LA NOCHE QUE UNA POLLERA PUSO EN SU LUGAR A UN GUCCI

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

La recepción había sido concebida para deslumbrar. No era una reunión: era una puesta en escena cuidadosamente ensayada donde cada invitado representaba, con mayor o menor fortuna, el papel de lo que entendían por «alta sociedad». Y como en toda buena representación teatral, lo importante no era ser, sino parecer que se era.

El salón, amplio y luminoso, respiraba un aire europeo que no terminaba de serlo. Columnas falsas, lámparas que pretendían ser vienesas, música que quería sonar sofisticada sin lograr del todo sacudirse un ligero aire andino en el fondo. Todo era correcto… y ligeramente impostado.

Los hombres, impecables, vestían ternos oscuros, algunos hechos a medida, otros bien adaptados y otros no tanto. Predominaban las camisas claras, corbatas coloridas, relojes que asomaban con intención de ser vistos. Reían con una seguridad ensayada, como si la elegancia pudiera sostenerse únicamente con la espalda recta y las carcajadas estruendosas.

Las mujeres, por su parte, habían decidido competir silenciosamente entre sí. Vestidos largos, cortos, vaporosos, ceñidos, con sedas, muselinas, transparencias estratégicas; algunos mostraban demasiado con escotes demasiado pronunciados, faldas demasiado altas o con aberturas exageradas. Era un desfile de colores y formas que buscaban un solo objetivo: ser recordadas. Misión noble, si se piensa bien. Las joyas, generosas, cumplían su deber: collares, pulseras, anillos y tobilleras, todas doradas, aunque algunas ni siquiera eran de oro. Eso sí, todas tenían pequeños brillos de piedras preciosas que parecían manifiestos en miniatura de poder. Nadie los firmaba, pero todos los entendían.

El aire estaba cargado de perfumes. No uno, sino decenas. Dulces, intensos, florales, amaderados. Una mezcla tan rica que por momentos rozaba el mareo, aunque nadie hubiera osado llamarla excesiva. En ese ambiente, incluso el exceso debía parecer refinado.

Todo transcurría según lo previsto, risas abundantes, conversaciones ligeras, miradas calculadas, hasta que la puerta principal se abrió.

De pronto, como un gesto dramático de algún director invisible y con buen sentido de la oportunidad, se hizo el silencio. Nadie anunció su llegada. Sin embargo, el efecto fue inmediato: el murmullo se quebró como una copa mal sostenida. Un silencio espeso, casi incómodo, se instaló en el salón, seguido de ese inevitable susurro colectivo que nace cuando nadie quiere ser el primero en hablar… pero todos necesitan hacerlo.

Habían entrado ellos.

Él, un empresario del altiplano, alto, grueso, fuerte, caminaba con una sobriedad que no necesitaba explicación, ni tampoco la pedía. Terno oscuro, sin estridencias. Su presencia no buscaba imponerse; simplemente estaba. Hay hombres que ocupan el espacio que les corresponde sin pedir permiso ni disculparse por ello, y él era de esos.

Ella, en cambio, no podía pasar desapercibida ni aunque lo intentara. De rostro agraciado, sin necesidad de maquillaje excesivo, lo cual contrastaba en ese salón donde el exceso era la norma estética.

Vestía polleras.

No una, sino varias, superpuestas, de colores sobrios y oscuros, dando volumen y estructura a su figura, cuál si fuera una damajuana. La tela, pesada, firme, de buena calidad, de esa que no se grita sino que se reconoce, caía en pliegues precisos, trabajados con esa paciencia que no admite atajos. La blusa, de seda blanca, llevaba encajes y bobos finamente elaborados; sobre ella descansaba una chompa delgada de alpaca oscura, cuya suavidad contrastaba con la fuerza del conjunto; y sobre ella un delicado mantón de hilo blanco, finamente tejido a crochet, cuyas tramas caladas dibujaban discretas florituras sobre los hombros. Ligero y etéreo, suavizaba el conjunto con una elegancia serena, como si el aire mismo hubiese sido bordado con paciencia.

