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En las elecciones que se vienen, hay 208 cargos a cubrir, y hay más de 10,000 aspirantes.¿Qué le parece?
Veamos el detalle.Tres (03) al Poder Ejecutivo: un presidente y dos vicepresidentes de la república.
Sesenta (60) Senadores. Ciento treinta (130) Diputados. Quince (15) Parlamentarios andinos.
Participan 38 organizaciones políticas, 36 fórmulas presidenciales, 108 personas postulando a la primera magistratura de la nación.
Y, agarrense 3,354 aspirantes a senadores. 6,162 postulantes a diputados y 624 candidatos para el Parlamento Andino.
En total, 10,257 personas postulando a algún cargo nacional.
Hay 88 diputados que buscan reelegirse, pese a que la impopularidad del congreso actual supera el 90%.
Solo en Apurímac, hay 188 compitiendo por solo 3 cargos en el Congreso: 1 senador y 2 diputados.
Además, tras los 10,257 aspirantes, hay cientos de miles apoyándolos, con la esperanza de conseguir un puestito y pegarse a la teta del estado.
Por un lado, es bueno ver rostros nuevos en la política, da esperanza. Pero escuchando discursos y entrevistas, uno no puede evitar preguntarse: ¿Cuántos están realmente preparados para gobernar o legislar? ¿Cuántos saben pensar y parlamentar con inteligencia? ¿Cuántos son simples e improvisados aventureros?
Usted sabe perfectamente que para muchos es tan solo una aventura financiera: han invertido y simplemente buscan recuperar su dinero más sus respectivas ganancias.
Por ello, a estas alturas de la campaña, muchas veces vemos DESESPERACIÓN —sí, desesperación— al ver que esta carrera no era tan fácil como creyeron.
Cabe preguntarse: ¿Cuántos tienen verdadero afán de servir? Porque entre la ambición y el servicio suele haber una distancia grande… y no siempre es fácil saber de qué lado está cada candidato.
Y es que hay una idea sencilla —tan sencilla— que a muchos políticos se les olvida: la autoridad existe para SERVIR.
El poder es un encargo pesado, difícil, incómodo, lleno de obligaciones y, si se entiende bien, también lleno de renuncias. Gobernar no debería ser un premio para el más ambicioso, sino una tarea para el más responsable.
No es una banda ni una medalla para lucir en el pecho, ni un amplio sillón desde donde dar órdenes. Gobernar bien se parece más a cargar un saco de papas en la espalda que a pasearse en carro oficial con lunas polarizadas.
Y sin embargo, cada temporada electoral florecen las vocaciones públicas como musgo después de la lluvia. Con voz grave y hasta lágrimas en los ojos, algunos candidatos declaran: «¡Yo quiero servir al país!» y uno, que ya ha visto varias campañas y ha cometido bastantes yerros eligiendo a quienes después defraudaron, se rie y se pregunta: ¿querrán servir… o servirse?
El Ejecutivo no es un trono ni una agencia de favores. Significa pensar en el agricultor que mira el cielo esperando lluvia, en el comerciante formal sin apoyo estatal que lucha contra la competencia desleal, en el obrero sin trabajo, en el maestro que camina kilómetros para llegar a su aula, en la madre que hace milagros para que el sueldo alcance. Cada decreto toca la vida real de millones. Por eso gobernar exige prudencia, carácter y algo que hoy escasea peligrosamente: conciencia y sentido común.
El Senado, que este congreso impuso a pesar que el referéndum dictaminó un rotundo «No», en la tradición republicana, debería ser la cámara de la reflexión, donde se sabe que las leyes no son ocurrencias del momento sino compromisos que marcan generaciones. Aquí deberían estar políticos experimentados y sabios, pero ¿qué tenemos? ¿Harán algo bueno o tendremos que volver a suprimir el senado?
La Cámara de Diputados representa la voz más directa del pueblo. Es el espacio donde las necesidades reales de la sociedad deberían convertirse en leyes: que el agua llegue al pueblo, que la posta médica funcione, que el camino vecinal se repare. En teoría. Porque en la práctica, a veces da la impresión de que algunos congresistas viven en un país distinto, donde el problema principal es quién presidirá tal comisión o qué foto saldrá mañana en la prensa.
El Parlamento Andino, por su parte, debería promover la integración regional. Pero siendo honestos: ¿cuántos candidatos saben exactamente qué hace un parlamentario andino? Cuando una institución existe pero el pueblo apenas la conoce, algo no está funcionando como debería.
Durante las campañas el espectáculo es notable: candidatos abrazando bebés que no conocen, prometiendo puentes donde ni siquiera hay río. Apenas llegan al cargo, sin embargo, les da una curiosa amnesia democrática. No recuerdan a quienes los eligieron, pero recuerdan perfectamente dónde están los privilegios. Los perfectos desconocidos de antes se convierten entonces en una especie de aristocracia improvisada: ternos oscuros, escoltas, oficinas alfombradas y una agenda siempre muy ocupada… cuando se trata de escuchar al ciudadano.
El verdadero servidor público rara vez corre detrás del cargo; más bien lo acepta con cierta incomodidad, como quien asume una responsabilidad que preferiría no tener, pero siente el deber moral de asumir. Hoy ocurre lo contrario: más candidatos que vocaciones, más ambición que conciencia, más cálculo que principios. El pueblo aparece en los discursos como la decoración de una sala: útil para el aplauso, irrelevante para las decisiones.
Montesquieu lo resumió con precisión: «La corrupción de los gobiernos comienza casi siempre por la de sus principios». Cuando el poder cae en manos de quienes confunden la caja del Estado con su billetera, la república entera se convierte en botín, y el pueblo termina como invitado incómodo en su propia sala.
Demasiadas personas quieren gobernar. Muy pocas están dispuestas a servir.
¿Volverías a acariciar a un perro que ya te mordió, que te robó o que lastimó a tu vecino? Probablemente no. Con las personas ocurre igual: quien ya tuvo el poder y lo usó mal, quien ya tuvo nuestra confianza y la traicionó, difícilmente merece una segunda oportunidad. La memoria es el mejor filtro del votante.
Por eso, antes del 12 de abril, vale la pena ver la fotografía completa: quiénes son los candidatos, quiénes los rodean, a quiénes arrastrarán.
Me resisto a creer que todos sean malos; debe haber buenos entre ellos. Pero hay que encontrarlos con la cabeza fría, no con el corazón ni con el hígado, ni con el estómago.
¡Conversemos! Callar puede ser prudencia, pero también puede ser cobardía disfrazada. Un pueblo que no debate sus ideas, que evita la confrontación por miedo al qué dirán, termina eligiendo en la oscuridad —y luego se sorprende de lo que encuentra cuando enciende la luz. El debate honesto, sereno e inteligente no es un lujo de las élites: es el ejercicio más básico de la ciudadanía. Solo el pueblo que aprende a pensar en voz alta, a escuchar con altura y a discrepar con respeto, se vuelve verdaderamente dueño de sus decisiones. Y un pueblo dueño de sus decisiones es muy difícil de engañar.
El Perú está bien porque Dios lo quiere así, no por obra de sus autoridades. Pero nada dura para siempre, si no cuidamos nuestra patria nadie lo hará por nosotros.
¡Elijamos bien!
