Cuando Mariela volvió al colegio después de cuatro décadas y pico, lo primero que pensó fue que se había equivocado de promoción.
Porque las mujeres que esperaban en aquel parque no eran sus compañeras. ¿O sí?
Las observó furtivamente, desde detrás de sus grandes gafas, que, según ella, la anonimizaban totalmente.
Cavilaba. ¡No podían ser las mismas! Pero luego cayó en la cuenta: el tiempo había pasado, recordó cómo se veía ella misma. Las observó una a una, y sí pues, sí eran.
Una de ellas tenía el cabello enteramente blanco, cosa que le sentaba con una dignidad casi insultante, parecía de la realeza, pero viéndola bien tenía los gestos de Bárbara, sí, era Bárbara. Había otra que caminaba con cierta diplomacia en el paso derecho, como negociando con la rodilla cada metro de avance: era Lizbet. Otra usaba unos lentes que se veían sofisticados y enormes, lo cual le daba el aspecto de una lechuza académica, claro, era Carmen.
Y la que se movía animosamente entre todas era Patricia, que en las épocas de colegio tenía una cintura que encandilaba a los chicos y causaba envidia entre ellas, pero ya no, pues con los años le había aparecido una respetable redondez que ella, después le dijo, atribuía, con absoluta convicción y sin admitir réplica, a «la felicidad acumulada».
Mariela las miraba y trataba de encontrar, debajo de aquellos cabellos plateados, aquellos kilitos de más y aquellas arrugas ganadas con mérito propio, a las muchachas de quince, dieciséis, diecisiete años que alguna vez habían hecho suspirar a algunos muchachos, enrojecer a algún profesor y zapatear de rabia a alguna profesora.
Entonces alguien la abrazó por detrás, sin previo aviso.
Y se acabó el misterio.
Era Carmen. La misma risa. La misma manera de apretar. La misma voz que cuarenta años atrás había susurrado con urgencia de noticiario:
«¡Cállate, que viene la hermana Miriam!»
Mariela se echó a reír.
Y en ese instante entendió algo que los años le habían enseñado: el tiempo puede cambiarle la cara y el cuerpo a una mujer, puede cambiarle el peso, la presión arterial y la opinión sobre los hombres, pero adentro hay algo, una llama pequeña y bastante traviesa, que se resiste a apagarse, y que sigue siendo la misma.
—¿Qué haces mirándonos de lejos? —le dijo.
Luego de saludarse se acercaron al grupo y hubo más saludos y reconocimientos, y también algunas lágrimas y muchas risas.
Caminaron juntas y entraron al viejo colegio que ahora llevaba otro nombre pero que era el que las había albergado en su adolescencia.
El patio parecía más pequeño. Los corredores más estrechos. Las escaleras, que en su memoria eran casi una hazaña geográfica, resultaron ser apenas doce peldaños que se subían en veinte segundos, incluso con la rodilla de Lizbet.
—¿Aquí estaba nuestro salón?
—Sí.
—Cuando estuvimos en tercero, pero estuvimos en casi todos.
—No puede ser.
—Que sí.
—¡Qué chiquito!
—No era chico. Éramos nosotras las que éramos grandes.
Hubo una pausa.
«En todos los sentidos», agregó Patricia mirándose a sí misma con una mezcla de filosofía y resignación.
Todas rieron. Incluyendo Patricia, que tenía esa capacidad, rara y envidiable, de reírse de sí misma antes de que lo hicieran las demás, lo cual le daba siempre ventaja táctica.
Entonces empezaron a regresar los recuerdos.
No llegaron en fila. No llegaron ordenados por fecha y con etiqueta. Llegaron como llegan los recuerdos de verdad: por una ventana, por un olor, por una palabra que alguien dice sin saber lo que está desatando.
Y el primero que llegó fue el de los imperdibles.
