ay mamita!, ese fuego nos consume. El silencio pesa como una chompa mojada, y solo al volcarlo en frases —torpes al principio, luego aladas— encuentra alivio.
Es un exorcismo privado, una confesión sin cura ni juez. A veces sale un poema roto, a veces una historia absurda o un artículo sin pies ni cabeza. No importa. Lo que importa es que la tinta apaga las llamas, o al menos las domestica, y el escritor respira de nuevo, ligero como una hoja en el aire.
Recuerdo una vez, en un café de Lima, donde entré escapando de una llovizna pertinaz, mientras devoraba una butifarra, vi a un hombre garabatear furiosamente en un cuaderno. La enclenque mesita temblaba con su ímpetu, el café se enfriaba intacto y en el cenicero un intacto cigarrillo convertido en ceniza, dejaba de humear. —¿Que escribe? — le preguntó la moza, con esa curiosidad impertinente que da la juventud. La miró, con ojos de quien ha visto fantasmas, y dijo: «Si no lo saco, me quema». No supe si era un genio o un loco, pero entendí, esa dolencia que hoy también me afecta. Escribir es un incendio controlado, una forma de no arder entero.
Hay días en que la vida se siente como un coche a toda velocidad: pasa rugiendo, y apenas alcanzas a ver los rostros en las ventanillas. El escritor, sin embargo, tiene un superpoder: puede bajar del auto, sentarse en la vereda, o en el techo del auto, y observar. No con los ojos, sino con las palabras. Toma un momento —el temblor de una mano al despedirse, el brillo de una lágrima que no cae— y lo estira, lo borda con hilos de tinta hasta que deja de ser un segundo y se vuelve un universo.
Es como si dijera: «No te vayas tan rápido, déjame saborearte». Una risa infantil en el parque se convierte en un cuento de duendes traviesos. Un atardecer naranja sobre los cerros cercanos se transforma en un soneto que huele a duraznos. Hasta el dolor, ese invitado incómodo, encuentra su lugar: en el papel cicatriza mejor, se vuelve menos punzante, más poema.
Me río al pensar, que una vez escribí un relato entero sobre el olor que emanaba de la pequeña cocina, donde mi tía Margarita estaba friendo cebollas. —Era tan real que tuve que parar a comer—, me digo, entre carcajadas. Y es que escribir es eso: un acto de glotonería vital. La vida nos da un bocado, y nosotros lo masticamos despacio, lo condimentamos con imaginación, y lo servimos en bandeja de letras para que no se pierda.
Pero no todo es nostalgia o catarsis. Hay una chispa juguetona en el escritor, un brillo de pirata que dice: «¿Y si…?». Porque el mundo, con sus continentes y sus mares, es demasiado vasto para una sola vida. ¿Quién no ha querido ser astronauta, espía, bombero o ginecologo, o al menos el dueño de un bar en una isla perdida? El escritor no se conforma con soñar: lo hace realidad, aunque sea en el papel.
Con unas líneas, cruza océanos, enamora princesas, pelea dragones. O, más cerca, inventa —o quizá recuerda— vecinos excéntricos que bailan carnavales a medianoche. La imaginación es su pasaporte, y no hay aduana que lo detenga. «Escribe porque el mundo es demasiado vasto para vivir solo una vida», dice la musa, y el escritor asiente, con la pluma como brújula y el papel como mapa.
Yo, confieso, he sido un detective en una Lima de niebla perpetua, resolviendo crímenes que nunca ocurrieron. También cacique de una Arequipa de impoluto cielo azul, o un anciano que teje profecías en un pueblo olvidado. Todo sin moverme de mi silla desvencijada, con la gata ronroneando a mis pies. ¿No es eso un milagro? La vida nos da un cuerpo, un camino, pero la escritura nos regala mil disfraces, mil aventuras. Y entre risas, nos susurra: “Tú puedes ser todo”.
Y luego está el lado tierno, el que no presume pero cala hondo. El escritor sabe que las heridas duelen menos cuando las nombra. Un amor perdido, una traición, un adiós bajó el balcón: en la calle son cuchillos, pero en la página se vuelven aquarelas. No desaparecen, no. Se transforman. Cicatrizan en forma de prosa fluida o en versos que alguien, algún día, leerá y dirá: «Yo también sentí eso».
«Las heridas cicatrizan mejor en el papel», proclama el alma literaria, y es verdad. Escribir es coser el corazón con hilo de palabras, zurcir los rotos con paciencia de artesano. Y el amor, ay, el amor. En la vida real se desgasta: las peleas por el control remoto del televisor, las cuentas que no cuadran o la comida que se quemó. Pero en las letras se vuelve eterno. Un «te amo» garabateado en una novela no envejece, no se arruga. Es un fósil de ámbar, atrapado en su brillo para siempre.
Y quisiera decir muchas cosas más pero lo dejo aquí, siguiendo los sabios consejos de Toño y Mario, grandes amigos míos, que me recordaron que en la brevedad radica la grandeza.
Así que escribe, dibuja, canta, vive. Hazlo con torpeza, con ganas, con risa. Porque al final, lo que queda no es el tiempo que se fue, sino el amor que dejamos en las líneas, en las grietas, en el aire. Y eso, amigos míos, es más que suficiente.