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La amistad verdadera tiene algo de terquedad silenciosa. No depende de pensar igual, porque si dependiera de eso, no sería amistad sino espejo —y los espejos, seamos honestos, solo sirven para admirarse a uno mismo.
Hay amigos que discuten, discrepan, se irritan con una franqueza que asusta, y sin embargo permanecen cuando todo lo demás vacila. No porque uno venza al otro —la victoria en una amistad es siempre una derrota disfrazada—, sino porque ambos han comprendido, sin necesidad de decírselo, que hay cosas que no se negocian.
Querer a quien piensa como uno es sencillo. Sostener el afecto en la diferencia es otra cosa: es ya una forma de sabiduría.
Ahí la amistad deja de ser coincidencia y se vuelve decisión. Y elegir a alguien —aun sin compartirlo todo, precisamente porque no se lo comparte todo— es una de las formas más silenciosas y más serias de la lealtad.
Pienso en mi padre y en su gran amigo, el doctor Julio Sotelo Sierra. Se conocieron en los años de estudiantes, cuando el mundo aún cabía en una habitación compartida: mi padre formándose en ciencias económicas, él iniciando el largo camino de la medicina. Dos vocaciones distintas bajo el mismo techo, que es casi una metáfora del resto de sus vidas.
Con los años, el doctor Julio se convirtió en un médico notable. Se afincó en los Estados Unidos y desde allá mientras desarrollaba una gran carrera, fue articulando, con paciencia de sembrador, misiones que llevaron salud gratuita a miles de personas. Venían los profesionales desde lejos —no por interés, sino por vocación—, que es la única razón que no envejece.
Cada vez que regresaba a Abancay, lo primero que hacía era buscar a mi padre. En una ocasión, hallándolo en cama, el doctor Julio se recostó a su lado, y así, sin solemnidades ni protocolos, como si el tiempo fuese una convención prescindible, conversaron largas horas. Sostuvo entonces, que esa era la mejor manera de conversar. Y quizá tenía razón: la amistad auténtica no necesita formas solemnes. Solo necesita cercanía y un poco de honestidad sin pretensiones.
Hoy tuve el privilegio de acercarme a saludarlo, llegado él con sus bellas hijas Tania y Diana, y su primo, don Jaime Sierra. Me acerqué para fortalecer ese vínculo que no se ha roto —que solo ha cambiado de manos, como se pasan las cosas verdaderamente valiosas. Y me honra profundamente poder sostener, en alguna medida, lo que ellos cuidaron durante más de medio siglo con afecto, entrega y respeto: tres palabras que suenan simples y cuya práctica, sin embargo, vale toda una vida.
Porque en el fondo, de eso se trata también la convivencia: de pensar distinto y respetar igualmente. Si todos pensáramos igual, muy probablemente nadie estaría pensando. Es bueno escuchar otras voces, mirar desde otro ángulo, dejarse incomodar de vez en cuando por una idea que no es la propia —pero hacerlo con calma, sin imposición, sin esa arrogancia pequeña que consiste en creerse propietario de la verdad.
Ninguna diferencia —ni siquiera la política, que es de todas la más ruidosa y la más efímera— debería costarnos un amigo. Las opiniones son personales, no obligaciones. Se pueden expresar con serenidad, y si no coinciden, el mundo no se detiene. Al final, cada quien sigue su camino; pero los afectos verdaderos merecen quedarse, y es una torpeza dejarlos caer por discusiones que el tiempo terminará borrando sin dejar huella.
Habría que tenerlo presente, más presente que nunca en estos azarosos tiempos de elecciones, y los que debemos cuidarnos entre nosotros, respetarnos en la diferencia y recordar que, por encima de cualquier postura ideológica, lo que realmente vale la pena —lo que todavía valdrá cuando el ruido político se haya disipado— es no perder a quienes caminan a nuestro lado.
Parafraseando un viejo dicho, diria que «Los tiempos cambian; solo Dios y los buenos amigos permanecen iguales. Dios, por su infinita sabiduría y los amigos, por su infinita y obstinada lealtad.»
Que esa misma conciencia nos guíe también en las urnas.
Ver también: Un héroe de la salud