Porque había un ritual sagrado que se cumplía cada tarde, al salir del colegio, con la precisión de una liturgia y la velocidad de un equipo de pits. Primero desaparecían los tirantes del uniforme, que eran la señal más visible de la esclavitud escolar. Luego, con dos o tres imperdibles estratégicamente colocados, la falda subía unos centímetros que en aquel entonces equivalían a una declaración de independencia.
Todo esto se hacía mirando hacia ambos lados de la calle con la misma cautela con que un contrabandista cruza una frontera, porque el peligro era real, tenía motor, tenía color verde y se llamaba «escarabajo».
Un pequeño Volkswagen verde y ronroneante, que la madre Miriam conducía con la misión sagrada de custodiar la decencia y las buenas costumbres en un radio de varios kilómetros a la redonda. Aparecía sin avisar. Doblaba esquinas con una oportunidad que solo puede explicarse por intervención divina, que en su caso era literal. Y cuando asomaba en el horizonte, el grito de alarma recorría la cuadra como una descarga eléctrica.
«¡El escarabajo!»
En décimas de segundo, si no podían esconderse, los tirantes volvían a su lugar, las faldas recuperaban su longitud reglamentaria y todas adoptaban la expresión de quien jamás en su vida ha tenido un imperdible en la mano. La transformación era tan rápida y tan completa que habría dejado boquiabierto a cualquier ilusionista.
La hermana Miriam pasaba lentamente. Las miraba desde el asiento del conductor con esos ojos que parecían haberlo visto todo y no haberse sorprendido con nada desde hacía décadas. Y seguía de largo.
Si sospechaba algo, nunca lo dijo.
O quizá sí lo sabía, y consideraba que había batallas que no valía la pena librar.
Mariela miró hacia el segundo piso.
Y pensó en Lucy.
Lucy no estaba. Había partido antes, hacía ya algunos años, a ese encuentro del que nadie regresa con noticias ni manda WhatsApp. Se fue con la misma discreción con que llegaba por las noches al parque Centenario, sin avisar, sin hacer escándalo, dejando apenas ese hueco particular que dejan las personas que ocupaban demasiado espacio en la memoria de los demás.
Algunas otras compañeras también se habían ido por ese mismo camino, ese que no tiene regreso pero que, pensaba Mariela, debía tener una buena vista. Las imaginaba allá arriba, todavía conspirando, todavía riéndose, todavía organizando algún operativo que la hermana Miriam no llegaría a descubrir jamás. Porque hay cosas que ni la muerte se atreve a cambiar.
Pero en esa ventana, en ese corredor, en el olor mismo del patio, Lucy seguía ahí. Presente. Traviesa. Con esos ojazos, esas pestañas y esa sonrisa que el tiempo guarda mejor que cualquier fotografía.
Lucy había sido, con justicia, la más popular entre los chicos de la Gran Unidad que las acechaban. No lo hacía con maldad. Ni siquiera con intención clara. Tenía unos ojos grandes, pestañas de novela y una sonrisa que producía, en los muchachos, cuando les sonreía o dirigía la palabra, una especie de cortocircuito neurológico cuya recuperación podía tardar varios días.
El problema técnico era que estudiaban en un colegio de mujeres. Un colegio con rejas, con reglas y con la hermana Miriam, que tenía olfato de sabueso para detectar cualquier irregularidad romántica a cien metros de distancia.
Eso, sin embargo, no impedía nada.
Mariela recordaba que no había entendido, durante meses, por qué ciertos muchachos la saludaban a ella con una calidez desproporcionada.
—¡Mariela! ¡Cuánto tiempo!
—¡Qué bien te ves!
—¿Cómo van los estudios?
—¿Y tu mamá, bien?
Aquello parecía muy bonito. Muy considerado. Hasta que, después de pocos minutos de conversación en los que ninguno tenía nada real que decirse, uno de ellos preguntaba como quien no quiere la cosa:
—Y… ¿viste a Lucy?, ¿está en tu salón, no?
Entonces todo quedaba explicado.
Mariela era el puente. El pretexto. El pasillo de acceso. Y lo peor era que lo había sido durante meses sin saberlo, lo cual la indignó retrospectivamente durante años.
