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Un cuento con reflexión sobre la familia, los afectos, las fiestas, las tradiciones y, sobre todo, el amor propio
El problema comenzó con la llegada de un paquete que llevaba en su interior una carta, taparacos y unas paltas.
Elena lo sostenía en la cocina de su pequeño departamento mientras el tío Toribio, sentado a la mesa con la naturalidad de quien ha ocupado esa silla miles de veces, removía el café con una parsimonia que habría hecho llorar de impaciencia a cualquier reloj de pared.
—Es de la tía Hortensia —dijo Elena, agitando un sobre como si fuera una bandera blanca de rendición.
Mientras ella leía, el tío Toribio tomó un taparaco y partió una palta.
—Me invita a la reunión familiar del próximo mes. Dice que «la familia es sagrada» y que «mi ausencia sería imperdonable». Dice que culminará en una yunza, y que carnavalearemos como se debe.
—¡Nunca más oportuna! —exclamó el tío Toribio con un sarcasmo que podría haber cortado hierro.
Probó un pedazo de palta con la concentración de un químico analizando plutonio, o de un hombre que ha aprendido a apreciar las pequeñas certezas en un mundo de obligaciones familiares inciertas.
—¿La tía Hortensia, la misma que el año pasado te llamó «fracasada» porque no te casaste con ese ingeniero insoportable?
—La misma. Aunque en su defensa, también dire que me llamó «egoísta» por irme a vivir sola y «desagradecida» por no pasar todas las Navidades con ellos, escuchando cómo mi primo Sebastián es el orgullo de la familia.
—Sebastián, el muchachito de las tres empresas quebradas.
—Ese mismo. Pero son sus quiebras, ¿entiendes? Hechas con sangre de la familia, con ADN compartido. Eso las hace nobles.
El tío Toribio dejó el tenedor y miró a su sobrina con esa mezcla de ternura y sabiduría que solo setenta y tantos años de vida y una buena cantidad de errores propios pueden producir.
—Uhm… complicado. Me alegro de que solo sea tu familia y no la mía. ¿Y vas a ir?
Elena se dejó caer en la silla con el dramatismo de quien carga el peso del mundo, o al menos el peso de tres generaciones de expectativas familiares mal entendidas.
—No sé. Mi familia materna también es tu familia, por lo menos hay lazos políticos, y si quisieras ir, ten por seguro que te recibirán muy bien. —luego de una larga pausa, continuó— Me siento culpable si no voy. Como si estuviera rompiendo algún mandamiento invisible grabado en el árbol genealógico.
—Ah, sí —dijo el tío Toribio con ironía—. El undécimo mandamiento: «Honrarás las fiestas familiares, las costumbres y tradiciones locales, aunque te entristezcan el alma y empobrezcan tu bolsillo». Lo grabaron justo después de «No codiciarás los bienes ajenos», pero antes de «No te cuidarás a ti misma porque eso es egoísmo».
Elena no pudo evitar reírse, aunque la risa le supo amarga.
—¡Ay tío! Es que es mi familia, tanto como tú.
—No, querida. Son tus familiares. Hay una diferencia del tamaño del mar entre ambas palabras, aunque sean parecidas. Familia y familiares no es lo mismo, no me refiero a si es familia de sangre o familia política, en las dos se aplica. Son dos categorías distintas. Familia y familiares.
—¿Y cuál es esa diferencia según la cátedra de filosofía doméstica del tío Toribio? —replicó Elena, con cierto sarcasmo.
El viejo estrujó un buen pedazo de palta sobre el taparaco, rociando una pizca de sal y poniéndole unas gotas de limón, tomándose su tiempo como quien se prepara para pronunciar un discurso importante, o al menos uno que había estado madurando durante algún tiempo.
—Mira, los familiares son un accidente del destino. Así como naciste en Abancay, ese bello pueblo cerca del río Mariño, así como te tocó amanecer viendo esas hermosas montañas: el Quisapata, el Qhorahuire y el Ampay, así como te tocaron esos genes, ese ilustre apellido, recuerda que no elegiste nada de eso. Es como haber nacido en este país: puede que te sientas orgullosa y feliz de vivir en él o puede que pases la vida soñando con emigrar…
—Muy poético…
—Espera, que aún no termino. —tras morder y deglutir un buen bocado, continuo— La familia, la verdadera, es otra cosa. La familia es la que siempre está contigo, la que aparece cuando te rompes y no te pregunta por qué te rompiste para empezar a criticarte. Es la que te cuida cuando enfermas, no la que se limita a visitarte cinco minutos para cumplir con el protocolo. Es la que te llama frecuentemente, a veces hasta aburrirte. Es la que te conoce por dentro y por fuera, que sabe cuándo estás mintiendo al decir «estoy bien». Es la que te quiere y tú quieres. Es la que te respeta cuando dices «no» sin exigirte un tratado de justificaciones. Es la que celebra tus victorias sin compararlas con las del primo Sebastián y sus gloriosas quiebras empresariales.
