Las vacaciones siempre significan movimiento. Después de tantos meses viviendo entre clases, exámenes y libros, uno siente la necesidad de recuperar el tiempo, de hacer todo lo que durante el ciclo fue imposible. Nunca imaginé que ese impulso por aprovechar cada minuto terminaría llevándome a un quirófano.
Todo pasó en cuestión de segundos. Ya estaba oscureciendo cuando tocaron la puerta de mi casa. Había llegado un paquete para mi hermano y bajé las escaleras con la rapidez de quien no piensa demasiado en cada paso. Bastó un resbalón para que todo cambiara. Recuerdo la caída, el sonido, el dolor inmediato y esa sensación extraña de pensar: esto no puede estar pasando.
Intenté levantarme. Supongo que es la reacción automática de cualquiera, pero también el orgullo de quienes estudiamos Medicina y creemos que siempre podremos soportar un poco más. Mi tobillo izquierdo tenía otros planes. El dolor era insoportable y apoyar el pie era, simplemente, imposible.
Mi mamá y mi papá corrieron a auxiliarme y me llevaron primero a una clínica privada. Ahí descubrimos que la prioridad no era mi tobillo, sino el bolsillo. Fue entonces cuando entendimos que necesitábamos otra opción. Llegamos a la Clínica Fernández, donde el doctor José Luis nos atendió con profesionalismo y mucha humanidad. Después de evaluarme, fue muy claro: tenía una fractura de tobillo y necesitaba cirugía.
La opción particular quedó descartada y comenzamos el proceso por el SIS. Confieso que llegué al Hospital Guillermo Díaz de la Vega con muchos prejuicios. Había escuchado tantas historias negativas sobre los hospitales públicos que esperaba largas esperas, mala atención y desinterés. Me alegra decir que me equivoqué.
Desde que ingresé por Emergencia encontré personas que, a pesar del cansancio y de la cantidad de pacientes, nunca dejaron de tratarme con respeto y calidez. Sí, hubo espera. Sí, el servicio estaba lleno. Pero también pude ver algo que muchas veces olvidamos cuando somos pacientes: detrás de cada demora hay un sistema trabajando al límite, profesionales haciendo todo lo posible con los recursos que tienen y decenas de personas que, como yo, necesitaban atención.
Entre radiografías, tomografías, ecografías y múltiples evaluaciones, finalmente se confirmó que la cirugía era inevitable.
Ayer ingresé al quirófano. Como estudiante de Medicina, entrar a una sala de operaciones desde la camilla y no desde el lado del equipo quirúrgico fue una experiencia completamente distinta. Por primera vez entendí la vulnerabilidad que sienten nuestros pacientes cuando depositan toda su confianza en personas que, muchas veces, apenas conocen.
Mi cirugía estuvo a cargo del doctor Walter Quispe y del R3 Alexander. Su trabajo fue impecable. Incluso escuché a otros colegas destacar la precisión con la que realizaban el procedimiento, y eso me dio una tranquilidad enorme. Hoy, apenas un día después de la operación, regreso a casa con mi tobillo reconstruido y con una experiencia que difícilmente olvidaré.
Durante estos días entendí que la Medicina no solo se aprende en las aulas, en los hospitales o en los libros. También se aprende cuando uno ocupa la cama del paciente, cuando siente miedo antes de entrar a cirugía, cuando espera un resultado o cuando una palabra amable cambia por completo un momento difícil.
Esta experiencia reforzó algo que ya sentía desde hace mucho tiempo: elegí la carrera correcta. Porque detrás de cada radiografía hay una persona con incertidumbre; detrás de cada procedimiento hay alguien que deposita su confianza en nosotros; y detrás de cada guardia existen profesionales que, aun agotados, siguen intentando aliviar el dolor de los demás.
Quiero agradecer profundamente a mi familia: a mis padres, por siempre estar a mi lado; a mis tíos y tías; de manera especial, a mi tía Violeta y a su esposo, Max, que siempre están para brindarme una mano y son mi segundo hogar; y, además, a todo el personal del Servicio de Emergencia y del Departamento de Traumatología del Hospital Guillermo Díaz de la Vega. A los médicos, enfermeras, técnicos, internos y residentes que hicieron que un momento tan difícil fuera mucho más llevadero.
Mi agradecimiento especial al doctor Gay Miranda, por su dedicación en la formación de los futuros traumatólogos; al doctor Omar Merino, cuya experiencia y calidad humana son evidentes desde el primer contacto; al residente de tercer año que acompañó mi atención con compromiso y empatía; y, especialmente, al doctor Walter Quispe, por devolver estabilidad a mi tobillo y recordarme, con su ejemplo, el tipo de médica que algún día espero llegar a ser.
Me voy con algunos tornillos, una cicatriz y varias semanas de recuperación por delante. Pero también me voy con algo mucho más valioso: una nueva perspectiva sobre lo que significa ser paciente y sobre la enorme responsabilidad que implica cuidar de la salud de otra persona.
Estoy convencida de que, cuando vuelva al hospital con una bata puesta, miraré a mis pacientes de una manera distinta. Porque ahora sé exactamente lo que se siente estar del otro lado.