Cada cuatro años, los mundiales de fútbol despiertan emociones en todos los rincones del mundo.
De eso puede dar fe Cliver Huamán Sánchez, más conocido como Pol Deportes, como recordarán: un narrador andahuaylino que, cuando le cerraron la puerta del estadio para transmitir una final continental, no se quedó llorando: subió a un cerro, plantó su trípode y narró desde ahí, con pasión y con más vocación que experiencia. El video se viralizó, los medios lo encontraron, y hoy ese mismo muchacho que gritaba goles desde una loma andahuaylina formó parte de la cobertura del Mundial 2026 para Telemundo. Nadie le regaló nada: se preparó, insistió, aguantó la distancia y la falta de recursos, y terminó demostrando que la vocación de verdad no pide permiso, se abre camino. Del cerro al Mundial, sin perder ni un poquito el polvo de sus zapatos.
Convirtió una derrota —que le cerraran las puertas del estadio— en un triunfo que lo llevó hasta el Mundial.
Y hay derrotas que valen más que muchas copas. Y este Mundial 2026 nos está regalando varias de esas.
Un país insular que ya nadie olvidara.
Cabo Verde cayó ante Argentina, sí. Fue un partido larguísimo, de esos que nos dejan sin uñas, resuelto recién en el alargue con un gol que terminó entrando por accidente, tras un cabezazo del Cuti Romero que se desvió en un defensor rival. Tres a dos, y la aventura de los africanos se terminó.
Pero fíjense el dato: hasta hace poco, casi nadie sabía que Cabo Verde existía. Diez islitas perdidas en el Atlántico, frente a Senegal, con poco más de medio millón de habitantes —más o menos, la misma población de Apurímac—, plantándole cara al campeón del mundo durante ciento veinte minutos.
Esas islas fueron colonia portuguesa durante siglos, cruce obligado de barcos, de gente que iba y venía, de historias de desarraigo. Se independizaron recién en 1975. Y de esa mezcla de raíces africanas y herencia lusa nació un pueblo que lleva la palabra «aguante» tatuada en el carácter.
Su selección llegó al torneo armada con muchachos nacidos en las islas y con hijos de la diáspora que crecieron en Europa pero decidieron ponerse esa camiseta, algunos convocados incluso a través de LinkedIn: sí, como leen, la federación caboverdiana llegó a rastrear talentos con raíces en las islas a través de esa red social profesional, porque con apenas medio millón de habitantes no le alcanzaba la cantera y sabía que había más caboverdianos fuera del país que dentro de él. Vozinha, un electricista de oficio, atajando como un muro, Deroy Duarte empatando cuando nadie lo esperaba, Sidny Lopes Cabral metiendo un golazo que ya está en cualquier resumen de los mejores tantos del Mundial, y posiblemente de todos los tiempos. No le regalaron nada a Messi y compañía.
Se fueron eliminados. Pero se fueron habiendo sembrado su nombre en la cabeza de millones que antes no los ubicaban ni en el mapa.
Vozinha, el abuelo del arco que enamoró al mundo
Si hay un nombre propio que resume toda esta hazaña, es el de Josimar José Évora Dias, «Vozinha», el arquero de 40 años que llegó al torneo como un veterano cualquiera, sin equipo, recién desvinculado del Chaves portugués, y se fue convertido en el ídolo inesperado de la Copa.
Todo arrancó en el debut, ante España, cuando le tapó absolutamente todo a una de las favoritas y sostuvo un cero que parecía imposible. De ahí en más, cada partido sumó una atajada más a su leyenda, hasta llegar a esos ciento veinte minutos contra Argentina donde le negó una y otra vez el gol a Messi.
Y ahí llegó el momento que ya es parte de la historia chica del Mundial: terminado el pitazo final, Messi se acercó a saludarlo antes de irse a festejar con los suyos y le dedicó unas palabras de reconocimiento por su nivel, destacando lo mucho que debía enorgullecer a su gente una actuación así. Vozinha, que en más de una entrevista había confesado su fanatismo por el argentino y las ganas que tenía de algún día compartir cancha con él, le devolvió el gesto agradeciéndole y diciéndole que era el mejor. Quedó grabado para siempre el abrazo entre el campeón del mundo y el guardián de la sorpresa del torneo.
La hinchada argentina, en una actitud que la enaltece, despidió con una ovación a la selección caboverdiana, al salir de la cancha.
Lo de las redes sociales, que vino después, fue una locura aparte. Antes de este Mundial, Vozinha tenía apenas unos 50 mil seguidores en Instagram. Después de plantarle cara a Argentina ya sumaba más de veinte millones y seguimos subiendo, superando al mismísimo Iker Casillas como el arquero con más seguidores del planeta. De la noche a la mañana pasó de ser casi un desconocido a ser noticia en medios de medio mundo.