Lucy, por supuesto, se hacía la desentendida.
O quizá no se hacía nada. Quizá simplemente sonreía y dejaba que el mundo funcionara solo, que es la estrategia más eficiente conocida desde los tiempos de Cleopatra.
Y entre todos los casos documentados por la promoción, el más célebre era el del muchacho de los ojos azules, aquel del que muchas, si no todas, estaban enamoradas.
Era hijo de un hacendado de las afueras. Todas las noches llegaba al parque Centenario en una camioneta que había sido azul en algún momento y que entonces era de un gris con tonos amarillentos por partes. Llevaba leche en porongos, queso, mantequilla y otros productos de la hacienda con la seriedad de quien cumple una misión importante.
Y tenía unos ojos azules que parecían prestados de otra latitud. Claros. Desconcertantes. De esos que uno mira y no sabe bien qué hacer después.
Pero lo más notable no eran los ojos. Era la timidez.
Era tan tímido que cuando Lucy se acercaba por la leche, el muchacho olvidaba sus funciones básicas. Olvidaba para qué servían las manos. Olvidaba los precios. Rociaba la leche que servía y hasta se olvidaba de cobrar.
Lucy pedía un queso y él le entregaba mantequilla, y ella lo recibía como si nada para no avergonzarlo más.
Ella volvía a preguntar algo. Cualquier cosa. El peso. La procedencia. Si las vacas tenían nombre.
Él respondía de nuevo. Con tres palabras, a lo sumo.
Y después los dos se quedaban en silencio, mirándose, y en ese silencio pasaban cosas que nadie en la fila podía escuchar pero que todos podían ver perfectamente y sin disimulo.
Una noche Lucy decidió actuar.
Hubo una deliberación previa. Una estrategia. Un consejo de guerra informal que se realizó bajo un árbol del parque Ocampo. Participaron Mariela, Angélica, Marina y Betty, que aportó la idea más audaz, aunque después negó haberla tenido.
El plan era sencillo: Lucy iría a buscar leche y la acompañaría Lizbet, para dar fe del reto cumplido. El reto era sencillo: invitarlo a una fiesta y que él aceptara y fuera.
Como habían demorado más de lo previsto, el muchacho estaba a punto de marcharse, acomodando los últimos porongos cuando vio acercarse a Lucy y su amiga. Entonces, se quedó inmóvil. No de susto, de la emoción.
Lucy le dijo a Lizbet que esperara en un punto y se acercó sola.
Le dijo algo. Él respondió.
Ella dijo algo más, antes de despedirse y acercó su mejilla para despedirse con un beso, como era la usanza, entre muchachos.
Y entonces el muchacho se puso rojo. No un rojo discreto. No un rojo que pudiera pasar por calor o por esfuerzo físico. Un rojo honesto, rotundo, que le subió desde el cuello hasta las orejas con la determinación de quien no tiene nada que esconder ni ganas de esconderlo. Aun así, él también acercó la mejilla para simular un beso.
Pero Lucy, quizás confundiéndose o quizás intencionalmente, cambió la mejilla en el último momento y el beso de él fue a parar a sus labios.
Se escuchó a lo lejos el ¡Ooooh! asombrado de las chicas. Lucy sonrió, y entonces el muchacho ya no estaba rojo: estaba incandescente.
Lizbet empezó a reírse, y el muchacho, tropezándose en sus propios pies, milagrosamente no se cayó y subió apresurado a la camioneta y partió con una ligereza que ya quisiera Henry Bradley para sí.
Lucy regresó. Caminaba de una manera diferente. Liviana. Como si el suelo estaría suavizado por muchos algodones. Lizbet la miró entre asombrada y burlona.
—¿Lo conseguiste? ¿Aceptó la invitación?
—Sí.
—No te creo… ¿Y el beso?
—¿Cuál beso?
Lizbet asintió con la solemnidad de quien ha presenciado algo que no requiere comentario adicional.
