El día en que el cielo bajó sobre Abancay
La noticia había corrido por Abancay como corren las noticias grandes en los pueblos pequeños: de boca en boca, de tienda en tienda, de la plaza al mercado, de las casas a las chacras y de las chacras nuevamente a las casas.
Ese día llegaría un avión a Abancay.
Nadie sabía con certeza si aterrizaría.
Algunos entusiastas aseguraban que sí. Otros, con la prudencia de quienes conocían las montañas, movían la cabeza y respondían:
—No creo. Abancay está metido en un hueco. ¿Dónde va a bajar un avión? Abancay es una olla en bajada. No. Córtame un dedo, apostó sin remilgos el viejo Vargas, apodado el sapo.
Meses antes la ciudad ya había recibido una de las señales de la modernidad: la televisión se unía a la música. Ahora faltaba el avión.
Andahuaylas ya tenía vuelos, aunque no fuera capital departamental. Por el lado de Cotabambas también existía una pista cercana a las minas de Progreso, Huanacopampa, si me exigen precisión. Abancay, en cambio, seguía rodeada por aquellas montañas que parecían haber sido colocadas allí deliberadamente para impedir que el mundo exterior entrara demasiado rápido.
Las autoridades de transportes apoyados por algunos abanquinos influyentes en Lima, habían mandado acondicionar una pista de aproximadamente mil quinientos metros en pampas que tenían dueños. Se tenía que hacer el altipuerto, así lo llamaron luego.
La noticia despertaba expectativas distintas.
Los comerciantes pensaban en negocios. Quizá de turismo, de restaurante, de hoteles.
Los funcionarios pensaban en progreso.
Algunos imaginaban que desde entonces Lima estaría más cerca.
Doña Yolanda, mujer de carácter firme y promotora incansable de la universidad para Apurímac, seguramente pensaba en otra cosa: viajar algún día a Lima con su equipo de lideres sociales para continuar las gestiones que mantenían movilizados a los jóvenes y a buena parte de la población. Ella sin el equipo también haría poco, en honor a la verdad.
Pero los muchachos tenían preocupaciones más inmediatas.
Ellos pensaban en Travolta.
Las muchachas pensaban en Olivia Newton-John.
Era la época en que la juventud de Abancay quería parecer moderno, escuchar música extranjera, bailar rock y pop y vestir como los artistas que aparecían en las revistas, en la televisión o en las portadas de los discos y en el cine.
Y entre ellos estaba Kemo Vildaguns, muchacho alto, flaco, de voz atiplada y limpia, una voz que parecía haber nacido para entrar por un micrófono y quedarse flotando en las casas.
Sus hermanos tenían un timbre parecido y también habían llegado a trabajar en radios del Cusco.
Kemo era uno de los promotores de aquella modernidad musical que comenzaba a cambiar los gustos de los jóvenes abanquinos. Competía con el Loco Viktor y sus “sesenta y los consagrados”
Aquel día, desde temprano, había puesto a bailar a la ciudad con dos horas de rock and pop desde Radio Apurímac. Mc Beker y Macho estaba de moda.
Después vendría el criollismo.
Pero antes de que llegaran las guitarras criollas, el cielo decidió hacer su propio programa.
El cielo se abrió
Era tiempo de cosecha.
En Tamburco, mientras Abancay esperaba al avión, nosotros estábamos en la chacra de mis padres, allí donde permanecía el caballo “Latigo Negro”, donde cortábamos alfalfa y comíamos duraznos e higos. Donde recogíamos choclos, cocos y cortábamos pisonayes para las vacas, también.
Era abirl y yo, con mi hermano; recogíamos el maíz seco que había quedado dispuesto en montículos, separados unos de otros, como pequeñas islas doradas sobre la tierra.
Tenía en la mano una tipina, aquel sencillo instrumento hecho de hueso o de madera afilada que servía para desbrozar la mazorca.
Mi hermano Carlos trabajaba conmigo. Ambos escuchábamos la radio a pilas que habíamos llevado. Sonaba bien. Sobre todo Good Times de Sheck.
Él lo hacía por unas propinas, por que andaba en amores. Y también quería ser Travolta. Asu manera.
La vida era así: trabajo, chacra, escuela, radio y, cuando se podía, alguna aventura. Como aquella con la chica de la Av. Seoane.
El sol había subido bastante. Ese día.
Serían cerca del mediodía.
Entonces sucedió mientras recogíamos las mazorcas del maíz y la chala.
Primero escuchamos un ruido.
No era un ruido conocido.
Era profundo.
Metálico.
Creciente.
Venía de arriba.
Carlos dejó de acomodar la carga que estaba preparando.
Yo levanté la cabeza dejando caer la chala.
El sonido se hizo más fuerte.
Y de pronto apareció.
Una Cessna bimotor descendió sobre nosotros con un estrépito que hizo temblar el aire.
La avioneta parecía demasiado grande.
Demasiado cerca.
Demasiado rápida.
Las vacas salieron disparadas.
