LA CULTURA EN EL PERÚ: EL LUJO QUE NADIE QUIERE PAGAR

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Hay una escena que se repite en cualquier lugar del Perú donde alguien quiera organizar una actividad cultural o artística. Sea un recital, una presentación de libro, una muestra de danza o un concierto. Algunos creadores o actores culturales entusiastas redactan la invitación, imprimen el programa, gestionan el local casi siempre sin apoyo o con pocos, muy exiguos, pero hacen maravillas. Casi nunca participan las autoridades, y si lo hacen, llegan solo para saludar, sonreír para la foto y desaparecer antes de que termine el primer número.

No es descortesía. Es política cultural peruana en su forma más pura.

¿Qué es Cultura?

Cultura no es lo que se exhibe en los museos ni lo que aparece en los decretos supremos. Es la manera en que un pueblo se reconoce y se transmite a sí mismo a través del tiempo. La danza que aprendió de la abuela, el verso, la canción o el cuento que alguien escribió a las dos de la mañana porque no podía callar.

La tradición, el arte y la identidad no son adornos: son la columna vertebral de un pueblo. Dejarlos morir equivale a quedarse sin historia, lo que en la práctica equivale a quedarse sin futuro.

En el Perú, esa columna lleva décadas bajo tratamiento de desidia.

Pero cultura no es solo lo que nace de adentro. Es también integrarse en el mundo que nos rodea: valorar lo propio y al mismo tiempo apreciar lo ajeno, lo lejano, como la música clásica, la literatura, las tradiciones artísticas de otros pueblos. No para imitarlos, sino porque la apertura es también una forma de inteligencia. Somos parte del mundo y debemos relacionarnos con él brindando lo que tenemos y aprendiendo lo que nos falta.

La identidad fuerte no es la que se cierra, sino la que dialoga sin perderse.

Las autoridades locales y nacionales tratan la cultura como el pariente pobre al que no se invita a las reuniones familiares, o se lo invita solo para cumplir, y se espera que no moleste y se quede callado.

Los presupuestos destinados a actividades culturales son simbólicos en el peor sentido: existen para demostrar que la partida no se ha borrado del todo, no para financiar nada real. Y cuando existen, con frecuencia se desvían hacia otros fines que no tienen nada que ver con el concepto para el que fueron creados, perdiéndose varios trozos en sucios bolsillos que no merecen nombrarse.

Un recital poético, una exposición de pinturas, un concurso de cuentos: se organizan casi siempre a puro pulmón, con las uñas, el sudor y las lágrimas de los artistas, creadores o actores culturales, con la voluntad de los maestros, con el entusiasmo que dura hasta que se agota el bolsillo.

Abancay: un caso que duele

La capital de Apurímac ha crecido de manera notable, más por la pujanza de su gente que por la gestión de sus autoridades. Se produce con ingenio y se persevera con pasión. La ciudad se extiende, multiplica sus calles, sus edificios, sus comercios y sus profesionales. Su parque automotor ya no cabe en ella. Ha progresado, como se dice, en todos los aspectos menos en el cultural.

La oferta artística y literaria depende casi exclusivamente de la iniciativa privada de sus creadores, de algunas instituciones educativas que aún se toman el trabajo de organizar eventos, y de ese puñado terco de promotores que siguen creyendo que vale la pena.

La Dirección Desconcentrada de Cultura de Apurímac existe: tiene oficinas, funcionarios y presupuesto. Lo que parece no tener es una presencia real en la vida cultural cotidiana de la ciudad. Los eventos impulsados por la sociedad civil rara vez reciben su apoyo efectivo y, cuando la propia Dirección organiza actividades, suele hacerlo de espaldas a los verdaderos actores culturales. Sus representantes aparecen en la foto, sí, pero más como invitados que como anfitriones. Y la diferencia no es menor: el anfitrión prepara la casa, procura que todo funcione y permanece hasta el final; el invitado solo asiste, consume y se marcha.

Y el artista local, mientras tanto, aprende a no pedir, a subsistir solo. Sabe de antemano lo que va a escuchar: palabras bonitas, sonrisas amplias y, si tiene suerte, una promesa que se evapora antes de llegar a la puerta. El apoyo real, el concreto, el que se mide en recursos y presencia sostenida, brilla por su ausencia. La respuesta oficial tiene muchas variantes pero un solo significado: «no hay presupuesto». Siempre hay presupuesto para la inauguración, para el viaje de representación. Para la cultura, curiosamente, nunca alcanza.

Aunque eso sí: para las serenatas no falta nada. Para cada fiesta de aniversario, las autoridades despliegan una generosidad que desafía toda lógica presupuestal. Llegan grupos de moda traídos desde Lima, con sus equipos de sonido, sus luces, sus contratos y sus viáticos. Las autoridades pagan, aplauden y el pueblo baila. Los romanos habrían admirado la eficacia del método actual, basado en su viejo precepto de «pan y circo».

