EL ROMANCERO DE LUDOVICO

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Para escribir solo existen dos reglas: tener algo que decir, y decirlo.

Ludovico Molero Poma tenía algo que decir. Y lo dijo del modo más terco posible: en romance, esa forma antigua que casi nadie se atreve a tocar porque exige oído, paciencia y una cuota de humildad ante la tradición. Mientras media poesía peruana contemporánea corre detrás del verso libre, este autor decidió incursionar en algo más rígido, más exigente, y vestir con ese estilo a todo el Perú. El resultado se llama Romancero peruano, y hoy, a las once de la mañana, finalmente se presentó ante el público que lo esperaba.

La Casa de la Cultura de Abancay se llenó desde temprano. No a medias, no con esa concurrencia tibia que a veces disimula bostezos en butacas acolchadas, sino llena de verdad, con gente, por momentos, hasta de pie en los pasillos y esa sensación rara de que algo importante estaba ocurriendo ahí dentro.

Y hubo, además, una presencia que muchos no esperábamos. El alcalde, llegó, y llegó puntual, y ocupó un lugar en el estrado de honor, acompañado de varios de sus regidores, para escuchar poesía junto a a la gente culta que se había reunido para ese evento.

 

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Ojalá esto sea el comienzo de algo, porque la cultura en esta provincia lleva demasiado tiempo relegada al último lugar de la agenda municipal, tratada como adorno y no como lo que realmente es: el alma de un pueblo que se niega a olvidarse de sí mismo.

Conviene aclarar algo antes de seguir. El romance no es un capricho estético ni una pose de erudito. Nació para ser cantado por juglares y trovadores, allá por el medioevo, para que un pueblo no perdiera el hilo de su propia historia en la época en que los libros eran lujo y la memoria oral, necesidad. El soneto persigue la perfección de su forma. La décima presume ingenio. La oda exalta y la elegía llora. El romance, en cambio, simplemente narra, y al narrar, guarda. Molero Poma parece haber entendido que el Perú de hoy, con toda su prisa y su ruido, todavía necesita alguien que cuente las cosas despacio.

Un mapa hecho de nombres

Lo primero que sorprende al abrir el libro es que no hay improvisación. El índice, que el propio autor bautizó como «Elenco de títulos», funciona casi como una brújula: arranca en Abancay y desde ahí se despliegan el huayruro y el añil, el Niño Dios, el huarango, Micaela, el Pachachaca, Tamburco, Patibamba, la vizcacha, los ríos profundos. Cada nombre es una piedra más en un camino que, visto de lejos, dibuja el Perú entero, aunque los pies del poeta nunca dejen de pisar su tierra.

Y en ese recorrido, la naturaleza jamás aparece como decorado. Los ríos hablan. Las piedras recuerdan. Los caminos laten bajo el peso de quien los transita. Las campanas despiertan algo que llevaba tiempo dormido. Antonio Machado escribió alguna vez que todo pasa y todo queda, y leyendo estos versos uno entiende bien la frase: nada de lo andino se ha ido del todo, sigue quedando, respirando entre líneas, esperando a que alguien vuelva a nombrarlo.

La fiesta como memoria, no como postal

Todos los romances son buenos, pero hay algunos que impresionaron de manera especial al autor de esta nota, como el poema dedicado al Niño Dios que merece mención aparte. No describe una fiesta con la distancia de un folleto turístico, con sus colores bonitos y su bullicio de fondo. Describe algo más difícil de capturar: un pueblo que se junta, que canta, que baila, que reza, y que al hacerlo, se reconoce a sí mismo. Aquí la religiosidad popular no es folclore de vitrina para extranjeros curiosos. Es identidad viva. Es memoria compartida. Es, sobre todo, un modo de pertenecer que no necesita explicación porque se siente en el cuerpo.

Llama la atención la musicalidad de sus versos, y eso se explica porque Molero Poma también es músico, y eso se nota en cada verso. Se percibe en el pulso de las estrofas, en la naturalidad de las imágenes, en esa sensación constante de que muchos de estos poemas están pidiendo a gritos ser dichos en voz alta y no solo leídos con los ojos entrecerrados de la costumbre. El romance nació para el oído. Este libro se lo devuelve, casi como quien salda una deuda antigua.

Un símbolo, un país

Entre todos los textos, se empieza con uno que se queda especialmente pegado a la memoria del lector: «El huayruro y el añil». Ahí, el autor convierte dos símbolos sencillos en una metáfora hermosa del Perú mestizo, donde lo andino y lo hispánico no se enfrentan como en tantos discursos gastados, sino que dialogan y construyen algo juntos.

Y esa capacidad de convertir lo pequeño en universal recorre todo el libro. Ahí está, quizá, su mayor virtud. Aunque hable todo el tiempo de Abancay, de sus cerros, de sus nombres, de sus fiestas, jamás se queda encerrado en ella. Desde Abancay, termina hablándole al Perú entero, como esas ventanas pequeñas desde las que, sin embargo, se alcanza a ver un paisaje inmenso.

Como toda ópera prima, este libro deja asomar sus lecturas. En ciertos pasajes resuenan ecos de Arguedas, de Vallejo, de Lorca, incluso de Chocano. Pero esas presencias no ahogan la voz propia del autor, más bien revelan de qué se ha alimentado. Y esa voz ya empieza a afirmarse con imágenes que le pertenecen solo a él.

Un amanecer que se hizo esperar

Vivimos tiempos que escriben para el instante, para lo que se consume rápido y se olvida más rápido todavía. Romancero peruano fue escrito para quedarse, para que alguien lo abra dentro de diez años y encuentre matices que la primera lectura no le dejó ver. Porque los pueblos sobreviven mientras conservan su memoria, y esa memoria no vive solo en los archivos ni en los libros de historia. También vive en la poesía, que guarda lo que ningún dato podría: los afectos, los paisajes, las voces, los silencios.

Hoy a las once de la mañana, la Casa de la Cultura de Abancay se llenó para escuchar a un poeta de 19 años que tenía algo que decir. Y ojalá esta mañana no quede como una excepción bonita en medio del abandono, sino como el primer gesto de un amanecer que la cultura de esta provincia viene esperando desde hace demasiado tiempo.

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