EL ALMA DE LOS AUTOS QUE YA NO DEBERÍAN ANDAR (PERO ANDAN)

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Muchos de nosotros tenemos recuerdos, a veces dulces y a veces endulzados por el tiempo. Personas maravillosas que pasaron por nuestras vidas, mascotas que nos dejaron un gran recuerdo, y también —cómo no— autos que fueron hitos en nuestras vidas.

Autos de los abuelos, de los padres, de los tíos o de la enamorada, en los que muchas veces aprendimos a manejar, fueron cómplices silenciosos de nuestras primeras aventuras, y hasta a veces soportaron las consecuencias de nuestra imprudencia juvenil.

¿Cómo no querer esos carros?

Pero a veces ese amor se exacerba, y se empieza a quererlos por lo que representan, aunque no sean parte de nuestra historia personal, porque pareciera ser que estos autos tienen alma.

Y tal vez la tienen.

Hay algo que no termina de explicarse del todo racionalmente en el hecho de que un hombre adulto, con responsabilidades serias y una vida ordenada, dedique sus fines de semana a rastrear repuestos imposibles, a limpiar carburadores que llevan décadas sin ver gasolina, y a enamorarse de una carrocería que tiene más abolladuras que años tiene él mismo. No es nostalgia solamente. La nostalgia es un sentimiento pasivo, una melancolía que se padece. Esto que sienten los aficionados a los autos antiguos es otra cosa: es una vocación. Una obstinada, grasosa, hermosa vocación.

En el mundo entero, este amor tiene nombre, dirección y calendario. Los clubes de autos clásicos proliferan desde California hasta Turín, desde Buenos Aires hasta Tokio. Hay concursos de elegancia donde un Bugatti de 1937 compite en belleza con una escultura del Louvre, y gana. Hay ferias donde una familia entera se traslada trescientos kilómetros para ver de cerca un Ford Modelo T, el mismo que cambió la historia del transporte y que hoy luce más digno que cualquier SUV recién salido de fábrica. Hay comunidades enteras construidas alrededor del respeto por lo que fue hecho para durar, en tiempos en que las cosas todavía se hacían para durar.

Porque eso también es parte del asunto: estos autos son una crítica silenciosa a nuestra época. No necesitan decir nada. Solo aparecen, con su cromo brillante y su motor rugiente, y ya con eso incomodan a todo lo desechable que nos rodea.

Pero no hay que irse tan lejos para encontrar esta pasión.

En Apurímac, tierra de gente de múltiples aficiones y que tiene entre sus virtudes la de no rendirse fácilmente, existe el Club del Automóvil Antiguo, una institución que preside con entusiasmo genuino el odontólogo Augusto Herrera Niño de Guzmán. Un hombre que, como todo buen aficionado a los clásicos, sabe perfectamente que hay cosas más importantes que la prisa.

El Club reúne a propietarios y entusiastas de vehículos que ya cumplieron décadas de servicio y que, lejos de jubilarse en algún desguace, han sido rescatados, restaurados y puestos de vuelta en circulación con una dignidad que avergüenza a muchos autos nuevos. Aquí, en medio de la geografía andina, con el Apu Ampay de testigo y el río Mariño corriendo abajo como si también fuera a llegar tarde a algún sitio, se organizan encuentros donde el tiempo parece funcionar de otra manera.

Más que una afición, lo que el Club del Automóvil Antiguo de Apurímac promueve es la preservación del patrimonio automotor como parte de la memoria histórica del país. Cada vehículo restaurado es un testimonio vivo de ingeniería, diseño y cultura, rescatado gracias al esfuerzo de sus propietarios, quienes invierten tiempo, conocimiento y recursos para devolverle la vida a máquinas que se resisten a desaparecer.

No es raro ver en esas reuniones a un Dodge de los años cincuenta estacionado junto a varios Volkswagen escarabajos que conocieron el mundo antes de que muchos de sus admiradores nacieran. Ni es raro ver a sus dueños hablar de sus máquinas con la misma mezcla de orgullo y ternura con que se habla de un familiar querido. Porque para ellos, lo son.

