MIS HUALLATAS DE TACCATA

por Efraín Gómez Pereira
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Reinicio

En Lambrama, a un animal de crianza familiar – una mascota-, se le conoce como “chita” y está vinculado generalmente con un menor de la casa. No se trata de un “juguete” personalizado sino de un encargo, una tarea, una responsabilidad que se le da al niño o niña, para que cuide del animalito que ha quedado huérfano o fue separado de sus padres por causas fortuitas.

Un cachorro, un pollo, un gato, un carnero, un pichinko, hasta un becerro o un potrillo puede convertirse en el amigo inseparable del infante, quien madura precozmente al valorar la importancia de un animal doméstico.

Recuerdo que mi hermano, Alfredo, el más engreído de don Laureano, cuando frisaba los ocho años, tenía como chita a un hermoso carnero blanco con vivos negros en el lomo, criado desde muy pequeñito a punta de biberones de leche de vaca y cortes de trébol tierno.

“Luchito” se llamaba el lanudo y tenía como sus dominios a la cocina, los altos y el llantahuasi, donde dormía. No había olla con mote o papahuaico, que se salve de sus apetitos y curiosidad, con la algarabía y festejo de Apelo. Cuántas ollas habrá roto con sus cuernos arqueados y filosos.

Andaba pegado a los pantalones de su dueño. Corría y saltaba con agilidad felina por todos los rincones de la casa de Tomacucho y se explayaba cuando lo llevaban a los pastizales y maizales de Oqopata, Luntiyapu, Cuncahuacho y Jukuiri. Era dueño de sus propias travesuras.

Mery Graciela, pequeñita ella, también tuvo su propia chita. Un gatito romano atigrado que llegó a casa envuelto en una chalina, dentro de las botas de don Laureano, en uno sus viajes de negocio hacia Lima.

“Eusebio” se llamaba el felino en honor al nombre del chofer del camión que retornó a papá desde la capital con la diminuta carga. “Miyatitoooooo” exclamaba la niña Mery, cuando alguno de sus hermanos pikis se atrevía a poner manos sobre el minino.

Pero las mascotas o chitas que más identificación tuvieron con los hermanos Gómez de Tomacucho, fueron dos hermosas y silvestres huallatas o huashuas, que llegaron a casa en una tarde lluviosa de enero de los años sesenta.

Ángelo “Haya” Huallpa, veterano apoyo de mi señor padre, había logrado rescatar a los polluelos abandonados en los totorales de la laguna de Taccata, luego que sus padres habían caído bajo las balas de un mal Guardia Civil.

Ojos vivaces, alas siempre extendidas, patitas rojas, pescuezo con brillo permanente y un caminar enseñoreado y bamboleante, caracterizaban a estas aves que se integraron al hogar sin tener otra alternativa.

Mimados al extremo. Engreídos más que los polluelos o patejos que abundaban en huallpahuasi y la huerta familiar que reverdecía tras los Altos, las huashuas eran una atracción en Tomacucho.

Crecieron a velocidad inusitada. Alzaban vuelo desde el layan que bordeaba el gran patio de la casa y aterrizaban en Qotomayo, en el estadio, en el patio de la escuela, en la plaza y bajaban hasta Itunez. Conocían las querencias de los Gómez y siempre andaban juntos. No eran pareja, eran dos machos, hermanos.

Cuando la familia se mudaba hasta Qahuapata para tomar leche y cosechar papas Qompis, las huashuas se sumaban al coro y eran felices en su hábitat. Volaban y sobrevolaban las pasturas de Qaraqara, Motoypata. Retozaban en los bofedales cercanos, en los pozos del río, buscando insectos, pastos verdes y semillas tiernas.

En las mañanas hacían de despertadores naturales pues sus graznidos característicos, agitaban al entorno familiar. En las tardes, a la hora del jesjento, buscaban la cercanía de los hermanos para que los lleven hasta el huallpahuasi, donde se habían improvisado nidos con paja y charamuscas secas.

Se confundían con las gallinas y patos a la hora de la merienda y se disputaban de igual a igual, el maíz o trigo que Julia les lanzaba con el lambramino “tacataca” en el gran patio de Tomacucho.

La tarde que uno solo regresó a casa, hubo duelo en la familia. Los hermanos lloramos la ausencia del par sospechando la fatalidad, que se confirmó al día siguiente. Buscándolo en las inmediaciones a Qahuapata, fue encontrado tieso, bajo la frondosidad de un pequeño bosque de marju. Había muerto atragantado con el pelo del caballo y no pudo hacer nada.

Al sobreviviente lo llevaron a Taccata, en la idea que podía buscar una pareja y vivir al natural. Nunca más lo vimos. Cada vez que miro una huallata al visitar la hermosa laguna lambramina evoco la imagen de mis huashuas, mis huallatas de Taccata.

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