EL TÍO DESPISTADO Y LA BODA FELIZ

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Hoy se casó Willito, mi hermoso sobrino que de niño lucía siempre una hermosa sonrisa mostrando  sus grandes y relucientes dientes, sonrisa que quizás vaticinaba ya, su vocación por la odontología. Ese Willito, hoy, con la insolencia silenciosa del tiempo, es un hombre que ha conquistado el corazón de una mujer.

Pero antes de contarles esta hermosa historia de amor, debo confesarles, con un poco de vergüenza, la anécdota previa. Porque uno no puede narrar un triunfo sin admitir primero el tropiezo. Eso, al menos, me lo enseñó la honestidad. O quizás fue el ridículo.

A las diez y media en punto —como recordaba haber leído en el parte— estaba plantado frente al Templo de la Compañía de Jesús, en la Plaza de Armas del Cusco, con mi mejor traje, listo para ser el tío puntual y ejemplar que todo sobrino merece tener.

Había un pequeño problema: no había nadie. Es decir, no es que la plaza estuviera vacía. Había gente, bastante gente. Pero era la clase de gente que lleva mochila, cámara y cara de asombro universal: turistas. Ninguno con pinta de ir a un matrimonio, salvo yo. Un hombre de traje entre mochileros es, convengamos, una figura que inspira más lástima que admiración.

Me acerqué a la ventanilla con la dignidad que me quedaba y pregunté.

—El matrimonio es a las once y media —me informó una señorita, con amabilidad genuina—. Si gusta, puede esperar adentro —agregó.

Acepté y entré. Uno no rechaza la hospitalidad, y menos cuando no tiene adónde ir.

El interior de la Compañía de Jesús recibe al visitante con una oscuridad que al principio desconcierta, como si el templo quisiera que los ojos se acostumbren despacio, que no haya atajos para la belleza. Y cuando la vista se acomoda, el espectáculo es tal que uno se pregunta cómo es posible que los hombres, siendo tan pequeños, hayan construido algo tan grande.

La nave es enorme. Los altares, dorados hasta el exceso, con exuberancia barroca. Los lienzos coloniales cuelgan como testimonios silenciosos de una fe que no necesitaba ser modesta. Y sobre todo eso flota una atmósfera de recogimiento que obliga, sin violencia, a bajar la voz y a pensar en cosas más serias que uno mismo.

Los turistas miraban todo con admiración.

Vi sentada a una simpática señorita con traje de fiesta, y me senté cerca y, con esa confianza que da el frío y la soledad compartida, inicié conversación.

—¿Usted también viene al matrimonio de Willy?

—Sí —me respondió ella, sonriendo—. Somos compañeros de universidad. ¿Usted es pariente?

—Sí, soy su tío —le dije.

Nos pusimos a conversar y resultó ser una compañía excelente. Adriana era muy amena y parecía conocer mucho de templos. Hablamos de muchas cosas. Del Cusco, de la vida, de esas conversaciones que nacen entre desconocidos y que tienen, paradójicamente, más franqueza que muchas entre viejos conocidos. Pero el frío del templo terminó por vencernos, y casi tiritando acordamos salir a tomar un poco de sol afuera.

Nos sentamos en una banca al frente, en la misma Plaza de Armas, y desde allí, mientras disfrutábamos del sol, contemplamos la fachada de la Compañía. Adriana me hablaba de detalles arquitectónicos con una precisión que me sorprendió gratamente. Claramente, sabía de lo que hablaba. Yo asentía con la convicción del que escucha atentamente, que no siempre es lo mismo que entender.

Luego nos antojamos de helados —porque vimos pasar a unos turistas con sus conos repletos de coloridos helados— y conseguimos los nuestros y los disfrutamos con satisfacción.

Cuando terminamos y ya veíamos entrar al templo a personas con terno y trajes de fiesta, decidimos que era hora de unirnos. 

En la puerta nos saludaron dos jóvenes oficiales del ejército.

—Creo que son hermanos de Willy —dijo Adriana.