Nadie pregunta cuánto costó. Nadie pregunta tampoco qué queda al día siguiente, culturalmente hablando, porque la respuesta es nada. Esos artistas, respetables en lo suyo y con su público ganado, no vienen a construir identidad local ni a fortalecer el tejido cultural de la ciudad. Vienen a llenar una noche y sus bolsillos. Y se van.

Lo que sí permanece, aunque las autoridades no quieran verlo, es el consumo desmedido de alcohol que suele acompañar estos eventos. Los jóvenes, terminan bebiendo en cualquier rincón cercano al escenario, y con el alcohol llegan las discusiones, los insultos, las peleas y decisiones que al día siguiente ya no tienen remedio. También aparece una libertad sexual sin brújula , cuyas consecuencias, los embarazos no planificados, vidas truncadas y conflictos familiares, nadie asume después, porque para entonces las autoridades ya están organizando la siguiente serenata. Y aun así, el pueblo lo agradece. Increíblemente, lo agradece.

La serenata como política cultural termina siendo, en la práctica, una política de alcoholización subvencionada con fondos públicos. Lo irónico es que esas mismas autoridades que no encontraron presupuesto para apoyar al poeta abanquino, al grupo de danza tradicional, al taller de literatura para jóvenes, sí encontraron, con admirable eficiencia, los fondos para traer desde la capital a quien canta lo que suena en las redes sociales, radios y televisores.

La cultura local, esa que nació aquí y solo puede crecer aquí, sigue esperando su turno. Al parecer, ese turno no tiene fecha.

A nivel nacional, el panorama tiene sus propias ironías. En los últimos diez años, el Ministerio de Cultura ha tenido veinte ministros: uno cada seis meses, en promedio. Ninguna política cultural seria puede construirse en tan poco tiempo; apenas alcanza para entender el diagnóstico del sector.

Y, sin embargo, las cifras lucen impecables sobre el papel. En 2024, el sector Cultura administró más de 725 millones de soles y alcanzó un 97,3 % de ejecución presupuestal, celebrado como un logro histórico. Pero ejecutar presupuesto no es lo mismo que transformar la realidad. Se puede gastar con eficiencia contable y, aun así, dejar resultados casi invisibles para el ciudadano común. La pregunta es simple: ¿alguien percibe hoy una política cultural sólida, cercana y verdaderamente influyente en el país?

El libro: ese objeto que los jóvenes ya no reconocen

Hay un indicador silencioso que mide mejor que cualquier encuesta el estado de la cultura en el país: la relación de los jóvenes con el libro. Y, en el Perú, esa relación es cada vez más distante. El libro ha terminado convertido en un objeto decorativo, algo que puede quedarse sobre una mesa porque casi nadie lo reclamará.

No es culpa de los jóvenes. Es el resultado previsible de décadas en las que ninguna autoridad impulsó seriamente el hábito lector, ningún alcalde convirtió la biblioteca pública en un espacio vivo y pocos gobiernos regionales apostaron por actividades culturales que sobrevivieran más allá de una tarde y del aplauso de ocasión. El propio Ministerio de Cultura reconoce en sus informes que los peruanos leen poco. El problema es que admitirlo y resolverlo son cosas muy distintas.

El gran competidor del libro cabe hoy en un bolsillo: una pantalla luminosa que ofrece imágenes, sonido y estímulos constantes, diseñados para no dejar descansar la atención ni un segundo. Compite con ventaja porque promete gratificación inmediata y sin esfuerzo. El resultado es una generación que consume contenido durante horas, pero rara vez profundiza en él. Las sensaciones de la pantalla son intensas mientras duran, y precisamente ahí está el problema: duran poco. Son fuegos artificiales; deslumbran un instante y luego desaparecen.

El libro exige otra cosa: paciencia, disciplina, tiempo. Como aprender un instrumento o entrenar un deporte, el hábito lector se construye lentamente. Pero lo que deja permanece. Cambia la manera de pensar, de sentir y de entenderse a uno mismo. Da palabras a emociones que antes no las tenían. Enseña a cuestionar, a imaginar algo mejor, a no conformarse con ser parte del montón. Ningún algoritmo puede destruir lo que se ha construido por dentro.

Pero para que eso ocurra, alguien debe sembrar el hábito. Y mientras las autoridades no comprendan esa urgencia, la cosecha seguirá siendo la misma: escasa y superficial.

Aun así, hay quienes persisten desde sus propias trincheras. Iniciativas como Peruanísima y muchas otras intentan llevar la cultura a las pantallas y a las redes sin presupuesto estatal ni respaldo ministerial. Solo las sostiene una convicción sencilla: que todavía vale la pena contar lo nuestro y contarlo bien.

