LA TIERRA ESTÁ CLAMANDO

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Una verdad incómoda

En 2006, Al Gore le puso rostro a un miedo que muchos preferíamos no mirar.

«Una verdad incómoda» se llamó aquel documental que llegó al cine, y el título no podía ser más honesto: advertía sobre el calentamiento global, sí, pero sobre todo advertía sobre nosotros. Sobre esa costumbre humana de mirar para otro lado mientras el termómetro sigue subiendo.

Veinte años después, la advertencia ya no es una posibilidad lejana. Es el paisaje de todos los días.

Olas de calor que aprietan más fuerte cada vez, incendios que devoran ladera tras ladera, sequías largas, lluvias que llegan cuando no deben y con fuerza y volumen desmesurados, océanos que hierven a fuego lento. Los científicos vienen anunciando esto desde hace décadas, con esa paciencia terca de quien repite lo mismo esperando que alguna vez alguien escuche.

Y como si fuera poco, la tierra tiembla también con más frecuencia, muchos temblores y hasta terremotos en distintos rincones del planeta. Uno no puede evitar preguntarse: ¿tendrá esto alguna relación con el calentamiento global?

Ante tantas advertencias, cabe preguntarse: ¿Estamos preparados?

En la costa peruana —y en muchas otras regiones— las ciudades crecieron de espaldas a la lluvia. Sin drenaje pluvial, sin techos que evacuen el agua, con balcones acopiadores de aguas, sin memoria de que aquí también puede diluviar. Por eso una llovizna, apenas una llovizna, convirtió calles de Lima en ríos hace unos días, e inundo muchos edificios. Ahora imaginemos, solo imaginemos, qué pasaría si un solo día lloviera allá como llueve en la sierra o en la selva.

Son muchas señales que llevan a una pregunta incómoda: ¿Qué ha hecho el mundo para prepararse ante lo que se viene? En el Perú, la respuesta es corta y dolorosa: nada. Y peor todavía, mantenemos con total indiferencia una práctica que sigue alimentando el fuego, literalmente: las quemas agrícolas.

En muchas comunidades andinas todavía se quema el rastrojo, el pastizal, la parcela entera, como se ha hecho por generaciones. Es tradición, es costumbre, es la forma que aprendieron de sus padres para «limpiar» la tierra. El problema aparece cuando el viento cambia de dirección y el fuego, que empezó pequeño y obediente, se convierte en un incendio que ya no escucha a nadie.

Las Naciones Unidas lo han dicho con todas sus letras: estas quemas son una fuente importante de carbono negro, ese contaminante que golpea fuerte al clima.

Aquí conviene ser justos. No se trata de señalar con el dedo al campesino andino, que repite un gesto heredado y que, muchas veces, no tiene otra alternativa, ni asistencia técnica, ni recursos para cambiar de método. Pero una cosa es entender el origen de una práctica y otra muy distinta es dejar que la tradición se convierta en excusa.

Quemar sin control una ladera, una chacra, un pastizal, en pleno tiempo de sequedad y viento, pone en riesgo bosques, viviendas, animales y, a veces, hasta la vida misma de comunidades enteras.

¿Y qué hace el Estado frente a esto? La siguiente anecdota, lo grafica claramente.

Un funcionario con muy buenas intenciones —de esos que de verdad quieren cambiar las cosas— decidió combatir las quemas campesinas con una campaña de sensibilización. Mandó imprimir unos folletos hermosos: a todo color, en papel cuché, en español y en quechua, con fotografías y gráficos explicando el daño que hace quemar el campo. Una pieza de comunicación digna de admirar. Hubo un pequeño detalle que se le escapó: buena parte de esa población era iletrada, y pocos, muy pocos, tenían la costumbre de leer.

Los folletos llegaron a las comunidades. Pocos o ninguno se leyeron. Algunos se guardaron con cuidado. Otros encontraron un destino mucho más práctico: sirvieron para prender las fogatas que se suponía debían evitar. Como dicen por aquí, «para qué hacerla difícil si se puede hacer imposible». La burocracia, cuando se lo propone, alcanza niveles de eficiencia verdaderamente admirables.

Hace pocos días, un fuerte sismo sacudió Abancay y buena parte de la sierra sur peruana. Y ahí, sintiendo el suelo moverse, surgió otra inquietud: la de los terremotos. El sismo de Ayacucho, reportado inicialmente por el IGP con magnitud 7,2, nos recordó algo que ya sabíamos pero preferíamos olvidar: vivimos en uno de los territorios sísmicamente más activos del planeta.

Y aquí hay que ser rigurosos, porque no todo tiene la misma causa. No existe evidencia de que el calentamiento global esté detrás de esta seguidilla de terremotos, ni de que tenga algo que ver con el gran sismo que los expertos vienen advirtiendo para la costa peruana. Esa es una amenaza sísmica real, distinta, conocida desde hace tiempo. El IGP lo ha explicado: frente a la costa central hay una zona donde las placas tectónicas permanecen acopladas, acumulando energía en silencio. Pero también ha sido categórico en algo importante: los terremotos no se pueden predecir con fecha ni hora. Son, entonces, dos amenazas distintas. Una climática. Otra tectónica.

Pero ambas nos enseñan lo mismo. No podemos impedir que las placas tectónicas se muevan. Eso está fuera de nuestro control. Lo que sí podemos hacer es prepararnos: construir mejor, dejar de atentar contra el planeta, tomar en serio la advertencia antes de que se convierta en tragedia. Tampoco podemos controlar completamente el clima. Pero sí podemos reducir nuestras emisiones, proteger nuestros bosques, dejar de alimentar incendios con prácticas que ya sabemos irresponsables.

Quizás la verdadera enseñanza de «Una verdad incómoda» no sea que todos los desastres comparten una misma causa. Es algo más simple, y más profundo: la naturaleza tiene sus propias fuerzas, pero es nuestra irresponsabilidad la que convierte un fenómeno natural en tragedia.

El campesino que quema su parcela sin las precauciones debidas. La autoridad que no fiscaliza. La ciudad que crece sin planificación. La vivienda levantada sin criterios de seguridad. El ciudadano que ignora cada recomendación de prevención, como si a él no le fuera a tocar. Todos, sin excepción, formamos parte del mismo problema.

La Tierra no necesita que la salvemos. Necesita, simplemente, que dejemos de comportarnos como si sus recursos fueran ilimitados y como si las advertencias pudieran esperar un poco más.

Porque quizás la verdad más incómoda de todas sea esta: los terremotos no podemos evitarlos, tampoco las lluvias y los huaycos, pero muchas de sus tragedias sí. Los incendios y no siempre podemos impedirlos, pero muchos los provocamos nosotros mismos, con nuestras propias manos. Y frente al cambio climático, todavía —todavía— estamos a tiempo de decidir qué planeta le vamos a dejar a los que vienen después.

Nota: Por alguna razón el documental aludido: «Una verdad incómoda» de Al Gore, es casi imposible encontrarlo hoy en internet, ¿Qué intereses habrá en acallarlo? Si lo encuentras y puedes verlo, compártelo; será una forma de ayudar a tomar conciencia.

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