Los caballos se asustaron y corrieron hacia cualquier parte de la chacra. Se ponían debajo de los pisonayes y los higos.
Los perros, especialmente los más bravos de las casas contiguas, levantaron el hocico y comenzaron a ladrarle al cielo como si pudieran desafiar aquella máquina que parecía haber venido con alma de demonio a disputarles el territorio.
—¡Mira! —gritó Carlos.
Yo no podía responder.
Estaba mirando.
Arriba.
Solamente arriba.
La avioneta pasó tan cerca que durante unos segundos pareció que las montañas se habían encogido.
Cuando pasó la música desde la radio siguió sonando:
Don Claudio y el latacóndor
Al frente de nuestra chacra vivía don Claudio Huamañahui, campesino de manos endurecidas por la tierra y de mirada acostumbrada a distinguir, desde lejos, el comportamiento de las nubes, el viento y los animales.
Pero aquel día no supo qué mirar.
Se llevó una mano a la frente para protegerse del sol.
Abrió la boca.
Y quedó inmóvil.
La avioneta comenzó a dar vueltas sobre Abancay.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Don Claudio las contó con la seriedad de quien cuenta las vueltas de una yunta alrededor de la chacra labrada.
Luego vino hacia nosotros apresuradamente. Niñucha, niñucha, decía asombrado.
Sus ojos estaban encendidos.
—¿Hastachu rikunki? —preguntó en quechua.
Yo todavía estaba tratando de entender lo que acabábamos de ver.
Don Claudio señaló el cielo.
—¿Ese latacóndor? ¿Hastachu rikunki?
La palabra me hizo sonreír.
Para él aquella máquina no era simplemente un avión.
Era algo nuevo que necesitaba ser explicado con las palabras de un mundo que todavía conservaba sus propias formas de nombrar las cosas.
Yo, con la boca todavía abierta, respondí mientras escuchaba el loco ladrar de los perros:
—Avión, don Claudio.
—¿Imata?
—Avión.
—¿Avión?
—Sí. Avión.
Don Claudio volvió a mirar hacia arriba.
—¡Ah! —dijo lentamente.
Y volvió a quedarse contemplándolo.
Como si acabara de descubrir que los hombres habían conseguido fabricar un pájaro de metal.
Los muchachos
Mientras tanto, en otra parte de Abancay, Pancho, el Nina, el Flaco Delgado, el Davico, y otros muchachos también habían escuchado el estruendo.
—¡Ya llegó! —gritó Pancho.
—¿Qué cosa?
—¡El avión, pues!
El Vidal levantó la mirada. Que vivía a un costado de la ciudad
—¿Dónde?
—¡Allá, huonazo!
El Flaco Delgado, más tranquilo, miró hacia el cielo.
—No va a bajar.
Pancho lo miró indignado.
—¿Y tú qué sabes?
—Porque estoy mirando. Acaso no tengo ojos.
—¡Está dando vueltas!
—Precisamente. Seguirá dando, no puede bajar weon.
El Davico intervino:
—Capaz que no encuentra dónde aterrizar.
Pancho se rio.
—¡Qué va a encontrar! ¡Si Abancay parece una olla! Ollazo. Ollazo.
El Flaco Delgado soltó una carcajada.
—¡Imagínate que se equivoque y aterrice en la plaza! O cerca a tu casa en Condebamba, Vidal
—¡Sería buenazo! —respondió Pancho—. Nos vamos todos a Lima.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Y quién paga?
Davico se quedó pensando.
—El alcalde. O el “pato carrion”
Las risas estallaron.
Eran muchachos.
Para ellos, aquel avión no representaba únicamente un avance tecnológico.
Era aventura.
Era espectáculo.
Era la posibilidad de imaginar una vida distinta.
La modernidad había llegado a través de la música, de la televisión, de las películas, de la ropa y ahora también parecía descender desde el cielo.
La autoridad mira hacia arriba
Las autoridades habían preparado la pista de aterrizaje tomando terrenos, incluso privados.
Había expectativa.
Había gente.
Había comentarios.
Había también temor.
Porque una cosa era decir que Abancay tendría aeropuerto.
Otra era conseguir que un avión pudiera entrar y salir de aquella geografía encerrada entre montañas.
Los funcionarios miraban al cielo intentando aparentar seguridad.
Nadie quería ser el primero en decir:
—Tal vez no pueda aterrizar.
Porque reconocerlo habría significado admitir que la naturaleza seguía teniendo la última palabra.
Y la naturaleza, en los Andes, no acostumbraba pedir permiso. Reclama su lugar y sus espacios.
La avioneta volvió a dar una vuelta.
Luego otra.
Desde las chacras, desde las calles y desde los caminos, cientos de ojos siguieron aquel movimiento.
Los campesinos dejaron sus herramientas.
Las mujeres salieron de sus casas.
Los niños corrían detrás de los adultos.
Los perros seguían ladrando.
Los caballos todavía permanecían inquietos.
Abancay entero parecía mirar hacia arriba.
Por un momento desaparecieron las diferencias.