La foto y el compromiso

Hay una gran diferencia entre ir a un evento cultural y realmente comprometerse con la cultura. Lo primero puede hacerlo cualquiera: asistir, tomarse la foto, aplaudir un momento y marcharse. Lo segundo implica entender su valor, defenderla y sostenerla incluso cuando no da réditos inmediatos.

En el Perú, muchas autoridades dominan muy bien el arte de dar excusas para no asistir, y si asisten solo es para tomarse la foto y evitan implicarse. Ciando aparecen en recitales, ferias o presentaciones, rara vez se quedan más de 15 minutos, aun allí, no escuchan, ni participan de verdad. Y aquello que no conocen ni disfrutan difícilmente lo consideran necesario para su ciudad. Por eso no lo impulsan, no lo financian y no lo protegen.

No se trata solo de indiferencia personal. Es un problema más profundo: la cultura ocupa uno de los últimos lugares en las prioridades del Estado. Y cuando algo siempre queda para después, casi nunca recibe lo que realmente necesita.

Tradición no es nostalgia

Algunos creen que defender la cultura es quedarse atrapado en el pasado. No lo es. Proteger la cultura andina, la literatura regional, el arte popular o la música tradicional no significa rechazar el progreso, sino evitar que el progreso se convierta en olvido.

Una ciudad puede crecer, modernizarse y seguir siendo ella misma. Abancay puede ser más grande, más conectada y más activa económicamente sin perder aquello que le da identidad: el Apu Ampay en el horizonte, el quechua en la memoria, sus poetas, sus danzantes y sus artesanos. El problema aparece cuando una ciudad crece tanto hacia afuera que termina sin reconocerse por dentro.

Y esa es una apuesta que pocas autoridades parecen dispuestas a asumir. La cultura no da votos rápidos ni produce titulares de inauguración. No tiene cintas para cortar. Pero tiene algo mucho más importante y difícil de recuperar: identidad. Y cuando una sociedad pierde su identidad, ningún presupuesto alcanza para devolvérsela.

Una esperanza que todavía vale la pena tener

Abancay tendrá pronto nuevas autoridades y, con ellas, una oportunidad que todavía sigue abierta: hacer las cosas de otra manera.

No se necesitan monumentos grandilocuentes ni festivales millonarios cuyos gastos luego nadie sabe explicar. Se necesita algo más simple y, al mismo tiempo, más importante: que la cultura deje de ser un adorno de campaña y se convierta en una política real. Que los presupuestos destinados a ella se ejecuten de verdad y no terminen desviados, como tantas veces ocurre.

Se necesita también que la Biblioteca Municipal de Abancay vuelva a ser una biblioteca y no el reflejo del abandono en que hoy se encuentra. Que la Casa de la Cultura sea realmente eso, no un local de alquiler para actividades que no tienen ninguna relación con ella, que recupere vida, lectores y actividades. Que vuelva a ser un espacio de encuentro y no un símbolo de desidia.

Y se necesita algo más elemental todavía: que los artistas locales —poetas, músicos, actores, pintores y escritores— reciban apoyo concreto y no solo medallas y reconocimientos protocolares. ¿De qué sirven esas distinciones, repartidas con tanta generosidad que ya casi no distinguen nada? Se han entregado tantas, y tan a la ligera, que hoy parece más difícil encontrar a alguien que no tenga una.

Mientras tanto, son esos mismos artistas quienes llevan años sosteniendo la identidad cultural de la ciudad con recursos propios, ocupando los espacios y llenando los vacíos que las instituciones abandonaron hace tiempo.

Tal vez bastaría incluso con un gesto sencillo: que cuando una autoridad asista a un evento cultural no se retire después de la foto, sino que se quede hasta el final. Porque solo así se entiende realmente para qué sirve la cultura.

Las ciudades que cuidan su identidad no lo hacen porque sean ricas, sino porque comprendieron que el olvido sale mucho más caro. Abancay todavía puede tomar esa decisión. Las próximas autoridades tendrán la oportunidad de demostrar que el viejo «no hay presupuesto» puede reemplazarse por una pregunta más honesta: «¿cuánto nos costará seguir ignorando esto?»

Mientras tanto, quienes todavía creemos que la cultura vale la pena seguiremos haciéndola existir a nuestra manera: organizando recitales, presentando libros, promoviendo artistas, escribiendo, difundiendo y ocupando los espacios que el Estado deja vacíos. No porque sobren recursos, sino porque entendimos que, si esperamos a que alguien desde una oficina decida actuar, probablemente nunca ocurra.

Las autoridades actuales ya dejaron claro el lugar que ocupa la cultura en sus prioridades. Pero las elecciones se acercan, y con ellas la posibilidad de que lleguen personas capaces de entender algo esencial: un pueblo sin cultura es un pueblo sin memoria, y un pueblo sin memoria termina perdiendo también el rumbo.

La invitación ya está hecha. El escenario también. Solo falta que, esta vez, quienes lleguen decidan quedarse.

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