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En algún momento de mi paso por el colegio Miguel Grau, de Abancay, segundo de media, sentí el ardor del latigazo que el “Chivo” Jesús Acosta, propinaba a los alumnos faltosos o desobedientes.
En su condición de auxiliar, tenía todo el poder y rigor para corregir los entuertos de adolescentes que, en lugar de estar en clases, se “chitaban” para irse fuera del alcance de los vivaces ojos del Chivo.
Querido y condenado como consecuencia de su propio accionar, era un docente muy popular, exigente y de necesaria consulta para los permisos. Don Jesús, debía estar enterado de todo. Era su responsabilidad velar por la seguridad no solo del entorno estudiantil, sino y sobretodo de sus alumnos, de los grados que le correspondía como el auxiliar. En la formación de los lunes era el terror de los inquietos.
Un viernes cualquiera, casi al finalizar el recreo de la tarde, me enfrasqué en una pelea habitual, cotidiana con un compañero, natural de Tintay. El “chócatela para la salida”, era parte de la normalidad que terminaba a golpes, muchas veces fugaces. Con un abrazo pos chocolatera se ponía fin al desencuentro. Los rivales seguían siendo amigos.
Apenas terminamos el abrazo de la paz, luego de una trifulca con hinchada y barra presencial que nos rodeaban, se escuchó el grito agudo del Chivo: “Gómez… Núñez, a la dirección”. Asustado, todavía con la nariz embadurnada de sangre, y mi ocasional rival con un chichón morado en el pómulo, caminé detrás del Chivo.
Sin sermones ni gritos, hizo zumbar el zurriago de metro y medio que lo acompañaba hasta al baño, don Jesús soltó un latigazo que, con su punta anudada, me hizo ver a Judas calato. Me sonrojé y aguanté las lágrimas. El otro cholo, el de Tintay, era un mar de llantos. “Ya saben, la próxima serán tres chicotazos. A bañarse”, gritó haciendo bailar sus bigotes blancos bien afilados. Salí de la dirección rodeado con el consuelo de algunos amigos y la burla de otros.
Tenía rabia e iba masticando una venganza. “Carajo, ni mi padre me ha pegado así. Le robaré el látigo para quemarlo”, pensé. Pero el Chivo tenía ojos hasta en la espalda. Nunca estaba descuidado.
En casa, entre lágrimas me quejé con Laureano, mi padre, quien había llegado a la ciudad en su habitual visita de fin de mes. Miró con incredulidad la marca del látigo que resaltaba en mi trasero. “Iré el lunes a hablar con el director” dijo pausado y me llenó de calma. “Chivoemierda, ya verás”, ensayé un gozo vengativo.
Caminé junto a mi padre, arrastrando los pies por la avenida Seoane. Cada paso que daba me llenaba de dudas. “Señor Gómez, gusto en verlo, adelante” saludó don Jesús a Laureano.
Habíamos llegado quince minutos antes de la hora de la formación. El patio de honor estaba vacío. Me quedé afuera, en el pasadizo, esperando. Apenas dos minutos y salieron serios sin siquiera mirarme. Mi padre le alcanzó la mano: “Muchas gracias, don Jesús, a la próxima travesura dele más fuerte”. ¿Qué?, Sentí el rostro sonrojado y los pelos encrespados. Mis manos sudaban. No entendía nada. “En casa hablamos, hijo” y me alcanzó una moneda que fue a parar a manos de la tía Lora y sus papas rellenas.
Cuando llegué a casa, en el jirón Chalhuanca, Lauli ya se había ido a Lambrama. Nunca más hablamos del tema. Nunca supe qué le dijo el Chivo para que mi padre le agradeciera. Nunca más una travesura que provoque el latigazo del Chivo, del gran Chivo Acosta, que con ese rigor de antaño supo inculcarnos el respeto, el valor y la responsabilidad que hoy, cuando ya peinamos canas, reconocemos y valoramos.
Antes era mejor, sin dudas. Hoy ese auxiliar exigente, severo, castigador sería masacrado por las redes sociales. Los alumnos de vidrio o cristal lo denunciarían por abuso y violencia, por atentar contra sus “derechos humanos”. Los padres de familia exigirían su expulsión.
Gracias, Jesús “Chivo” Acosta, por esos zurriagos que nos enderezaron en algún momento. Miles de pikis miguelgrauinos de generaciones pasadas te recordamos con apego y reconocimiento.