—Claro —dijo. Y no agregó más.
Esa fue la sabiduría de Lizbet. Siempre supo cuándo hablar y cuándo no. Era su superpoder. El único, reconocían las demás, porque para todo lo demás era un desastre.
Mariela no se acordaba cómo terminó aquella historia.
El muchacho de los ojos azules y la camioneta gris amarillenta no fue a la fiesta, a pesar de haber aceptado la invitación, y desapareció de sus vidas con la misma suavidad con que había llegado.
Y quizá eso era lo mejor.
Porque algunos amores de colegio viven para siempre precisamente porque nadie tuvo el mal gusto de completarlos.
—¿Se acuerdan del lechero? —preguntó Mariela.
—¡Y se acuerdan del beso! —gritó Carmen, ajustándose los lentes enormes con el gesto de quien acaba de recordar algo que en realidad nunca había olvidado.
La pregunta no había terminado de salir cuando ya todas estaban riendo.
—¡Claro! —dijeron todas
—¡Si era un papacito! —agregó Betty.
Y así, transcurría una época de color rosa, donde muchas estaban enamoradas, sin saber de quién, pero enamoradas, esperando que llegue el príncipe azul.
Entonces llegó, no el príncipe azul, sino, una mañana memorable, la mañana del perro.
Fue Bárbara quien lo mencionó, con esa manera suya de sacar un recuerdo del bolsillo como quien saca una moneda vieja que todavía sirve para algo.
—¿Y el perro de la mañana en que casi perdemos a Carmen?
Una carcajada general resonó en el patio y Carmen se llevó una mano al pecho, como si el animal, cuarenta años después, todavía pudiera alcanzarla.
Porque había ocurrido una mañana cualquiera, de esas que empiezan sin avisar que van a quedarse para siempre en la memoria de tres muchachas. Iban las tres al colegio, Carmen, Mariela y Bárbara, con ese paso apurado y conversador que solo tienen las adolescentes cuando el reloj y el chisme compiten por su atención, cuando de una de las casas de la cuadra salió un perro que se había fugado con la alegría y el entusiasmo de quien acaba de descubrir que el mundo es mucho más grande que un patio.
No era un perro malo. Era, probablemente, el perro más feliz del barrio en ese preciso instante. Pero la felicidad ajena, cuando viene con dientes, con cuatro patas y con una energía contenida que de pronto deja de estar contenida, no siempre se disfruta de la misma manera desde ambos lados.
Carmen, que tenía muchas virtudes pero ninguna relacionada con la valentía canina, gritó, o más bien produjo un sonido que no figuraba todavía en ningún diccionario, y salió corriendo con una velocidad que sus profesoras de educación física jamás lograron sacarle en todos los años de clases.
Mariela y Bárbara hicieron exactamente lo contrario. Se abrazaron y se quedaron quietas. No por estrategia, no por sabiduría zoológica adquirida, sino porque el cuerpo, cuando tiene miedo, a veces decide sin consultar a la cabeza, y en este caso decidió que la mejor defensa contra un perro suelto era convertirse en un bulto inmóvil de dos muchachas con los ojos cerrados. Y, por una de esas casualidades que después se cuentan como si hubieran sido un plan, funcionó: el perro, ocupado en su nueva y prometedora cacería, ni las miró.
Carmen, mientras tanto, corría calle abajo con el perro pegado a la basta de la falda, pero ella sentía en la nuca ese aliento particular que solo produce un animal persiguiendo a alguien que no comparte su entusiasmo. Y entonces, en medio de la carrera, vio la salvación: una camioneta estacionada, de esas de tolva alta, del tipo que en este barrio siempre parecía estar esperando a alguna heroína en apuros.
Lo que sucedió después, según la propia Carmen contaría durante los siguientes cuarenta años con variaciones cada vez más heroicas, fue un salto. Un salto que ella describía, invocando una gimnasta rumana que en esa época hacía historia en las Olimpiadas, como «un salto mortal a lo Comaneci», aunque las que estuvieron ahí coincidían en que se pareció más al aterrizaje de costal relleno que a un ejercicio de piso calificado con perfecto diez. Pero la tolva la recibió, y eso era lo único que importaba.
