ENTRE LA VERDAD Y LA JUSTICIA

Mariana se tomó unos minutos para arreglarse mirándose en el espejo de la visera del coche. Cuando hubo terminado su arreglo, satisfecha a medias, metió la mano al bolso para volver a sacar la tarjeta de encendido, la encontró pero se le fue el alma del cuerpo cuando se dio cuenta que no estaba su celular. Revolvió todo dos veces. Nada. Entonces vio el tajo: una cuchillada limpia en el cuero, del tamaño de una mano. Le habían cortado el bolso. También faltaban otras cosas, documentos y tarjetas de crédito.

El susto le nubló el juicio. Arrancó bruscamente, sin mirar el retrovisor, con un solo pensamiento en la cabeza: llegar a casa, bloquear el chip, llamar al banco.

Sintió un frenazo y se detuvo, y entonces escuchó un golpe en el carril del costado, el que iba en sentido contrario, luego una cadena de bocinazos furiosos. Miró por el retrovisor y y esta vez salió cuidadosamente, un poco más allá vio un remolino de gente en la calle. Algo había pasado. No supo qué, pero tenía cosas urgentes que hacer y siguió manejando, diciéndose que probablemente no tenía nada que ver con ella.

Pero algo, en algún rincón de su mente o corazón, le decía otra cosa.

Esa noche no pudo dormir. Daba vueltas en la cama repasando el momento: la mano en el bolso, el tajo, el arranque sin mirar, los bocinazos, la gente agolpada al frente. Una y otra vez, como una película que alguien insistía en rebobinar.

Al día siguiente llegó tarde al trabajo, fue reprendida antes de salir a hacer las visitas del día.

A media mañana, mientras visitaba un hospital, haciendo las visitas promocionales a los médicos, escuchó a dos enfermeras comentar.

—Pobrecito, es chiquillito, ese muchacho de anoche sigue en coma.

—¿Qué pasó?

—Traumatismo craneal. La moto invadió el otro carril porque una camioneta le cerró el paso en la avenida Carrión.

—¿Él manejaba…?

—Parece que era el pasajero, el piloto se dio la fuga con la moto.

—¿Solo hay un accidentado?

—Hay otro TEC, pero está evolucionando bien.

Mariana sintió que el piso se movía. La avenida, la noche, la camioneta desconocida que le cerró el paso, todo encajaba, y sintió culpa.¡Ella había ocasionado el accidente!

Como visitadora médica, conocía a muchos y todos los recovecos de los hospitales. Se acercó a la sala de observación y preguntó, como si solo estuviera curioseando, pero de pronto, dio un salto cuando alguien le puso las manos sobre los hombros, desde atrás.

—¡Mariana! —le dijo un hombre de más o menos su misma edad. Ella exhaló un suspiro al reconocerlo.

—Raúl… me asustaste, canalla —dijo, reponiéndose—. ¿Qué haces aquí?

—Estoy por mi hijo—dijo el hombre, con la voz quebrada, agregó— Se accidentó anoche por poco muere…

A Mariana se le fue el color de la cara. Raúl le mostró a un muchacho en una de las camas de observación, donde había varias separadas por cortinas. Ahi dormía un muchacho con la cabeza vendada.

—¿Está muy mal? —preguntó ella, en voz baja.

—Traumatismo craneal. Estuvo en coma pero ya despertó. Dicen que hay que esperar, observar más.

Mariana lo miró un momento. Luego miró a Raúl. Tenía que decírselo.

—¿Qué pasó?

—¡Esa maldita…! —dijo Raúl, mordiéndose las palabras.

Ella se asustó. Dio por sentado que la maldecía a ella o a la camioneta. Está furioso. —se dijo— Creo que no es el momento para confesar que yo soy la culpable. Se prometió hacerlo después, cuando él estuviera más tranquilo.

—Yo trabajo con laboratorios, ¿sabes? —le dijo, ofreciendo lo único que podía ofrecer—. Cualquier medicamento que necesites, solo avísame.

—Gracias Mariana.

Ella le dio su número, él lo anotó en su móvil y marcó de inmediato, y de pronto comenzó a sonar cerca una melodía muy conocida: la melodía que ella usaba en su móvil, la marcha turca de Mozart en versión de El mago de Oz. Era el tono de su celular, no había duda, era tono que ella había programado.

Giró la cabeza en una y otra dirección, arriba y abajo, buscando la fuente, hasta determinar con incredulidad que el sonido venía de bajo la cama del muchacho.

Es el ladrón, pensó. Pero ¿cómo se lo digo al padre?

El teléfono calló.

—¿No es tu teléfono el que está sonando?, ¿Dónde lo dejaste?

Para estar segura, le pidió a Raúl que volviera a marcar. Y volvió a sonar, ya no había duda.

—¿Qué pasa, Mariana? Parece que hubieras visto un fantasma, ¡te has puesto pálida!

Mariana confundida no sabía qué hacer. No había duda de que era su celular, no había duda de que estaba bajo la cama del muchacho, y por último no había duda de que lo robaron ayer. Sumando uno más uno, llegó a la conclusión de que el muchacho era ladrón.

¿Pero qué hacía?

Recordó que había visto a un policía afuera, y decidió denunciarlo.

Disculpándose con Raúl, lo dejó sin darle explicación, y fue en busca del policía.