—No lo creo —respondí yo, con la seguridad del que cree saber—. Willy tiene una sola hermana. Almendra.

Adriana no estaba segura. Yo tampoco, ya. Y entonces, con la lentitud del que no quiere llegar a una conclusión incómoda, empecé a atar cabos.

—Me dijiste que estudiaste con Willy ¿en la universidad…?

—Sí, también soy ingeniera.

—¿Ingeniera? —repetí, como si la palabra necesitara ser examinada dos veces.

—Si, los dos estudiamos en la San Antonio Abad —confirmó ella, con una sonrisa completamente inocente.

Se me pararon los cabellos, pues Willy es odontólogo y no estudió en la San Antonio. 

Hice una veloz llamada y tras constatar que el matrimonio al que yo iba se estaba realizando en otro templo cercano, me disculpé con Adriana, me despedí apresurado y salí como alma que lleva el diablo.

Seguramente causé sorpresa y risa entre los transeúntes con los que me crucé, mientras corría hacia el templo de Santo Domingo, pero ya no me quedaba orgullo que proteger.

Llegué justo cuando empezaba el rito nupcial, con el aliento agitado y el orgullo magullado. Entré riéndome de mí mismo, pero pronto la majestuosidad del templo y la ceremonia me llamaron al orden, las naves elegantes del templo, los altares finamente tallados y recubiertos en pan de oro, los lienzos de gran valor histórico y la delicadeza de cada detalle ornamental creaban un ambiente de profunda serenidad y reverencia. 

Ademas, el romanticismo que se respiraba me puso sentimental.

Porque Willito y Valeria se miraban con una intensidad que solo se da cuando dos personas han decidido que el resto del mundo puede esperar. Esa mirada que tiene el poder de silenciar cualquier anécdota, cualquier torpeza, cualquier hora perdida en el templo equivocado.

Se juraron amor eterno. Y uno escucha esas palabras tantas veces en la vida que ya casi no las oye. Pero hay momentos en que sí se escuchan. Momentos en que las palabras recuperan su peso original, su gravedad de primera vez. Este fue uno de esos momentos.

Después fuimos a festejar, en un local hermoso de Saylla, donde los testimonios continuaron y los juramentos se multiplicaron, y donde varios espíritus sensibles —entre los que me incluyo sin vergüenza— tuvimos que recurrir al pañuelo. Porque hay llantos que no son tristeza: son reconocimiento. El reconocimiento de que algo bueno, algo verdadero, está comenzando.

Y ahora, desde esta tribuna improvisada, quiero decirles algo a Wilfredo y a Valeria.

El amor, queridos, no es el momento de la boda. La boda es solo el umbral: hermoso, sí, luminoso, sí, pero es solo la puerta. Lo que importa está adentro, en los días que nadie fotografía, en las mañanas sin ceremonia, en las noches donde no hay música ni aplausos sino solo dos personas que han elegido, una vez más, estar juntas.

El amor verdadero no se pronuncia una sola vez ante un altar. Se pronuncia en voz baja, todos los días, en los gestos pequeños que el mundo no ve: en la taza de café que uno prepara para el otro, en el silencio que se comparte sin incomodidad, en la mano que se tiende en la oscuridad sin que nadie lo pida.

Ojalá que la vida les dé muchos días ordinarios y hermosos. Ojalá que cuando los años pasen y el mundo les ofrezca toda clase de distracciones y desvíos —como a mí me ofreció hoy un templo equivocado y una conversación encantadora— ustedes siempre encuentren el camino de vuelta al lugar correcto: el uno hacia el otro.

Porque eso es, al final, lo que significa estar casados: saber siempre a cuál templo perteneces.

Felicidades, familia León Álvarez. Que el amor que hoy comienza sea más grande que todo lo que hoy imaginan, y más duradero que la piedra barroca que esta mañana, sin saberlo, me cobijó mientras los esperaba.

Y a Adriana, dondequiera que esté: gracias por la compañía y la conversación. Espero que la boda de su Willy también haya sido hermosa, y que volvamos a encontrarnos en algún momento

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