Arriba, con el corazón en la boca, Carmen se permitió, por fin, disfrutar la victoria. Se dio la vuelta despacio, con la dignidad de quien ha escapado de las fauces del peligro, dispuesta a comprobar que el perro se había quedado abajo, derrotado, mirándola con la frustración de una presa perdida.
No fue así. Ni rastro del perro.
Luego, sintió, primero, un jadeo cálido a su costado, sonido inconfundible. Miró de reojo con la esperanza de que fuera el viento o los nervios, pero no, ahí estaba, a su lado, el gran perro con la lengua afuera y moviendo el rabo con felicidad y sin remordimientos.
La cola golpeaba la plancha metálica en un ritmo entusiasta y sin la menor intención de agresión, y esa expresión particular de los perros que han decidido que uno les cae bien y no ven razón para consultarlo.
Carmen se quedó mirándolo, sin saber si gritar de nuevo, reírse, o simplemente rendirse ante la evidencia de que había huido cuarenta metros, escalado una tolva con técnica olímpica improvisada, para terminar exactamente donde el destino, con su humor particular, había decidido que debía estar: parada junto al mismo perro, ahora convertido en su compañero de aventuras, feliz de haberla encontrado.
Mariela y Bárbara, que habían llegado corriendo, superando el miedo, muertas de risa, veían a Carmen negociando en voz baja con el animal, algo así como «quédate quieto» y «no te acerques más», mientras el perro, ajeno por completo a la diplomacia, le apoyaba el hocico en la falda con la confianza de quien ya ha decidido que esa muchacha, a partir de ese día, es suya.
Un señor salió de una casa cercana, silbó, y el perro bajó de un salto —ese sí, digno de aplauso— y corrió hacia él con la misma alegría con que había empezado la mañana, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera dejado a tres colegialas convertidas para siempre en anécdota.
Carmen tardó varios minutos en bajar de la tolva. Y tardó cuarenta años en dejar de contar la historia, cada vez con un perro un poco más grande y un salto un poco más espectacular.
«¡Era un perro chiquito!» protestaba siempre Bárbara.
«¡Era un perro enorme!» insistía Carmen, ajustándose los lentes con la autoridad de quien ha reescrito la historia tantas veces que ya la cree más que las testigos.
Y ahí, cuarenta años después, en la puerta del colegio, todas volvieron a reírse de lo mismo, con el mismo perro creciendo un poco más en cada carcajada.
Y entonces llegó el recuerdo de la carta.
No una carta cualquiera. Una carta de amor, redactada con la seriedad de un tratado, perfumada con lo que quedaba de un frasco de colonia que le habían regalado a Bárbara por su cumpleaños y que ella había sacrificado en nombre de la causa romántica de otra, que es el tipo de generosidad que no se agradece suficientemente.
Habían tardado dos tardes en escribirla, consultando los escritos de Mistral, Storni, Bécquer y Neruda. Dos tardes de borrones, de consultas al diccionario, de debates sobre si «adorar» era demasiado o si «apreciar» era demasiado poco. Quedó «querer», que era el término medio diplomático, y alrededor de ese «querer» construyeron cuatro párrafos que, en opinión de sus autoras, habrían hecho llorar a un poeta.
El problema fue la mensajera, una prima del destinatario.
La mensajera, por curiosa, quiso leer la nota y se hizo capturar.
La carta terminó en manos de la profesora de Lengua y Literatura. Luego de leerla, miró al salón con una expresión que las alumnas no supieron clasificar entre «enfado» y «algo más complicado».
Dejó la carta sobre el escritorio.
Las miró.
Hubo un silencio de los que pesan.
—¿Quién es Rodrigo? — preguntó.
Nadie respiró. Mariela recordó que en ese momento pensó seriamente en fingir un desmayo.