Raúl, desconcertado la siguió.

Cuando Mariana vio al policía, se acercó y le soltó todo de golpe:

—Ayer, me robaron el celular. Sin saber, sin querer, creo que atropellé… No, no atropellé , hice que se accidentara…

El policía, desconcertado, sin entender nada, la frenó.

—Señora, despacio. ¡No le entiendo nada! ¿Me está diciendo que usted causó un accidente…?

—No sé, es probable, quizás si fui yo, aunque no tuve intención de hacerlo, pero mi celular extraviado, robado, ahora está aquí, bajo esa cama —concluyó, señalando la cama del hijo de Raúl.

—¿Estás diciendo que mi hijo es un ladrón…? —dijo Raúl.

—¿Está segura de que es su teléfono…? —dijo el policía.

—¿Pero de qué hablas? —replicó Raúl, desconcertado—. ¿Qué moto? ¿Qué accidente? Mi hijo se cayó haciendo piruetas con la patineta, en el parque, no en la avenida. No tiene moto, nunca ha tenido moto. ¿Estas loca?

—Entonces dime —dijo Mariana, señalando hacia la cama— ¿por qué mi celular esta ahí abajo?

—¡Pues no lo sé! —respondió Raúl.

Volvió a marcar. Sonó otra vez, bajo la cama.

De pronto, un muchacho con la cabeza vendada, apenas cubierto por una bata que le dejaba todo el trasero al aire, salió de detrás de la cortina.

Tendría unos dieciséis años, flaco, con cara de niño y los ojos todavía nublados, ya fuera por el golpe o por el miedo. Miró a los presentes un instante, como calculando, se agachó, recogió una mochila de bajo la cama y retrocedió hacia el pasillo.

—Es mía —dijo, con una voz que no terminaba de convencer ni a él mismo.

—¡Pero ahí está mi celular! —gritó Mariana.

El muchacho dio un salto, y dando media vuelta, salió corriendo.

El policía por instinto corrió tras él, pero deteniéndose apenas, gritó:

—¡No se mueva de aquí, señora!

Raúl y Mariana se miraron sin palabras.

—¿Qué pasa, papá? —preguntó el hijo de Raúl, despertando de pronto entre los aparatos.

—Nada, hijo. Todo está bien. ¡Estas mejorando!

La enfermera, al escucharlo se acercó y les pidió salir.

Raúl y Mariana se alejaron hacia una ventana, sin poder mirarse, absolutamente confundidos.

—¿Pensaste que mi hijo era el ladrón? —dijo Raúl, en voz baja, con más tristeza que rabia— ¡Ya ves que no lo era! Probablemente es ese muchacho que salió corriendo.

—No, Raúl, no quise ir contra tu hijo, perdóname, pero me sorprendió que el celular sonara ahí, justo después de que me lo robaron anoche. No reflexioné, no sabía qué hacer…

—No termino de entender. Y tú, creías ser culpable del accidente de mi hijo, y no me dijiste nada.

—Te lo iba a decir. Pero cuando maldijiste…

—Maldije a la patineta, no a ninguna mujer.

—A la patineta

—Yo pensé que mal decías a la camioneta, a la conductora…, no te entendí.

—¡Odio las patinetas! ¡Casi le cuesta la vida a mi muchacho!

—Entiendo. Perdona.

Raúl resopló y se pasó la mano por el pelo.

—Entonces el chico de la moto era el ladrón… y estaba en la cama del lado. —Lo dijo despacio, como quien arma un rompecabezas—. Pero ¿Por qué estaba esa mochila bajo la cama de mi hijo?

—Se habrán confundido en el ingreso. En el trajín, en urgencias, esas cosas pasan… —quiso explicar Mariana, con aires de entendida.

—No me pidas perdón a mí —dijo Raúl, ya más sereno—. Tú solita te metiste en este lío. Me lo hubieras dicho antes. Ahora veremos cómo salimos. No digas nada más por hoy.

—Está bien. Gracias, Raúl. De verdad.

En eso se escucharon gritos afuera. Al salir vieron gente amontonada en la entrada del hospital. En el centro del tumulto, bajo las ruedas de un auto, estaba el muchacho de la bata. El mismo que minutos antes había mirado a Mariana con ojos de niño asustado, el mismo que había salido corriendo sin ver el carro. Alguien lo estaba cubriendo con una colcha.

El policía se acercó, todavía sin aliento.

—Salió a la calle sin mirar. Así de rápido fue —dijo, pasándose la mano por la cara. Luego abrió la mochila—. ¿Alguno de estos es suyo?

Había varios celulares adentro. Mariana reconoció el suyo de inmediato. Tocó el sensor de huellas y la pantalla se iluminó.

El policía la miró un momento largo, con los ojos cansados de quien ha visto demasiado en un solo turno.

—Lléveselo, señora. Váyase a su casa —dijo, cerrando la mochila—. No diga nada más.

Se dio la vuelta y se alejó.

Mientras Mariana caminaba hacia su camioneta, la culpa y el alivio peleaban dentro de ella sin que ninguno ganara. Un muerto y un hombre en coma, y en los dos había puesto ella su parte, de un modo u otro. ¿Callaría o volvería a confesar? Dejó la decisión para más tarde, sabiendo que la voz de la conciencia se oye mejor cuando se apoya la cabeza en la almohada.


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