Realzaban el conjunto las joyas que la ornaban: el prendedor que sujetaba la manta sobre sus hombros, largos aretes, anillos y pulseras de oro, y, reposando con discreta elegancia, un collar de perlas.

Todo el conjunto comunicaba algo que los arquitectos llaman estructura y los filósofos llaman carácter.

Sus trenzas, gruesas y cuidadosamente tejidas, caían con naturalidad, adornadas con pequeños detalles que hablaban de tradición más que de moda —distinción importante, ya que la moda envejece y la tradición, testaruda y sabia, permanece—. Y el sombrero, de copa redondeada, rígido, perfectamente asentado sobre la cabeza, con ese aire inconfundible del altiplano —similar al llamado «bombín»—, ligeramente inclinado, como si conociera su propio valor y no le pareciera necesario ocultarlo. No era un accesorio: era una afirmación. Un objeto que, en lugares como Juliaca, La Paz o Puno, puede decir más sobre una mujer que cualquier discurso.

Ambos eran de tez cobriza. Ambos sonreían con cortesía. No con timidez. No con desafío. Con esa seguridad y serenidad que desarma más que cualquier gesto altivo, porque no necesita escudo quien no teme el golpe.

Los anfitriones, al verlos, hicieron algo que en teoría dominaban: sonrieron. Pero esta vez la sonrisa llegó tarde y se quedó corta.

—Ni se te ocurra hacerles un desaire —murmuró el hombre a su esposa, apenas inclinando la cabeza, al detectar que ella contemplaba una discreta retirada estratégica—. Si todo sale bien, será mi principal socio capitalista.

Las prioridades del corazón humano son, en ocasiones, de una claridad admirable.

Se acercaron.

Hubo manos extendidas, pero no besos en la mejilla. La distancia, siempre oportuna cuando falta altura, hizo su aparición puntual. Las presentaciones se hicieron rápidas, eficientes, como quien cumple un trámite necesario sin que eso signifique disfrutarlo.

Alrededor, los invitados observaban con el entusiasmo discreto del juicio social, que es el deporte nacional de todos los salones del mundo y no solo de este.

Entonces, una bella jovencita que acompañaba a un hombre acaudalado y mucho mayor que ella —demasiado bien tratada por la vida, sin mérito propio, como para imaginar que podía estar por encima de alguien— rompió el equilibrio con la naturalidad espantosa de quien no lo advierte:

—Pero es una cholita… ¿cómo hizo para entrar aquí? ¡Miren, cómo se viste! —exclamó, con gesto de repugnancia.

La frase flotó en el aire, liviana en intención, pesada en consecuencias, como suelen ser las frases de quienes no han aprendido todavía que las palabras también tienen su propio peso, independientemente de quien las pronuncie.

Entonces una elegante mujer avanzó. Había estado atrás tratando de pasar desapercibida, pero de pronto ya no quiso estarlo más, que es el momento exacto en que las personas de verdad deciden ser personas de verdad. No era la más joven del salón, pero sí una de las más bellas. Su porte y su vestido, impecables, parecían hechos para ese lugar. La miró con una mezcla de paciencia y firmeza que solo se consigue después de haber visto mucho mundo y haber preferido, aun así, la bondad.

—Tu comentario —dijo, sin elevar la voz— muestra lo burda y poco inteligente que eres. Me sorprende que estés aquí.

Hubo un leve movimiento en la sala. Nadie intervino. Un caballero, su acompañante, se retiró disimuladamente hacia el fondo, que es la maniobra clásica del hombre que reconoce una batalla justa y decide no estorbarla.

—Y ya que mencionas la forma de vestir —continuó—, te diré algo que quizá ignores: ese «traje» que desprecias, de hecho, cuesta más que todo lo que llevas encima… y varias veces.

—Pero… es Gucci —dijo la joven, parpadeando, confundida. Era la confusión honesta de quien jamás había contemplado la posibilidad de equivocarse.