—Pregunto, —continuó la profesora,— porque según esta carta tiene unos ojos «que quitan el sueño».
Un murmullo recorrió el salón como una pequeña corriente eléctrica.
Las autoras de la carta, que eran Bárbara y Mariela, comenzaron a ponerse del color que Lucy había logrado poner al lechero.
La profesora dejó pasar el murmullo. Lo dejó crecer un poco. Lo dejó disfrutar de su momento.
Después dijo:
—No se preocupen, chicas. Yo también tuve dieciséis años. Y yo también tuve un Rodrigo.
Pausa.
—El mío se llamaba Humberto. Pero tenía unos ojos así, que quitaban el sueño.
Y continuó la clase como si nada.
Aquella profesora ganó ese día un respeto que ninguna nota en el cuaderno habría conseguido. Las miraba de otra manera desde entonces, o quizá ellas la miraban diferente, que no es lo mismo, pero produce el mismo efecto.
Luego estaba el asunto del cuaderno de Patricia.
Nadie sabía exactamente qué contenía el cuaderno.
Precisamente por eso lo querían todas.
Escribía en él a cada rato, probablemente pequeñas notas, y nunca dejaba que lo vieran.
Es la ley de las cosas cerradas: no importa si adentro hay un tesoro o una lista de compras, el solo hecho de que esté cerrado lo convierte en un asunto urgente.
Una tarde, Patricia obedeciendo a una orden de la madre Miriam salió y tuvo la imprudencia de olvidar el famoso cuaderno sobre el pupitre, y ocurrió lo inevitable.
Betty, que se sentaba atrás de ella, lo vio. Levantándolo, lo mostró a todas, desencadenando un murmullo asombrado.
—¡Ábrelo, ábrelo! —gritaron varias.
Betty, apresurada antes de que regresara Patricia, lo abrió al azar, en una de las páginas centrales, donde había una lista.
El título decía, con una caligrafía que mezclaba la seriedad con la ilusión: «Chicos que me gustan.»
Debajo, organizado en columnas con una meticulosidad que revelaba un temperamento de estadística y también de cierta crueldad clasificatoria, aparecían varios nombres agrupados bajo unos títulos: Guapos, Simpáticos, Guapos pero tontos, Vivos, Con un «no sé qué». Y, al final, en letras un poco más grandes y subrayadas dos veces: «Imposibles».
Esta última categoría era la más larga. Y también la más trabajada. Tenía notas al margen. Observaciones. Incluso una flecha que conectaba un nombre con una anotación que decía: «En otro universo, quizá.»
Cuando Betty lo leyó en voz alta, la risa fue general, histórica, de las que dejan huella en la memoria colectiva de una generación. Algunas, las que escuchaban mencionar a su galán, se pusieron serias.
Lo que siguió, cuando llegó Patricia, fue de una intensidad que ninguna de ellas había visto fuera de las telenovelas. Hubo acusaciones. Negaciones. Una lágrima de Betty que pudo ser de arrepentimiento o de vergüenza, nunca quedó claro.
Patricia nunca se lo perdonó, no habían vuelto a hablarse y el resentimiento seguía vivo: tras cuarenta y tantos años, apenas se habían saludado.
Una amistad que se fue al fondo del río por culpa de una impertinencia.
Patricia lo recordaba y lo sentía aún, y levantaba las manos con la cara de quien no tiene nada que hablar, todavía.
—¡Perdónala —decía Mariela—, éramos unas niñas!
—Teníamos quince.
—¡Exactamente! ¡Unas niñas con criterio!
—La culpa no fue solo de ella —agregó Bárbara—. Todas éramos unas chismosas, todas se lo pedimos, prácticamente la obligamos a leer.
—¡Cierto! —corroboraron varias.
De pronto Betty, que sin que ellas lo supieran había escuchado todo, apareció y se puso frente a Patricia. Parecía tener un sapo en la garganta: quería decir algo que no salía. Sus ojos hablaron por ella, y los ojos acuosos de Patricia respondieron, y sin decir una sola palabra se lanzaron una en los brazos de la otra y lloraron. Todas lloraron.