Elena miraba el pure de palta sobre el taparaco, como si en este, estuvieran escritas las respuestas del universo.
—La abuela María siempre decía que la sangre es más espesa que el agua…
—Mi abuela María, tu bisabuela que en paz descanse, también creía que el televisor funcionaba porque había gentecita pequeña dentro del aparato. Con todo respeto a su memoria, no todas sus teorías eran exactas.
—Tío Toribio, por Dios.
—¿Qué? Estoy siendo práctico. La sangre puede ser más espesa que el agua, pero eso no la hace más nutritiva. De hecho, si intentaras beberla te enfermarías. ¿Ves? Hasta como metáfora es defectuosa.
Hubo un silencio en el que solo se escuchaba el tic-tac del reloj junto al crujido de los taparacos y el tráfico lejano de la Av. Javier Prado.
Elena pensaba, y cuando Elena pensaba, su rostro adquiría esa expresión de quien está resolviendo ecuaciones complejas o tratando de recordar dónde dejó las llaves.
—¿Sabés qué es lo que más me duele? —dijo finalmente—. Que me hagan sentir que estoy traicionando algo sagrado solo porque necesito protegerme. Como si el amor verdadero exigiera que te inmoles en el altar de la tradición familiar.
El tío Toribio se recostó en la silla, y por un momento su mirada se perdió en algún recuerdo lejano.
—El amor verdadero —respondió con una suavidad inusual en él— no exige inmolaciones. Eso es lo que hace el miedo disfrazado de amor. El miedo a estar solos, a perder el control, a que las cosas cambien. Pero el amor real, ese que vale la pena, te dice: «Sé tú, aunque eso signifique que seas diferente a mí». El amor no te pide que te vacíes para llenar el vaso de otros. El amor te cuida, no te consume.
—¿Cuándo te volviste tan sabio?
—Cuando aprendí a pensar por mí mismo, cuando me di cuenta de que la mitad de mi familia me criticaba por no haberme casado otra vez, por vivir como viejo soltero «desperdiciando mi vida». Y la otra mitad simplemente me dejaba ser. ¿Adiviná cuál de las dos mitades está más presente en mis oraciones matutinas?
Elena sonrió por primera vez esa tarde, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.
—Y los carnavales… ¿ya no te gustan?
El tío Toribio suspiró, y en ese suspiro había años de fiestas que fueron y ya no son.
—¡Claro que sí! No solo me gustan, me encantan, ¿A quíen no? No es acaso «El carnaval más alegre del Perú». El carnaval es hermoso cuando es lo que debe ser: música, coplas picarescas, comparsas que llenan las calles de color y creatividad, canto y poesía, sonrisas y jolgorio. Es nuestra memoria viva, lo que nos une como pueblo. Pero ya no son los de antes, lamentablemente. En muchos casos han evolucionado para mal. Hay mucha borrachera, desorden y bulla. Hasta el baile ha cambiado, el zapateo ahora más parece gimnasia que danza, ya no hay el «cepilladito» de antes
Hizo una pausa, untando otro taparaco con más crema de palta, y su voz adquirió un tono más reflexivo.
—¿Sabés qué es lo más triste del nuevo carnaval? Que te obligan a participar en nombre de la tradición, pero la tradición que defienden no es la de la alegría compartida ni el orgullo de ser de esta tierra. Es la de emborracharse hasta olvidar el nombre propio, hasta faltarse el respeto, como si el alcohol fuera el único idioma en el que algunas personas saben decirse las cosas. Y después, cuando pasa la fiesta y la resaca, todos vuelven a sus casas sin haberse dicho nada verdadero. El verdadero carnaval —ese que debería afirmar nuestra identidad, y si para el que antes uno se preparaba con meses y anticipación— está en la convivencia, en la calle como espacio de encuentro, en alegrarse con respeto, no en perder la dignidad ni la consideración por el otro.
—Si pues, tienes razón. Así que… no irás tampoco.
—No. Yo ya pagué mi cuota de borracheras obligatorias y yunzas interminables. Ahora elijo mis batallas, y créeme, ninguna batalla vale la pena si termina con vómitos, dolor de cabeza y reproches al día siguiente. Las costumbres están bien cuando te unen, pero cuando te separan de ti mismo, cuando te exigen que finjas alegría que no sientes o que participes en excesos que desnaturalizan su sentido, entonces ya no son costumbres: son solo trago y cadenas con serpentina.
—¿Qué haré entonces?
—¿Qué quieres hacer con la carta?