Y el fenómeno no se quedó solo en lo digital. Antes de que empezara a llamar la atención de todos, ya venía jugando con los botines de Senda Athletics, una marca fundada por el argentino Santiago Halty que apuesta por el comercio justo y la producción sostenible en la industria del calzado deportivo. Su fundador contó lo especial que fue ver a un jugador en el que confiaron desde antes del boom brillar en un escenario reservado para gigantes. Y como suele pasar con estas historias bonitas, el interés no se quedó ahí: siendo agente libre, empezaron a sonar clubes de Brasil y de otras ligas competitivas, todos queriendo sumar a sus filas al arquero que, a los 40 años, le devolvió al mundo la fe en que el fútbol todavía puede sorprender.
Cuando los gigantes también caen
Brasil llegó con el peso de cinco estrellas sobre el pecho y con Neymar como su última gran carta. Tuvo que recurrir a él para intentar cambiar una historia que Noruega llevaba escribiendo con orden, coraje y una disciplina admirable. Pero esta vez ni siquiera alcanzó.
Porque el fútbol tiene esa hermosa costumbre de recordarnos que la camiseta ayuda, la historia pesa y las individualidades deciden muchos partidos… pero ninguna de esas cosas garantiza la victoria.
Noruega no ganó únicamente un encuentro. Ganó el derecho a ser recordada. Demostró que la organización puede desafiar al talento, que el sacrificio puede equilibrar la balanza y que, cuando once jugadores creen de verdad en lo que hacen, hasta el pentacampeón del mundo puede descubrir que también es humano.
Quizá dentro de algunos años pocos recuerden el resultado exacto. Pero muchos recordarán que hubo un Mundial en el que un grupo de vikingos obligó a Brasil a sacar toda su artillería… y aun así terminó escribiendo una de esas historias bonitas que hacen grande al fútbol. Porque, al final, los Mundiales no solo coronan campeones; también inmortalizan gestas. Y esta, sin duda, fue una de ellas.
Cuando el arbitraje genera dudas
No voy a mentir: a mí como seguramente a usted, nos quedó la sensación de que a las estrellas se les cuida más que a los demás. No por lealtad, por negocio. No es la primera vez que un campeón recibe una mano en el momento justo, y las redes ya estallaron con memes sobre si el fútbol grande siempre tiene quien lo sostenga. ¿Quién cree en la imparcialidad de Infantino? Es una sospecha que la FIFA, y muchas federaciones de fútbol como la nuestra, arrastra hace años por sus escándalos de gestión.
Dicho eso, hay que ser justos: no hay pruebas pero sobran las sospechas.
Los samuráis y su reverencia
Japón cayó ante Brasil por 2-1, con un golazo agónico de Martinelli sobre la hora que les rompió el corazón a millones de japoneses que habían madrugado para verlos. Iban ganando, resistieron con orden, con tesón, con esfuerzo y valentía, y se les escapó en el último suspiro.
¿Y qué hicieron después de semejante golpe? En lugar de reclamar, de gritar, de hacer berrinches, en lugar de excusas, el técnico Hajime Moriyasu pidió disculpas públicas a su gente por no haberles regalado la victoria. Y todo el plantel caminó hasta la tribuna donde estaba su hinchada para hacer una reverencia larga, profunda, agradeciendo el viaje, el aliento, la fe. La muchedumbre respondió de igual manera, con una venia admirativa y agradecida.
Esa costumbre viene de lejos. Los japoneses cargan una tradición que pone el honor por encima del resultado: el bushido, el antiguo código samurái, que enseña que ganar haciendo trampa deshonra más que perder compitiendo limpio. Por eso no veremos nunca a un jugador nipón insultando al árbitro, ni buscando la ventaja con mañas. Ganarse el respeto ajeno les importa tanto como ganar el partido.
Y no fue postureo de un solo día: llevan mundiales enteros dejando las tribunas más limpias de lo que las encontraron, doblando sus camisetas y toallas con cuidado en el vestuario visitante. Este torneo hasta les reconocieron, en un estudio sobre el ambiente en las tribunas, la hinchada que mejor cantó su himno de los cuarenta y ocho países presentes. Se fueron sin trofeo, pero con algo que ningún marcador puede borrar.
