VENCIENDO LOS MIEDOS

Una invitación a vivir plenamente

A veces, y más a menudo de lo que quisiéramos admitir, nos paralizamos por una lista de miedos que, a primera vista, parecen del tamaño de un edificio, pero que, al acercarnos con lupa, resultan ser del tamaño de una pulga con complejo de elefante.

Sin más preámbulos, preguntémonos sin pelos en la lengua: «¿Qué carajos nos da miedo?» Y ya con esa sola pregunta, sin necesidad de terapeuta ni de vela aromática, empezamos a ganar una perspectiva contundente y liberadora sobre estas preocupaciones tan comunes como inútiles.

El miedo a la muerte, a la quiebra, a la vergüenza, al rechazo, al ridículo, al fracaso, al juicio ajeno, a perder a quienes amamos, a equivocarnos e incluso a arriesgarnos: toda esa colección de fantasmas, cuidadosamente coleccionada como si fueran figuritas del álbum del Mundial, nos impide avanzar y experimentar la vida en toda su plenitud. Eso que en nuestro medio se resume en cinco palabras, pronunciadas con cara de velorio: «¿Qué dirá la gente?»

En una ocasión, una amiga muy joven y soltera que había quedado embarazada pedía consejo a mi hermana Mary, ya casada y con dos hijos.

—Y ahora… ¿Qué voy a hacer? ¿Qué dirá la gente?

Mary, sin pelos en la lengua y sin cobrarle la consulta, le respondió con la claridad que solo tienen quienes ya pagaron sus propias deudas con la vida:

—¡Y a ti qué te importa lo que diga la gente! Tú no has venido al mundo para complacer a la gente. Tú estás aquí para ser feliz. Ocúpate de eso: de ti, de criar a tus hijos. El resto no importa.

Hoy, esa amiga tiene dos hijos hermosos y vive feliz. Y mi hermanita, la que prodigaba tan buenos consejos, ya está en el cielo. Nos dejó el ejemplo sin quedarse a verlo cumplido. Eso también es generosidad.

Pero claro, aprender de los que ya se fueron es un lujo que no todos aprovechamos. La mayoría preferimos esperar. Esperar el momento perfecto, la señal correcta, las condiciones ideales. Y mientras esperamos, sin darnos cuenta, muchos nos hemos convertido en lo que los entendidos —esos que siempre tienen un nombre elegante para nuestras mañas— suelen llamar procrastinadores.

—¿Y qué es eso, papáy? —preguntará alguno, rascándose la cabeza.

Pues es nada menos que el arte fino de posponer para mañana el valor que nos faltó hoy: la excusa con diploma, el «ahorita lo hago» elevado a religión con feligreses fieles y misa todos los días. ¿Tú eres de esos?

Ahora bien, si analizamos esto con la cabeza fría —o al menos con menos pánico del habitual—, cada uno de estos temores tiene una respuesta que los desarma casi con humillante facilidad.

La muerte es inevitable para todos, no faltaba más. Nadie es tan especial como para librarse de la parca. La quiebra es reversible. La vergüenza es tan efímera como un meme de la semana pasada: nadie la recuerda, excepto uno mismo, que se flagela por deporte. El rechazo, el ridículo y el fracaso son parte del boleto de entrada a esto de estar vivo, y no hay forma de que nos devuelvan la plata. El juicio de los demás es inevitable —siempre habrá alguien opinando de nuestras vida como si fuera panelista de programa dominical, pero eso no debería definirnos ni desvelarnos.

Las personas vienen y van, cumpliendo su propósito en su momento, como el colectivo que uno toma: no se queda para siempre, pero nos lleva a algún lado. Los errores son oportunidades de aprendizaje disfrazadas de papelón. Y los riesgos, aunque intimidantes, son necesarios para evitarnos el dolor mucho más caro del arrepentimiento: ese que llega a los sesenta años, con frío en los pies y la vida ya contada.

En última instancia, la vida es un regalo efímero y precioso, aunque a veces venga envuelto en papel feo y sin moño. Cada momento es una oportunidad única para la alegría, el amor, la conexión, el crecimiento, la ridiculez necesaria y la travesura bien intencionada.

Al liberarnos del miedo, nos abrimos a un mundo de posibilidades y, por fin, empezamos a vivir sin tanto libreto ajeno.

No dejemos que el miedo nos robe la maravilla de existir. Atrevámonos a soñar, a amar, a explorar, a crear, aunque tiemble la voz y suden las manos. Gocemos cada momento sin pedir permiso ni emitir boleta.

Como decía siempre una mujer inteligente que se gana la vida haciendo de tonta:

¡Vive la vida y no dejes que la vida te viva!

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