Hablando con amigos —unas veces en la calle, otras entre el café y la resignación— hemos llegado a una conclusión compartida: frente a los candidatos de estas elecciones del 2026, no sabemos si echarnos a llorar, a vociferar o a soltar las carcajadas.
Y es que realmente, no estamos seguros de que haya algunos serios y para tomarse en cuenta, de lo que sí estamos seguros es que sí hay algunos mamarrachos que provocan llanto, enojo y risas, todo al mismo tiempo. Y lo más asombroso: algunos de ellos ya están en carrera política y buscan reelegirse. ¡Increíble!
Por eso me he permitido redactar este breve recetario, seguramente mejorable como todo lo humano, pero que ofrezco igual por si a alguien le sirve para entender por qué la mayoría de peruanos nos sentimos como pasajeros de un autobús sin frenos, conducido por un orate ciego, cojo y manco que recién está aprendiendo dónde está el volante.
Presentarse a un cargo público no debería ser un arranque de valentía desinformada ni un paseo dominical. Debería ser, ante todo, una demostración de que uno sabe lo que va a hacer.
Gobernar no es cosa de buenas intenciones ni de golpes de efecto: es oficio delicado que requiere preparación. Sin embargo, la política se ha vuelto una vitrina donde algunos candidatos parecen creer que el poder se consigue a fuerza de insistencia, de gritar más alto o de aparecer en todos los carteles posibles.
Para algunos, es simplemente una inversión: han vendido propiedades (ganado, vehículos y hasta casas) con la intención de recuperar y ganar, resarcirse e incrementar su capital. Como decía Carlos Gaviria: «Quien paga para entrar, entra para robar.»
Pero más allá de las intenciones, hay que considerar la capacidad real de estos candidatos.
A muchos no les faltan diplomas ostentosos, pero les falta lo básico. Porque el poder no mejora a nadie: lo desnuda. Y cuando quien manda no tiene ideas, ni criterio, ni la más mínima formación, ese vacío se hace público, escandaloso y, casi siempre, costoso para el resto de nosotros.
Conviene entonces enumerar —no como sueños de perfección, sino como mínimos de decencia— las condiciones que debería reunir quien quiera ser congresista, alcalde o presidente regional.
Primero: hablar con sentido.
No hace falta ser orador de academia. Basta con poder armar una frase que no se caiga a pedazos. Quien no logra expresar una idea difícilmente logrará ordenar un presupuesto, una oficina o una ciudad entera.
Segundo: tener ideas propias antes de tener ambiciones ajenas.
La política no es para experimentar ni para hacer la prueba. Quien se presenta debería traer propuestas pensadas, no ocurrencias improvisadas para arrancar aplausos. La improvisación en el gobierno se paga, y se paga con dinero que no es del improvisado, es el nuestro.
Tercero: saber qué es lo que uno viene a hacer.
Resulta alarmante que algunos descubran sus funciones después de salir electos. Conocer la ley, las atribuciones y los límites del cargo no es capricho de burócratas: es obligación elemental. Nadie entregaría su auto, que le costó años de esfuerzo y sacrificio, a un chofer que confiesa que «va aprendiendo sobre la marcha».
Cuarto: tener criterio, que no es lo mismo que tener opinión.
Opinar es fácil. Pensar cuesta. El criterio se forma leyendo, escuchando, viviendo y, sobre todo, dudando de uno mismo. Sin criterio, el gobernante queda a merced del rumor, del consejero ventajista y de la frase que suena bonita en televisión.
Quinto: poseer sentido común.
Ese don escaso que todos invocan y pocos practican. Es, lamentablemente, el menos común de los sentidos, a pesar del nombre. Sin él, la inteligencia se vuelve inútil y los diplomas, papel decorativo. El sentido común no se aprende de memoria ni viene sellado: se ejercita o no se tiene.
Aquí conviene una aclaración molesta. En tiempos donde los títulos universitarios se compran sin merecerse, los diplomas no garantizan nada. No prueban carácter, ni juicio, ni capacidad para gobernar. Apenas certifican que alguien pagó una matrícula y sus pensiones mensuales. Por eso, aferrarse a credenciales vacías es tan peligroso como despreciar el conocimiento verdadero.
Sexto: tener principios que no dependan del aplauso.
Gobernar no es agradar, sino decidir con justicia, aunque incomode. Quien ajusta sus convicciones según la última encuesta no gobierna: se deja llevar por el viento.
Ante este panorama, a nosotros los ciudadanos nos queda un ejercicio sencillo pero decisivo: escuchar. Escuchar con atención, con paciencia y con ojo crítico. No para dejarnos engañar por el ruido, sino para descubrir si detrás del discurso hay algo que valga la pena oír.
Y si no lo hay, el remedio es claro y saludable: seguir de largo.
Hoy que las redes están infestadas de propaganda, consignas huecas y basura verbal, ejercer el derecho a ignorar también es higiene cívica. Bloquear los mensajes y perfiles que ensucian las redes es una obligación. Bloquear no es censurar: es elegir no perder el tiempo.
No se pide genialidad, ni santidad, ni heroísmo. Se pide algo más sencillo y, paradójicamente, más raro: preparación, sentido común y respeto por la inteligencia ajena.
El verdadero problema no es que haya candidatos mediocres —eso ha pasado siempre—, sino que la mediocridad se presente como virtud y la ignorancia como señal de cercanía con el pueblo.
La política no necesita improvisados con micrófono ni aprendices eternos del poder. Necesita gente consciente de que mandar no es un escenario para lucirse, sino una carga pesada que solo debería asumir quien, al menos, se ha tomado el trabajo de entender lo que lleva sobre los hombros.
Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí, entre el café y la esperanza, preguntándonos si algún día veremos candidatos que no nos hagan dudar entre la risa, la cólera y el llanto. Porque esperar que surja uno que realmente nos convenza ya no es optimismo: es quimera pura, esperanza perdida, ese tipo de ilusión que solo cultivan los ingenuos o los que aún no han aprendido la lección.