—Quiero escribirle a mi tía Hortensia y decirle que la quiero, que respeto que ellos vivan su vida como mejor les parezca, pero que yo también necesito vivir la mía. Que no iré a esa reunión porque tengo obligaciones, trabajo y necesito tiempo para mí, pero que eso no significa que no aprecie a la familia, menos que la odie.
—Suena razonable.
—Suena aterrador.
—Las cosas razonables suelen serlo.
Especialmente cuando implican poner límites a gente que nunca aprendió a respetarlos.
Elena tomó una hoja de papel y comenzó a escribir. Las palabras fluyeron más fácilmente de lo que esperaba, como si hubieran estado esperando años para salir.
El tío Toribio, mientras tanto, daba cuenta con dedicación religiosa, de un pedazo de queso «cachicurpa» encontrado en un rincón de la caja.
—¿Sabés qué es lo irónico de todo esto? —dijo Elena sin levantar la vista de la carta—. Que yo siempre pensé que elegir distancia era un acto de odio. Pero ahora entiendo que puede ser un acto de amor. Amor propio, que es el único amor del que realmente soy responsable.
—Mirá tú. Pasaste de «la familia es sagrada» a «el amor propio es sagrado» en menos de una hora. Eso es lo que yo llamo progreso espiritual acelerado.
—Es tu influencia corruptora.
—Prefiero el término «influencia liberadora». Suena más elegante para un viejo como yo.
Cuando Elena terminó la carta, la leyó en voz alta. Era honesta sin ser cruel, firme sin ser agresiva. Establecía límites con la claridad de quien finalmente entiende que puede amar sin sacrificarse, que puede respetar sin someterse.
—¿Qué te parece? —preguntó con voz insegura.
—Me parece que acabás de escribir tu declaración de independencia emocional. Feliz revolución, sobrina.
—¿Y si mi tía no lo entiende?
—Entonces seguirá sin entenderlo. Pero tú ya no necesitarás su comprensión para validar tus decisiones. Ese es el verdadero truco: darte cuenta de que puedes sobrevivir sin la aprobación de quienes nunca aprendieron a dártela de manera sana. Y mirá, no estás rechazando a la tía Hortensia como persona. Estás rechazando la obligación de presentarte a un evento que no te gusta y que hasta podría dañar la relación. Hay una diferencia enorme entre rechazar a alguien y rechazar lo que te piden que hagas.
Elena puso la carta en el sobre y lo cerró con un gesto que tenía algo de ceremonial, como quien cierra un capítulo de un libro que leyó demasiadas veces.
—¿Sabés qué voy a hacer ese domingo? —dijo con una sonrisa nueva, más liviana.
—¿Qué?
—Voy a hacer un pastel de manzana y unos maicillos. Y voy a invitar a las personas que realmente son mi familia. Tú, Karen del trabajo que siempre me escucha, el ingeniero Casaverde del tercer piso piso que me presta libros, mi profesora de yoga que me enseña a respirar cuando el mundo me ahoga.
—Esa es la familia que elegiste.
—Esa es la familia que me eligió a mí también. Y que me trata como merezco ser tratada. Sin necesidad de alcohol para soltarse la lengua ni de fiestas obligatorias para demostrar afecto.
El tío Toribio levantó su taza de café en un brindis imaginario.
—Por las familias elegidas, entonces. Por los vínculos que se construyen con respeto y no con culpa. Por aprender que la lealtad no significa anulación. Por saber que no necesitás emborracharte de tradiciones ajenas para celebrar tu propia vida.
—Por dejar de cargar con el peso de expectativas que nunca fueron nuestras —añadió Elena, levantando su propia taza—. Y por tener el coraje de construir vínculos basados en cuidado genuino, no en obligaciones heredadas.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre la ciudad, pintando el cielo con leves trazos de naranjas y rosas sobre el gris «panza de burro». En la pequeña cocina, un tío y su sobrina —dos miembros de una familia construida con intención y cuidado— brindaban por algo que muchos tardan toda una vida en entender: que el amor verdadero nunca exige que dejes de ser quien eres, sino que te celebra precisamente por serlo. Que la verdadera familia no se mide en litros de licor compartidos ni en yunzas sobrevividas, sino en momentos de honestidad como este, donde dos personas pueden mirarse a los ojos y decirse la verdad sin miedo a ser juzgadas.
Y si alguien le hubiera preguntado a Elena en ese momento si se sentía culpable por su decisión, habría respondido con la verdad más simple y profunda que había descubierto: que la única culpa imperdonable es la de traicionarse a uno mismo en nombre de lealtades que nunca fueron mutuas, de tradiciones que te vacían en lugar de llenarte, de obligaciones que te empobrecen el alma mientras pretenden enriquecerte el espíritu.
Mientras tanto, el taparaco, la palta y la «cachicurpa» que había tomado el tío Toribio, habían desaparecido completamente. Pero esa es otra historia, y las historias sobre el apetito del tío Toribio merecen un capítulo aparte.
