IGLESIAS VIRREINALES DE APURÍMAC

“De España nos llegó Cristo,  pero también el patrón”, César Calvo.

Cuando los castellanos —que luego se llamarían españoles— pisaron estas tierras, no vinieron solo a saquear y llevar oro o matar indios. Vinieron a quedarse. Con el dolor inmenso que toda conquista arrastra, trajeron también la semilla de ciudades, universidades —San Marcos, la más antigua de América—, y templos que aún respiran siglos después. En ese encuentro violento y fecundo nació el Virreinato del Perú. Y en ese crisol se forjaron las iglesias que hoy contemplamos.

Uno de los capítulos más conmovedores de la evangelización andina es el protagonismo silencioso y decisivo de miles de aborígenes, mestizos y criollos olvidados por la historia oficial. Con sus manos callosas, siguiendo las indicaciones de frailes llegados de lejos, levantaron estas casas de Dios. Piedra sobre piedra, durante generaciones, erigieron edificios que hoy superan los cuatrocientos años. No fueron meros peones: fueron artesanos del alma colectiva, testigos de fe y de resistencia creativa.

Estas iglesias virreinales no son solo espacios de oración. Son monumentos vivos del mestizaje, puentes entre dos mundos que se miraron con asombro y con herida. Fusionan la técnica gótica y renacentista europea con la cosmovisión andina, los materiales locales —piedra volcánica, adobe, yeso—, y la sensibilidad indígena. De allí nace el barroco mestizo, ese estilo único, cálido y sobrecogedor que hace temblar el corazón.

Muchas de ellas fueron orientadas con sabiduría ancestral y astronómica: los rayos de sol que entran por las ventanas de la cúpula marcan equinoccios, solsticios o fiestas patronales, recordándonos que aquí la fe dialogó con el cielo y con la tierra. Ejemplos conmovedores perviven: el Santuario de Nuestra Señora de Cocharcas, cercano a los quinientos años, joya barroca levantada por devoción andina; la iglesia de San Lucas de Colán (1536), la más antigua de Sudamérica; o la Capilla de la Merced en otros territorios cercanos. En Apurímac, el Santuario de Cocharcas destaca especialmente: iniciado por indígenas devotos de la Virgen de Copacabana —el indio Quimichi y sus compañeros—, quienes esculpieron sus primeras imágenes, propagaron su culto y promovieron la construcción de este santuario que aún late como corazón espiritual de la región.

En cada plaza mayor de los pueblos apurimeños, la iglesia se alza como el edificio principal, con sus campanarios altos que llaman a misa y a comunidad. Durante casi cinco siglos, estas construcciones conocieron esplendores y también olvidos, auge y deterioro. Nacieron en una tierra rica en minerales y en cosechas, y resistieron terremotos, lluvias, abandono. Hoy siguen en pie, desafiando al tiempo con dignidad callada.

La Iglesia católica, junto a las comunidades, ha trabajado en su cuidado. Sin embargo, el patrimonio —virreinal, inca, preinca, republicano— sigue sufriendo la misma indiferencia: las autoridades repiten que “no hay presupuesto” para cultura, para memoria, para belleza heredada. Y mientras tanto, estas joyas se resquebrajan en silencio.

Apurímac alberga una de las concentraciones más valiosas de templos virreinales del Perú. Merecen ser el corazón de rutas turísticas que entretejan arte, historia y la naturaleza andina imponente. Proyectos en provincias como Grau, Antabamba o Cotabambas ya sueñan con ello: convertir el legado en motor de desarrollo digno, en fuente de orgullo local y en compromiso de conservación.

Estas colosales edificaciones, erigidas con esfuerzo y sacrificio durante quinientos años, son mucho más que piedra. Son el testimonio de quiénes fuimos, de los encuentros dolorosos y creativos que nos dieron origen. Olvidarlas o dejarlas morir es negarnos a nosotros mismos, es borrar el mapa de nuestra identidad.

Hoy, cuando las contemplamos, sentimos una mezcla de gratitud y urgencia. Son herencia y deuda. Nos llaman a cuidarlas, a mostrarlas al mundo, a enseñar a las nuevas generaciones que la belleza también es resistencia.

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