El doctor Herrera lo sabe bien. Presidente y fundador del Club del Automóvil Antiguo de Apurímac, ha sido uno de los principales impulsores de esta causa en la región. Pero su vínculo con estos autos no es reciente: nace en la infancia, cuando su padre le sembró esa fascinación por los motores, por el sonido metálico de las máquinas y por la paciencia que exige devolverles la vida. Presidir un club así no es solo firmar documentos y organizar el calendario de eventos. Es custodiar una memoria. Es insistir, con elegancia y con tuercas, en que lo bello tiene derecho a seguir existiendo aunque el mercado diga lo contrario. Gracias a su dedicación y a la de quienes lo acompañan en este empeño, Abancay ha comenzado a posicionarse como un referente del automovilismo clásico en el sur del Perú, promoviendo no solo esta afición, sino también la cultura y el turismo en la región Apurímac.

Y este año, esa insistencia tiene fecha, hora y dirección.

El próximo sábado 2 de mayo, las Arenas de Azurín en Abancay serán el escenario del VI Encuentro Nacional de Vehículos Antiguos y Clásicos — EXPO CLÁSICOS PERÚ 2026. El sexto. Que ya van seis, lo cual dice bastante sobre la salud de esta afición y sobre la terquedad admirable de quienes la sostienen.

Seis ediciones que no solo consolidan un evento, sino una comunidad. A lo largo de los años, el Club ha logrado reunir participantes de distintas regiones del país, fortaleciendo la confraternidad entre aficionados y posicionando a Abancay como un punto de encuentro obligado para los amantes de los vehículos clásicos en el sur del Perú.

Abancay no solo será el escenario, sino también protagonista: se convertirá en la capital del automovilismo clásico, reuniendo historia, pasión y tradición sobre ruedas en un solo lugar. Ciudad enclavada entre montañas y de tradición acogedora, donde la modernidad convive con la historia, ofrece el marco perfecto para que estos vehículos encuentren su lugar. Aquí, donde el tiempo parece avanzar con otro ritmo, los autos clásicos no desentonan: más bien, encajan.

Desde las 2:00 p.m., coleccionistas, aficionados y curiosos de distintas regiones del país se darán cita para lo que el propio evento promete con razón: una experiencia llena de historia, elegancia y tradición sobre ruedas. Abancay, que en mayo se viste de su mejor verde primaveral, recibirá máquinas que en otro tiempo recorrieron carreteras que hoy ya no existen, conducidas por personas que tampoco están, pero cuyo gusto —ese sí— sobrevivió en el metal y en la memoria.

No hace falta ser mecánico ni historiador para disfrutarlo. Basta con tener ojos y un poco de esa capacidad, que algunos aún conservamos, de detenernos ante algo hermoso sin preguntar para qué sirve.

Mayor información en las diferentes redes sociales, donde los encuentras como Club del Automóvil Antiguo de Apurímac.

Los psicólogos tienen explicaciones para todo, hablan de la relación entre los objetos y la identidad, de cómo preservar un auto antiguo es, de alguna forma, preservar una versión del mundo que nos resultaba más comprensible.

Puede que tengan razón. Pero los dueños de estos autos no necesitan que nadie los explique. Ellos solo saben que cuando encienden ese motor viejo, algo en el pecho, quizás una vieja biela hecha de tendones carne y hueso, se mueve también.

Y eso, en el fondo, es suficiente.

Porque si hay una lección que estos autos dan, con su sola presencia, es que las cosas hechas con cuidado no caducan. Que lo que fue construido con orgullo sobrevive a sus constructores. Que la belleza no es un lujo sino una forma de respeto, hacia uno mismo y hacia quienes vendrán después.

En Apurímac, un grupo de personas lo entendió. Y este sábado lo celebra, con motor encendido y sin prisa.

Que así sea.

¡Ahí nos vemos!

(Creado con la colaboración del Dr. Augusto Herrera Niño de Guzmán)

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