Y Mariela pensó que era un alivio que algunas personas no cambiaran del todo. Que hubiera constantes en el universo. Que Patricia siguiera siendo Patricia y Betty siguiera siendo Betty, con la misma intensidad de cuarenta años atrás, para lo bueno y para lo que había costado perdonar.
Caminaron hasta el patio de atrás.
Allí estaba el árbol. Grande. Quieto. Con esa paciencia que solo tienen los árboles y los abuelos que han visto demasiado.
Nadie recordaba cómo se llamaba el árbol. Pero todas recordaban para qué había servido. Debajo de ese árbol se habían contado secretos que no se podían contar en otro sitio. Se habían llorado amores que duraron semanas pero que en su momento parecían eternos. Se habían diseñado planes tan elaborados como el del muchacho de la ventana.
—¡El de la ventana! —dijo Marina.
Y todas lo recordaron al mismo tiempo.
A medio año, apareció un muchacho que iba todas las tardes poco antes de la hora de salida, y se paraba al frente, justo frente a la ventana del salón. El mismo lugar, la misma ventana a la misma hora. Puntual. Metódico. Con una constancia que en aquel entonces parecía una declaración.
Bárbara estaba convencida, con la seguridad de quien ha meditado mucho el asunto, de que el muchacho iba a mirarla a ella. Pues sus miradas se encontraron muchas veces, y él siempre le sonreía.
Nadie lo conocía, era un misterio, era quizás un poco mayorcito, pero de que era guapo, lo era.
Organizaron una celada: Bárbara lo confrontaría.
El operativo fue impecable. Betty vigilaría el corredor. Angélica controlaría el salón. Y Marina distraería a la portera para que Bárbara pudiera salir. Tretas aprendidas de una película de espías que vieron en el cine esos días.
Bárbara logró salir. Apenas habló con él y regresó con la mirada baja, y casi arrastrando los pies.
—Es casado. Viene a recoger a su hijita, de jardín —les dijo.
Bárbara tardó varios días en reponerse. Luego, con la generosidad de quien ha sobrevivido una decepción y extraído de ella algo útil, convirtió el episodio en una teoría:
«Todos los hombres que parecen estar mirándote están esperando a alguien más.»
La teoría tuvo, con el tiempo, más aplicaciones de las que cualquiera habría esperado.
Mariela miró a sus compañeras.
Lizbet se masajeaba la rodilla con discreción y sin interrumpir la conversación, que es el arte de los que ya llevan años negociando con su propio cuerpo. Bárbara tenía manchas en el dorso de las manos que antes no estaban. Carmen hablaba de sus nietos con la misma intensidad con que cuarenta años atrás hablaba de los muchachos, y también, hay que decirlo, con la misma intensidad con que hablaba de aquel perro que cada año era un poco más grande.
Patricia había enviudado hacía tres años y lo llevaba con una mezcla de tristeza genuina y una energía que desconcertaba a sus hijos, que no terminaban de entender cómo su madre podía estar de duelo y al mismo tiempo tener más planes que ellos.
Betty y Marina habían vivido fuera del país durante décadas y habían vuelto con el acento levemente cambiado y la nostalgia muy intacta. Angélica, que siempre había sido la más seria de todas, seguía siéndolo, pero con esa seriedad cálida de quien ha aprendido que la vida tiene razones que la seriedad no alcanza a explicar.
Cada una llevaba consigo una vida entera. Completa. Con sus pérdidas y sus logros y sus cicatrices y sus cosas de las que estaban orgullosas y otras de las que preferían no hablar.
Y cargaban también, sin decirlo, con las ausentes: las que se habían adelantado al gran reencuentro del que nadie conoce la fecha pero al que todas, tarde o temprano, llegarán.
Mariela las sentía ahí, flotando entre las risas, colándose en los recuerdos, presentes a su manera, que es la manera más libre de todas.