El funcionario.
El comerciante.
El campesino.
El estudiante.
El policía.
La muchacha.
El niño.
Todos tenían la misma expresión.
Todos eran espectadores de algo que todavía no sabían cómo incorporar a su mundo.
La noticia por la radio
Entonces, cuando todavía permanecíamos pendientes del cielo, la radio interrumpió la música.
Kemo Vildaguns dejó el rock and pop: “Macho a wi wi huan”
La voz del locutor de las noticas entró con solemnidad.
El avión había aterrizado sin problemas.
La noticia corrió nuevamente por la ciudad.
Esta vez era verdad.
Había aterrizado.
La incredulidad se convirtió en orgullo.
Los comentarios se multiplicaron. Decían que al piloto algo de abajo se le había subido a la garganta.
—¡Ya aterrizó!
—¡Sí llegó!
—¡Dicen que va a Lima!
—¡Seis pasajeros!
—¡La SASA!
La avioneta pertenecía a la línea aérea SASA.
Y aquella palabra habría de quedar en la memoria de don Claudio de una manera muy particular.
Porque en quechua, sasa podía significar difícil, dificultoso.
Cuando le contaron que el avión había logrado aterrizar, don Claudio hizo una reflexión que parecía una sentencia:
—Sasachayana será.
Será difícil.
Como si hubiera comprendido, desde el primer momento, que una cosa era hacer aterrizar un avión una vez y otra muy distinta conseguir que aquellos vuelos se convirtieran en algo permanente.
Un instante de modernidad
La avioneta finalmente despegó.
Seis pasajeros viajaron hacia Lima con escala en San Ramón.
La máquina tomó altura y comenzó a alejarse. Atrás quedó el Pachachaca.
Desde Tamburco la vimos hacerse pequeña.
Primero fue una presencia enorme.
Después un objeto.
Luego un punto.
Finalmente desapareció detrás del horizonte por esos cerros azules oscuros que tiene Abancay.
Don Claudio permaneció mirando el lugar donde había desaparecido.
—Sasa —repitió.
Yo no sabía si hablaba del avión, del futuro o de Abancay.
Quizá hablaba de las tres cosas.
Porque aquella llegada significaba mucho más que un aparato aterrizando sobre una pista.
Significaba que el mundo exterior había conseguido entrar, aunque fuera por unos minutos, en aquel valle.
La televisión ya había llegado.
La música moderna ya había llegado. Y Kemo con el Loco Viktor daban testimonio de ese hecho.
Los jóvenes ya soñaban con Lima, Cusco, Arequipa y con ciudades que conocían apenas por relatos.
La universidad seguía siendo una demanda urgente para muchos.
Las autoridades hablaban de progreso.
Los comerciantes imaginaban nuevas oportunidades.
Los jóvenes querían viajar. Algunas chicas hablaban de Disney y Orlando.
Y los campesinos, que habían vivido siempre mirando el cielo para saber si habría lluvia, comenzaron a mirarlo también para descubrir si algún día volvería aquel pájaro metálico.
Pero don Claudio tenía razón en algo.
No bastaba con aterrizar una vez.
Había que vencer a las montañas.
Había que vencer la distancia.
Había que vencer la geografía.
Y quizá también había que vencer esa vieja costumbre de Abancay de mirar el progreso desde lejos, como quien observa una fiesta a través de una ventana.
Epílogo: el latacóndor
Muchos años después, al recordar aquella jornada, la escena permanece intacta.
El maíz.
La tipina.
Mi hermano Carlos.
Las vacas corriendo.
Los caballos espantados.
Los perros ladrando inútilmente al cielo.
Kemo poniendo música en la radio.
Pancho, el Vidal, el Davico y el Flaco Delgado imaginando que podían irse a Lima.
Los funcionarios intentando explicar lo que ocurría.
Y don Claudio, con la mano sobre la frente, mirando aquella máquina que parecía un enorme cóndor de metal.
—¿Hastachu rikunki? —había preguntado.
Sí.
Lo habíamos visto.
Todos lo habíamos visto.
Pero quizá no todos habíamos comprendido lo que significaba.
Porque aquel día Abancay no solamente vio un avión.
Vio el futuro pasar sobre su cabeza.
Y como todo futuro que llega demasiado pronto, primero produjo asombro, después esperanza y finalmente una pregunta que los abanquinos seguirían haciéndose durante muchos años:
¿Volverá?
Don Claudio ya había dado su veredicto:
—Sasachayana será.
Difícil será.
Y acaso aquella frase fue la más exacta descripción de la modernidad que estaba llegando a Abancay: un avión podía aterrizar una vez en medio de las montañas, pero convertir ese acontecimiento en una nueva forma de vida sería mucho más difícil.
Aquel fue, para nosotros, el día del Latacóndor.
El día en que el cielo bajó a mirar la ciudad.
Y Abancay, por un instante, levantó los ojos para mirarlo de vuelta. Y para nunca más.
Extracto del libro: «Agujas de Hielo» de Roger Bedia Benites 2026..
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