EL TIERNO ARTE DE VOTAR CON NÁUSEAS

La democracia peruana acaba de producir un milagro estadístico digno de estudio: dos candidatos impopulares que entre ambos apenas reúnen tres de cada diez votantes se disputan ahora quién gobernará a los diez. 

Es como si en una cena entre diez amigos, siete pidieran pescado, uno pidiera pato, otro alpaca, y el mesero llegara con los platos humeantes anunciando: «No hay pescado para nadie, pato y alpaca para todos. ¡Buen provecho!».

Los números cantan su propia elegía, y cantan desafinado. Keiko Fujimori arrastra 17.18% del electorado, Roberto Sánchez apenas 12.03%. Sumados no llegan ni al 30%. El resto, ese 71% que ahora parece invisible, debe elegir entre dos platos que no le gustan. 

La pregunta flota en el aire con la misma terquedad del smog limeño: ¿votar en blanco es responsabilidad cívica o capricho de privilegiado?

Hay toda una escuela de pensamiento que dice: «Entre la sarna y la lepra, elige la que menos pique y duela». Que ante el mal menor hay que cerrar los ojos, aguantar las náuseas y marcar con mano firme. Que la neutralidad es complicidad. Es un argumento con peso: elegir entre dos cirujanos falsos. Uno al menos se lavó las manos temblorosas, el otro llegó con resaca y sin anteojos.

El problema es que esta lógica te convierte en rehén de tu propio pragmatismo. Es como cuando tu mamá te dice: «Cásate con este o con aquel, pero decide ya». Y tú respondes: «Mamá, ninguno de los dos me gusta». Y ella insiste: «Pues escoge al que apeste menos». Así estamos: eligiendo pareja a la fuerza entre dos desconocidos que no nos interesan.

Votar en blanco o viciar el sufragio tiene su propia dignidad rebelde. Es decir con todas las letras: «Señores, ustedes no me representan ni me convencen». Es un voto que no aparece en las estadísticas ganadoras pero sí en tu conciencia tranquila. Que dice para la posteridad: siete de cada diez peruanos esto no lo quisimos, que conste en acta.

Pero ojo, que la pureza moral no paga las cuentas ni frena los desastres. Si alguno de estos dos personajes llega a Palacio de Gobierno con apenas 12% de respaldo genuino pero gobierna como si tuviera mandato divino, ahí estaremos los del 71%, mirándonos las manos limpias mientras el país se hunde. Los votos en blanco son nobles, poéticos incluso, pero no tumban gobiernos.

El verdadero escándalo no es la segunda vuelta. Es el circo que nos trajo hasta aquí. Treinta y seis candidatos presidenciales, más de 10,000 al Congreso. Todos queriendo comerse la torta como invitados groseros en cumpleaños ajeno. Ninguno juntó ni la quinta parte del país.

Hemos construido el sistema perfecto para multiplicar candidatos como conejos y dividir voluntades como una pizza en un salón de clases.

La democracia no es romance, es matemática. Y la matemática peruana de 2026 es brutal: siete de cada diez vamos a vivir cinco años bajo un presidente que no eligimos.

Hay pesimistas que dicen que ni siquiera serán cinco años. Que quien entre buscará perpetuarse, o lo vacarán, o vendrá un golpe de estado. Cualquiera de esas tradiciones peruanas que practicamos con más frecuencia que otros países celebran la Navidad. ¡Dios no lo quiera! Pero las apuestas están abiertas.

La responsabilidad, esa palabra que todos invocan y nadie define, quizá no esté en la cédula individual sino en el sistema que armamos entre todos para llegar a esto. Un sistema donde ganar con 17% se considera victoria y gobernar sin mayoría se considera normal. Un sistema diseñado para producir presidentes que empiezan derrotados y terminan destituidos.

Mientras tanto, ahí están los platos servidos. Y los diez comensales mirándolos, sin ganas de probar bocado. La cuenta hay que pagarla igual. Y el hambre, qué curioso, se nos quitó hace rato.

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