HABLANDO DE PERROS Y CANDIDATOS

En nuestra ciudad, como en muchas otras del Perú, sino todas, muchos perros viven en las calles.

Cada vez son más, nadie sabe de dónde vienen, pero todos saben que están ahí. No protestan, no votan, no piden nada. Deambulan buscando agua y comida, esquivando autos y vecinos malhumorados, duermen donde pueden y dejan, sin querer, la prueba diaria y olorosa de que algo no estamos haciendo bien. Son, podría decirse, los únicos habitantes de la ciudad que jamás han prometido mejorarla.

Esta proliferación de perros callejeros en Perú ha alcanzado proporciones alarmantes, son un estimado de 6 millones de caninos sin hogar en todo el país, segun el Ministerio de Salud, y apostaría a que se quedan cortos. ¿Se imaginan, que pasaria si una epidemia de rabia o alguna otra enfermedad canina los azotara?

Porque, seamos honestos, ningún perro nace callejero. A muchos de estos, alguien lo tuvo en brazos en algún momento, le puso nombre —probablemente Fido, Peluchín, Firulais o algún apelativo de origen futbolístico— y le prometió cariño eterno. Luego creció, comió más de lo presupuestado, empezó a hacer bulla a horas poco cristianas y se convirtió en un estorbo. Entonces apareció la solución rápida, barata e irresponsable: la calle. Ancha, pública y siempre dispuesta a recibir lo que ya no queremos en casa. Una especie de vertedero donde depositamos, junto con los perros, nuestra capacidad de cumplir promesas.

La ley existe, por si alguien lo había olvidado. Se llama Ley N.º 27596, y aunque no es perfecta y puede ser muy mejorada, está vigente desde hace más de veinte años.

Esta, dice con bastante claridad, que los animales no deben ser maltratados ni abandonados. Dice también que las municipalidades tienen responsabilidades concretas en su protección y control. El problema no es que la ley sea confusa, sino que parece escrita con tinta invisible para muchas autoridades. O quizá con tinta demasiado visible, de esa que asusta porque obliga a hacer cosas.

Hay tanto por corregir.

Como que algunos vecinos, usualmente comerciantes que se sienten dueños de la vía pública, descubrieron una curiosa modalidad de crianza: tener perros «en la calle». No son de nadie, pero todos les dan órdenes. No entran a ninguna casa, pero «cuidan la cuadra» con la misma eficacia que un guardia sin uniforme, sin sueldo y sin aguinaldo. No tienen plato fijo, pero se reproducen con admirable eficiencia biológica. 

En las puertas de las comisarias sucede lo mismo, seducidos por la comida que comparten los efectivos, viven en las veredas cercanas.

Así, sin mala intención —esa excusa que lo perdona todo— y con cero responsabilidad, la vía pública se convierte en criadero, comedor, dormitorio, baño y cementerio. Una especie de república canina gobernada por la ley del más fuerte y la indiferencia del más cómodo.

Algunos solo están abandonados, otros son vilmente maltratados. El perro amarrado todo el día, como reo sin sentencia. El golpeado «para que aprenda», como si la pedagogía del miedo hubiera dado alguna vez buenos resultados. El que está encerrado en la terraza haciendo escándalo en el barrio, protestando en la única lengua que conoce contra el absurdo de su condena. El famelico que aprendió a desconfiar de todos y mira el mundo con espanto, preguntándose qué hizo mal en una vida que apenas comenzó.

Y luego están los otros, los que sí tienen dueño y casa, pero salen a pasear sin correa, como señores feudales reconquistando territorios. Y peor aún, perros peligrosos y agresivos que pasean a su antojo sin correa y sin bozal, y con esa libertad que solo otorga la irresponsabilidad de sus propietarios, poniendo en riesgo a los viandantes y a sus animales.