Un detalle en Filadelfia
Y ya que hablamos de dignidad, un apunte breve sobre lo que pasó con Paraguay: cayeron por la mínima ante Francia, con un penal de Mbappé en una jugada muy discutida, después de plantarle una batalla feroz al equipo europeo. Mbappé, además, perdió los papeles y soltó una grosería en español a Junior Alonso. No fue sancionado sin embargo Almirón, un jugador paraguayo, en un partido anterior fue expulsado por taparse la boca al protestar. Así son las absurdas reglas de la FIFA, hoy en día. El arquero Orlando Gill no anduvo con lloriqueos: dijo, con la frente bien alta, que su equipo lo había dado todo. Otra muestra más de que en este Mundial, perder no siempre significa quedar chico.
Ecuador, la remontada que valió un Mundial entero
Y hablando de plantar cara sin quedar chicos, ahí está Ecuador. Cuando parecía quedar eliminada frente a Alemania, la Tri se puso 2-1 arriba con goles de Nilson Angulo y Gonzalo Plata en los minutos finales, una remontada que la clasificó como uno de los mejores terceros del torneo. La alegría duró poco: en dieciseisavos les tocó México, que los goleó 2-0 como local. Pero esa remontada ya quedó guardada en la memoria futbolera del país, como esas victorias que valen tanto como una clasificación completa.
Uruguay, la valentía de dar la cara
Del otro lado del podio de las despedidas duras está Uruguay, eliminado en fase de grupos tras un error del arquero Fernando Muslera, de 40 años, ante España. Lo que convierte esta historia en aprendizaje es lo que vino después: en lugar de esconderse, Muslera dio la cara ante los micrófonos, se disculpó ante sus compañeros y ante todo el pueblo uruguayo, y admitió el golpe sin excusas. La hombría, a veces, se mide más en cómo se sostiene la mirada que en las copas que se levantan.
Y no todo son despedidas: mientras estas historias se escriben, Argentina y Colombia siguen en carrera por el título, representando con orgullo a Sudamérica en la parte más exigente del torneo.
La belleza que también viajó al Mundial
Y hubo otra belleza que ningún marcador puede registrar. En las tribunas desfiló el mundo entero: familias que habían ahorrado durante años para vivir un sueño de noventa minutos; abuelos abrazados a sus nietos; padres cargando sobre los hombros a hijos que quizá algún día les cuenten a los suyos que estuvieron allí. Y, entre aquella multitud, miles de mujeres llegaron desde todos los rincones del planeta llevando mucho más que los colores de una camiseta. Con sus sonrisas, sus trajes tradicionales, sus lágrimas, sus cantos y esa elegancia tan distinta en cada cultura, recordaron que la verdadera hermosura no nace de los cánones de belleza, sino de la alegría compartida. Porque el fútbol, cuando se juega así, termina siendo apenas un pretexto para contemplar algo mucho más grande: la maravillosa diversidad de la familia humana.
La lección que nos deja este Mundial
Cabo Verde, Japón, Paraguay, Ecuador, Uruguay: nos dejan, como otros muchos equipos, historias tan bonitas como estas. Porque entre las cosas más bonitas que me enseñó mi madre está la de saber ver lo bonito en todo lo malo. Ninguno se llevó una copa. Pero todos se llevaron algo que pesa más: el cariño y el respeto de gente que ni siquiera es de su país, de su selección o de su oficio.
Porque al final el Mundial no solo se trata de quién levanta el trofeo. También se trata de quién sabe perder con la cabeza en alto, de quién compite sin traicionar lo que es, y de quién, desde un cerro, desde una isla perdida en el Atlántico o desde una remontada imposible, se anima a soñar en grande.
Y quizás eso es lo que más debemos agradecer a este deporte: que cada cuatro años nos recuerda que, más allá de la bandera que defendamos o el idioma en que soñemos, seguimos siendo la misma especie que aplaude una reverencia ajena, que llora la derrota de un rival, que abraza al que le hizo ocho atajadas y que sube a un cerro con tal de no dejar de contar lo que ama. El marcador se olvida; lo que no se olvida es esa chispa de humanidad que el fútbol saca a relucir cuando menos lo esperamos.
Por eso, cada vez que un Mundial nos regala una historia como estas, no solo estamos viendo un torneo: estamos viendo la prueba de que, pese a todo, todavía vale la pena creer en la gente. Que el talento, la dignidad y la nobleza siguen naciendo en cualquier rincón del planeta, con o sin recursos, con o sin cámaras esperando. Y que mientras haya un niño imitando una narración frente a una pelota vieja, un arquero de cuarenta años dando la cara después del error, o un país entero remontando un partido que parecía perdido, el deporte seguirá siendo uno de los pocos lugares donde la humanidad todavía se permite creer en sí misma.
Carlos Antonio Casas Suárez, escritor y empresario dedicado a la difusión cultural y las tecnologías de la información. Tiene una carrera destacada gerenciando varias empresas a nivel nacional. Es un ávido lector y de esa afición, nació la idea de compilar las lecturas que usted lee hoy en esta revista.