Y sin embargo.
Bastaba mencionar al lechero. Bastaba decir «el de la ventana». Bastaba nombrar al perro de la camioneta. Bastaba que Carmen ajustara los lentes y abriera la boca de cierta manera para que todas volvieran, durante unos minutos, a tener dieciséis años, o quince, o la edad exacta que se tiene cuando un perro feliz decide, sin que nadie se lo pida, convertirse en leyenda familiar.
Mariela pensó que quizá ese era el verdadero milagro del reencuentro.
No regresar al colegio.
Descubrir que ellas nunca habían salido del todo.
Habían cambiado los vestidos. Los peinados. Los zapatos y los médicos y los nombres de los medicamentos que ahora cargaban en las carteras junto a donde antes cargaban las cartas. Habían cambiado las preocupaciones y los horarios y el tipo de cansancio. Pero allí estaban. Las mismas que se reían en los recreos con una risa que no pedía permiso. Las mismas que convertían una invitación en un beso y la espera de una hijita en una catástrofe romántica.
Las mismas que saltaban a una tolva huyendo de perros imaginariamente feroces y terminaban compartiendo el viaje con ellos. Las mismas que escribían cartas perfumadas con la colonia de otra y organizaban operativos de inteligencia con turno de vigilancia y portera distraída. Las mismas que vivían de lunes a viernes con una sola preocupación verdaderamente urgente: saber cuál era la fiesta del sábado y, sobre todo, si estaban invitadas. Porque el universo entero podía esperar, pero eso no.
Antes de marcharse, Mariela se quedó un momento sola en el patio.
Miró el árbol.
Miró la ventana del segundo piso.
Por un instante le pareció oír algo. Quizá el viento. Quizá el colegio, que después de tantas décadas de guardar los secretos de sus alumnas había aprendido a devolverlos suavemente cuando ellas volvían.
Salió.
En la puerta estaban todas.
Lizbet ya caminaba. Bárbara ya hablaba. Patricia ya se defendía de algo que nadie le había dicho todavía, que era su costumbre más antigua.
Algunos días después, luego de todas las actividades, cuando ya se despedían, Carmen se acomodó los lentes.
«¿Vamos?» Fueron.
Eran mujeres de alrededor de sesenta años con rodillas con carácter propio, carteras con medicamentos y vidas largas y complicadas y hermosas.
Pero se iban riendo como colegialas.
Antes del último adiós, Bárbara se detuvo. Miró a todas.
Con una seriedad que duró exactamente dos segundos.
—¿Se acuerdan del muchacho de los ojos azules?
Todas la miraron y respondieron al mismo tiempo, como si los cuarenta años de por medio hubieran sido apenas un recreo largo:
—¡El beso del lechero!
Y desde el fondo, sin que nadie se lo pidiera, la voz de Carmen añadió, con la solemnidad de quien defiende una hazaña deportiva:
—¡Y el salto a lo Comaneci!
Y volvieron a reír.
Con la misma risa de siempre.
Que es, a fin de cuentas, la única cosa que el tiempo nunca ha sabido cómo cambiar.
Advertencia necesaria (y probablemente inútil)
Cualquier parecido de los personajes de este relato con personas reales —vivas, jubiladas, abuelas, viudas o todavía enamoradas de un lechero que nunca llegó a la fiesta— es pura casualidad. O tal vez causalidad, porque estas cosas (las monjas de colegio con olfato de sabueso, los muchachos tímidos que confunden el queso con la mantequilla, los perros entusiastas que deciden adoptarte en plena huida, y los cuadernos que jamás debieron dejarse sobre el pupitre) parecen repetirse en todos los colegios de mujeres del mundo con una insistencia que ya no se explica por el azar, sino por alguna ley física todavía no descubierta.
El autor no se hace responsable si alguna lectora reconoce en estas páginas a su propia madre Miriam, a su propio lechero de ojos azules, o —lo más grave de todo— a su hermana, a si misma o a su propio cuaderno.