Marcan postes, llantas, puertas y todo lo que huela a vertical, mientras el dueño mira para otro lado practicando esa forma de ceguera selectiva tan popular en nuestros días. Cuando el animal decide hacer sus necesidades —en medio de la vereda, no en un rincón discreto—, el propietario sufre un ataque súbito de distracción: revisa el celular, contempla las nubes o descubre un interés repentino por la arquitectura. Ni siquiera lleva una bolsita de plástico en el bolsillo, algo que debería ser obligatorio para quién saca a pasear a su perro. Así, la ciudad se convierte en el baño público de mascotas cuyos dueños creen que pagar impuestos les da derecho a ensuciar lo que es de todos. Y después se quejan de que la ciudad está sucia, con esa indignación tan auténtica de quien nunca se mira en el espejo.

La Ley N.º 27596 también habla de esto, pero en la práctica muchos prefieren llamarlo «costumbre», esa palabra mágica que sirve para no cambiar nada. La costumbre, se sabe, es la pereza elevada a categoría filosófica.

En época electoral aparecen los candidatos, siempre atentos, siempre sonrientes, siempre con esa cara de quien acaba de descubrir la ciudad que llevan años prometiendo arreglar. De pronto, se vuelven amantes de los parques, de los niños, de las mascotas, de la limpieza y la vida sana. Prometen una ciudad ordenada, aunque no explican qué harán con los animales que hoy recorren ese orden prometido. Se toman fotos acariciando cachorros —nunca perros viejos, que dan mala imagen— hacen promesas generales envueltas en papel de colores y siguen de largo, como si el problema se resolviera solo o como si, en el fondo, no fuera realmente un problema. Después de todo, los perros no votan.

Hay que decirlo sin rodeos: la ciudad no está sucia por culpa de los perros, sino por culpa de los humanos irresponsables. Y no hay tantos animales abandonados porque falten leyes, sino porque sobra indiferencia. Esa indiferencia especialísima, criolla, que no es crueldad sino algo peor: desentendimiento elevado a arte.

Un candidato serio —especie rara pero no extinta— debería atreverse a decir cosas incómodas: que abandonar un perro no es una travesura, es una falta moral que dice mucho de quien la comete; que criar animales en la calle no es tradición, es negligencia disfrazada de folclore; que esterilizar cuesta menos que limpiar excretas todos los días y que, además, tiene la ventaja de resolver el problema en lugar de barrerlo; que es necesario educar a los vecinos, tarea difícil pero no imposible, y también lo es crear refugios caninos con buena planificación, no esos depósitos de miseria donde los animales esperan una muerte lenta.

Porque los albergues sin educación solo acumulan problemas, y las ordenanzas que no se fiscalizan sirven más para adornar archivos que para mejorar la ciudad. Son, en el fondo, otra forma de la mentira: la que promete soluciones sin molestar a nadie.

Los perros seguirán caminando por las calles mañana, gane quien gane. La diferencia estará en si seguirán haciéndolo solos, invisibles para todos menos para las llantas de los autos, o si, por fin, alguien decide aplicar la Ley N.º 27596 con sentido común, firmeza y un poco de humanidad. No hace falta ser santo para eso, basta con ser decente.

Al final, el asunto no es de perros. Es de personas.

Y de autoridades que deberían entender que gobernar no es mirar hacia otro lado —ese deporte nacional que practicamos con tanto entusiasmo—, sino hacerse cargo incluso de aquello que no habla, no reclama y no vota, pero está ahí todos los días, recordándonos con su presencia muda que una ciudad se mide también por cómo trata a quienes no pueden defenderse.

Estas son, apenas, algunas sugerencias que bien harían en tener en cuenta quienes hoy aspiran al sillón municipal. Porque la ciudad que prometen empieza, también, en cómo resuelven lo que durante años nadie quiso resolver. Y porque gobernar, a fin de cuentas, no es solo pavimentar calles y cortar cintas, sino tener el coraje de mirar de frente lo que todos prefieren ignorar.

Los perros lo saben. Y esperan, sin esperanza, que algún día los humanos lo aprendan.

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