—Aun así. Las polleras no son disfraces ni trajes de ocasión —prosiguió—. Son piezas hechas con telas de alta calidad, con trabajo artesanal fino, a mano, con capas superpuestas. No se compra una, sino varias. Y eso sin contar la blusa, los encajes, la alpaca, la manta… ni las joyas.

Una pausa breve. De esas pausas que son también argumentos.

—Tú llevas un vestido bonito que seguramente ni te costó a ti. Ella lleva historia, trabajo, tradición y patrimonio.

El silencio regresó, pero ya no era el mismo. Era un silencio diferente: más pensativo, menos cómodo, del tipo que nos hace bien aunque no lo agradezcamos en el momento.

Porque, en el fondo, la escena no trataba de ropa.

Trataba de otra cosa.

Trataba, aunque pocos en ese salón estuvieran dispuestos a admitirlo, de la diferencia entre aparentar valor y encarnarlo.

La mayoría de los presentes había invertido grandes sumas en construir sus imágenes, muchas de ellas sobrevaloradas. Telas importadas, marcas de renombre, cortes de temporada, fragancias cuidadosamente elegidas. Todo respondía a una lógica clara y perfectamente humana: parecer pertenecer. Y no hay nada particularmente reprochable en ello… salvo cuando se confunde el símbolo con la esencia, el envoltorio con el regalo, el marco con el cuadro.

La mujer de pollera, en cambio, no estaba representando nada. No imitaba un modelo ajeno ni buscaba encajar en un código prestado. Su vestimenta no era un esfuerzo por ascender: era la expresión natural de un mundo propio. Completo. Con sus propias reglas de belleza, sus propias jerarquías de valor, su propio catálogo de lo que merece durar.

Ahí radicaba la incomodidad.

Porque la pollera —esa falda amplia, estructurada en capas— no es solo una prenda vistosa o costosa. Es el resultado de una tradición que ha atravesado siglos adaptándose sin perder su identidad, que es exactamente lo que hacen las cosas verdaderas. Cada pliegue habla de trabajo paciente; cada tela, de una elección que combina funcionalidad, estética y permanencia. No es moda: es continuidad. Y la continuidad, para quienes vivimos en el vértigo de lo nuevo, tiene algo que produce a la vez admiración y una leve incomodidad que preferimos no nombrar.

Y lo mismo ocurre con cada elemento del conjunto: desde la blusa bordada hasta el sombrero, nada es adorno casual. Todo es capa de significado, abrigo y herencia. Tres cosas que no vienen incluidas en ninguna caja de temporada.

A eso se suma un detalle que en aquel salón pasó casi desapercibido: la lógica del valor.

Mientras muchos de los asistentes vestían prendas cuyo precio dependía en gran medida de una marca o una temporada —de alguien en otra ciudad del mundo que decidió qué estaba de moda este otoño—, la vestimenta de la mujer altiplánica concentraba su valor en otros factores más antiguos y más sólidos: calidad de materiales, trabajo artesanal, durabilidad y, sobre todo, acumulación. No se trata de una sola pieza llamativa, sino de un conjunto que, capa tras capa, puede representar una inversión considerable. Del tipo que no se deprecia.

En ciertos contextos del altiplano, una mujer no solo viste su identidad: viste también una forma de patrimonio. Algo que no se agota en una noche ni se descarta al año siguiente cuando cambia el viento de alguna revista europea.

Y eso —aunque nadie lo dijera en voz alta— alteraba el equilibrio de la sala.

Porque obligaba a una comparación incómoda, de esas que se instalan en la cabeza y no piden permiso para quedarse:

¿Qué pesa más, lo que brilla por tendencia o lo que perdura por sentido?

La reacción de algunos invitados —la distancia calculada, el susurro, la ironía mal disimulada— no era tanto rechazo como desconcierto. Era el reflejo de una inseguridad sutil: la de descubrir que existen formas de elegancia que no necesitan validación externa, que no requieren la aprobación de nadie para existir y que, por lo tanto, resultan ligeramente irritantes para quienes han construido su mundo entero sobre ese andamiaje de aprobaciones.

