MILLENNIALS: PERROS POR BEBÉS

Los índices de natalidad en Occidente llevan décadas cayendo con la puntualidad de quien cumple una mala promesa. Este problema ya está empezando a afectar a sociedades como la nuestra, pero es álgido en Europa y otras sociedades más avanzadas, donde cada año hay menos cunas y jardines, porque cada vez hay menos niños. Cada año, más alarmas demográficas. Y como toda crisis necesita un culpable, el culpable ya fue encontrado: los millennials, esa generación sospechosa que llegó al mundo con audífonos puestos, con la nariz casi pegada a una pantalla y aparentemente decidió quedarse sin descendencia. Como si la historia de la humanidad hubiera llegado a su capítulo final y nadie hubiera avisado.

La explicación más popular es la del egoísmo. Los jóvenes de hoy, se dice, prefieren tener tiempo para divertirse, viajar, salir los fines de semana y dormir hasta tarde antes que asumir la responsabilidad de un hijo. Esta teoría tiene la ventaja de ser simple, reconfortante y completamente equivocada, que son exactamente las tres características que necesita una idea para volverse popular.

Y para rematar la acusación, ahí están los perros. Porque si algo caracteriza a esta generación es el amor incondicional que profesa a sus mascotas. Ergo, concluyen los analistas de sofá, los perros han reemplazado a los bebés. Caso cerrado. Siguiente tema.

Hasta el Papa Francisco se sumó a este diagnóstico y en una homilía les dijo a los jóvenes que dejaran de querer a sus perros y quisieran mejor a sus hijos. Consejo impecable, sin duda. Lástima que la neurociencia llegara después con datos bajo el brazo y lo complicara todo, como suele hacer la neurociencia con las ideas simples.

La investigadora Eniko Kubinji, de la Universidad de Budapest, se puso a estudiar el asunto con seriedad, y encontró algo que arruina el argumento del egoísmo de principio a fin: los niños no disminuyeron porque aumentaron los perros, ni los perros aumentaron porque disminuyeron los niños. Los dos fenómenos tienen la misma causa. Es decir, el problema no son los perros. El problema es otro, más viejo y más hondo, y como todo problema viejo y hondo, tiene la gentileza de no resolverse solo.

Ese problema es la destrucción del tejido social que, en generaciones anteriores, hacía posible recibir un bebé sin sentir que uno se lanzaba al vacío sin paracaídas.

El tejido hecho de madres y suegras que aparecían sin avisar para ayudar con el cuidado de los bebés, bañarlos, cambiarles los pañales y darles el biberón, de amigos que estaban prestos a apoyar, de vecinos que prestaban lo que hiciera falta. Todo eso fue desmontado prolijamente por las redes sociales y el posmodernismo, que prometieron liberarnos de todo vínculo y cumplieron la promesa con una eficiencia que francamente impresiona. Pocas veces en la historia algo ha funcionado tan bien para hacernos tanto daño.

Lo que quedó fue la soledad, pero no la soledad romántica que los poetas ensalzan, sino la otra, la fea, la que no sale bien en fotos. El neurocientífico John Cacioppo documentó que el cerebro interpreta la soledad como una amenaza, y reacciona elevando el cortisol y encendiendo todas las alarmas. Pero aquí viene lo cruel: ese mismo miedo que te genera la soledad te impide salir de ella, porque pedir compañía implica arriesgarse, y arriesgarse implica que alguien te puede fallar. Así que el cerebro, muy sensato él, decide que mejor no. Mejor los videojuegos o las series de televisión, donde nuestra soledad está a salvo porque los amigos y enemigos son previsibles y nadie te abandona sin que el guionista lo haya decidido primero.

Ahí aparece el perro.

El perro —y esto lo confirman resonancias magnéticas, no fantasías sentimentales— te quiere de verdad. No le importa si eres feo, chato, engordaste, no tienes dinero, si te fue mal en el trabajo o si tus opiniones políticas son un desastre. No te va a mandar un mensaje de texto a las once de la noche para «hablar». No te va a dejar por alguien con mejor sueldo, más joven o más divertido. El perro te quiere hoy, te quería ayer y te querrá mañana, sin condiciones, sin negociaciones y sin cara de pocos amigos. Te hace fiesta cada vez que llegas a casa, y no se resiente porque le escatimaste las caricias. Es, en resumen, todo lo que uno esperaría de un ser humano y que los seres humanos, con notable constancia, se niegan a ser.

Y sin embargo, aquí está el problema, que es donde la historia se vuelve triste de verdad.

El perro es un sustituto. El sustituto amable, peludo y sin malas intenciones de algo que perdimos. Como tomarse un vaso de agua cuando uno tiene hambre: aplaca algo, pero no es lo que el cuerpo está pidiendo. Porque las relaciones humanas son complejas, a veces insoportables y absolutamente irreemplazables. El otro ser humano puede decirte una verdad incómoda. Puede haber sufrido algo parecido a lo tuyo y mirarte desde ese lugar donde las palabras sobran. El perro, con toda su nobleza y su lealtad intachable, no puede hacer nada de eso, aunque a veces el brillo de su mirada pareciera decir lo contrario. Es perro. Nosotros somos otra cosa, aunque a veces cueste recordarlo.

La pregunta correcta, entonces, no es si está bien o mal querer a un perro más que a un niño. La pregunta es qué nos dice todo esto sobre la sociedad que hemos construido. Y lo que nos dice no es bonito: vivimos en un mundo que ha vuelto la reproducción tan costosa, tan solitaria y tan aterradora, que los jóvenes hacen lo que haría cualquier ser razonable puesto en un entorno hostil. Se adaptan. Y culparlos por adaptarse tiene el mismo mérito intelectual que culpar al termómetro por el calor.

El riesgo no es que los perros reemplacen a los bebés. El riesgo es que, como sociedad, seamos incapaces de reconstruir lo que destruimos: esa red invisible de afectos concretos que hacía posible, sin heroísmo ni sacrificio extraordinario, traer una vida nueva al mundo.

Mientras tanto, el perro espera en la puerta. Fiel. Sin juzgar. Sin entender del todo por qué su dueño lo abraza tan fuerte algunas noches.

Pero sintiéndolo igual.

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