Y quizá por eso resultaba más fácil reducirlo todo a una palabra ligera, casi automática: «cholita». Como si nombrar fuera suficiente para comprender. Como si simplificar evitara pensar. Que a veces, hay que decirlo, es exactamente para lo que sirve.

Pero no.

La escena revelaba algo más profundo.

Que el valor no siempre coincide con el precio visible. Que la sofisticación no siempre se aprende en vitrinas. Y que hay identidades que no necesitan traducirse para ser legítimas.

Al final, la mujer de pollera no desentonaba en el salón.

Más bien, lo afinaba.

Solo que no todos tenían el oído preparado para notarlo, que es la condición habitual del oído humano frente a la música que no le es familiar: primero la rechaza, luego la tolera, y finalmente —si tiene suerte y humildad— aprende a amarla.

Conviene recordar, además, algo que los salones suelen olvidar: en el Perú profundo no existe un solo traje típico, sino muchos. Cada región, cada pueblo, cada ocasión tiene el suyo. Hay vestimentas de uso cotidiano —las que acompañan el trabajo, el mercado, el camino— y hay vestimentas de fiesta, de ceremonia, de celebración. No son reliquias de museo ni disfraces de folclor dominical: son lenguajes vivos que cambian de registro según lo que el día pide, igual que cualquier persona educada sabe cuándo hablar en voz alta y cuándo guardar silencio.

Y detrás de esos trajes hay algo más difícil de ver desde un salón iluminado: una manera de ser. La gente verdadera del campo peruano —la que trabaja la tierra, la que conoce el nombre de las estrellas y el tiempo que tarda en madurar el maíz— es, en general, noble, generosa, acogedora, hospitalaria. No son valores aprendidos en libros ni construidos en discursos: están en la tierra misma, acumulados durante siglos por culturas que supieron levantar imperios sin perder de vista al prójimo.

El problema —y conviene nombrarlo con precisión para no confundir al inocente con el culpable— no viene de adentro. Viene de afuera y regresa disfrazado de modernidad. Es el hijo o el nieto que emigró, aprendió a medias en otra ciudad o en otro país, y volvió cargando resentimientos que no eran suyos y valores mal digeridos que tampoco terminan de serlo. Esa mezcla —lo propio abandonado a medias, lo ajeno adoptado a medias— es el caldo de cultivo de las tergiversaciones más dolorosas: las que enfrentan a los de abajo entre sí, convenciéndolos de que el problema es el vecino que viste diferente, y no el sistema que los trata igual de mal a todos.

La jovencita del comentario infeliz, muy probablemente, era hija de ese malentendido.

Así como aquella muchacha —descocada, desubicada y ligera en su comentario, como lo somos todos a veces antes de aprender a pesar las palabras— no representa la inteligencia ni la sensibilidad del grupo al que pertenece, tampoco ningún exceso individual debería convertirse en medida colectiva. En todas las sociedades, sin excepción, existen voces torpes, resentidas o simplemente mal formadas. Son la prueba de que la educación, como la buena cocina, requiere ingredientes, tiempo y paciencia, y que no siempre se dan las tres condiciones al mismo tiempo. Pero esas voces no son la comunidad. Son apenas sus tropiezos más visibles.

Reducir a una persona —o a un pueblo entero— a palabras como «polleras», «poncho» u «ojotas» no describe: empobrece. No define: limita. Y sobre todo, no autoriza a nadie a disminuir a otro, aunque en la práctica, lamentablemente, muchos lo intenten.

Porque, al final, más allá de la tela, del acento o del origen, hay una verdad sencilla que no debería necesitar defensa, aunque con frecuencia la necesite:todos los peruanos —absolutamente todos— merecemos el mismo respeto.

Y quien no lo entienda así, puede quedarse en el salón si quiere.

Pero la pollera, que ha sobrevivido siglos, podía perfectamente sobrevivir también esa noche.

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