EL PAÑUELO DEL MUNDO

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Una crónica de amores, tercos padres y una casualidad que solo Dios pudo firmar

Hay quien dice que el mundo es ancho y ajeno, pero sé de historias que me hacen desconfiar de las frases hechas. Por eso prefiero decir que el mundo es ancho, sí, pero no ajeno, pues los milagros existen, tanto como las maravillas y las casualidades. Y Dios —o el destino, o esa fuerza traviesa que se esconde detrás de los teléfonos públicos, las palomas y las plazas de Europa— lo dobla de vez en cuando como se dobla un pañuelo, hasta que las dos puntas más alejadas terminan tocándose. Y entonces, sin que nadie lo planee, dos almas hechas para encontrarse pueden aparecer de pronto en la misma plaza y sintonizar de inmediato, o dos corazones que se habían perdido pueden reencontrarse como si el tiempo nunca hubiera pasado. Todo puede pasar cuando Dios lo quiere.

Esta es la historia de Miguel y Paola, que se amaron como se aman los muchachos adolescentes, cuando se está en esa edad en que el amor todavía no sabe de prudencias: con todo el cuerpo, alma, corazón y vida, y sin ninguna estrategia ni planes para el futuro. Y es también la historia de Julio, mi hermano, que sin proponérselo terminó siendo el Hermes que Dios envió cuando el correo ordinario ya no daba más.

De cómo el amor se topó con la vanidad

Miguel y Paola se conocieron en el colegio, y allí, entre pupitres y recreos, se enamoraron sin permiso de nadie, que es como se enamora la gente que vale la pena. El problema —porque en toda buena historia hace falta un problema, y en esta lo puso la vanidad— es que los padres de Paola habían decidido, mucho antes de que ella naciera, que su hija sería una princesa, y que ninguna princesa se casa con el hijo del vecino.

Al muchacho lo miraban por encima del hombro, con esa soberbia particular de quienes confunden el apellido con el mérito, algo que sucede con demasiada frecuencia en la sociedad peruana, y mucho más en la bella y castiza Arequipa.

A ella la habían subido a un pedestal tan alto que ni el aire se le acercaba sin pedir permiso. Y así, cuando terminó el colegio, contrariando sus deseos de estudiar cerca, donde el corazón le pedía, la mandaron lejos, bien lejos. No al otro barrio, no a otra ciudad peruana, ni siquiera a una latinoamericana: la mandaron al otro lado del océano, a Europa, con la vaga esperanza de que la distancia lograra hacer lo que ellos no habían podido evitar.

Craso error el de esos padres, dicho sea de paso: nunca han sabido los poderosos que el amor, cuanto más se le prohíbe, más terco se pone.

Los años del papel y la moneda

Corrían los últimos años de un siglo y un milenio que ya se despedía, y las comunicaciones de entonces eran aún cosa de paciencia, no de pulgares veloces. Existían dos caminos para hablarle a quien se había ido lejos: la carta, con su tinta y su espera, y el teléfono, ese lujo que se pagaba por minuto y que obligaba a decir «te quiero» con el reloj mirándote de reojo. El telégrafo aún existía, pero ya agonizaba en un rincón.

Miguel y Paola se escribieron durante mucho tiempo. Se llamaban, de cuando en cuando, juntando monedas como quien junta limosnas para pagar un pecado. Pero la distancia es una enemiga formidable, y su fuerza erosiona, lenta pero invariablemente, las relaciones, como el agua sobre la piedra, y un día —nadie sabe exactamente cuál— las cartas dejaron de llegar y los teléfonos dejaron de sonar. Se perdieron el uno al otro, no de golpe, sino como se pierden las cosas importantes: de a poquito, sin darse cuenta del todo.

Julio se va a las Europas

Y aquí entra Julio, que era amigo de la infancia de Miguel y compañero de colegio.

Julio tenía, como tantos comunicadores poco valorados de este mundo, un trabajo entretenido pero mal pagado en un canal de televisión. Un día se le cruzó en el camino un grupo de danza que preparaba una gira por algunos países de Europa, fundamentalmente, Portugal, España y Francia, y como entre ellos hubo esa química instantánea que a veces regala la vida, le ofrecieron ir de encargado de relaciones públicas.

Julio no lo pensó dos veces. Renunció, hizo maletas y se preparó para la aventura con esa alegría un poco inconsciente de quien tiene veintitantos años y cree, con razón, que el mundo se hizo para ser recorrido.

El día de la despedida, Miguel, entre broma y esperanza —que a veces son la misma cosa disfrazada—, le dijo:

—Dale mis saludos a Paola.

Julio asintió con una sonrisa triste, sabiendo que el encargo era de imposible cumplimiento. Él apenas conocía a la muchacha, no tenía la menor idea de en qué país de Europa podía estar, y Europa, para quien no lo sepa, tenía entonces más de setecientos millones de habitantes repartidos en un territorio que no se recorre en una tarde. Prometérselo hubiera sido mentirle a un amigo con el amor todavía fresco en la voz. Así que no prometió nada. Solo asintió, y partió.

La plaza, la música y una muchacha triste

El grupo hizo lo suyo por medio continente, deleitando públicos con sus danzas, y Julio, que de música también sabía algo, terminó tocando la percusión, el bombo y el cajón, y apoyando en el canto, que en estos viajes uno termina haciendo de todo, como en las familias grandes.

Un día, en una plaza de una ciudad populosa, mientras esperaban la hora de la función, se pusieron a tocar por puro gusto —por practicar, dijeron, aunque todos sabían que era también por nostalgia— música peruana. La gente se acercaba, algunos aplaudían, otros dejaban caer una moneda en los gorros puestos boca arriba, como por descuido, como quien paga por un pedazo de patria ajena.

Y entre la gente que los miraba y escuchaba, Julio reparó en una muchacha hermosa que los oía desde lejos, sin acercarse del todo, con un aire de tristeza que no pegaba con su belleza. Julio, que por entonces tenía mucho de galán y ganas de conocer chicas europeas, se le acercó en un descanso.

—¿Te gusta nuestra música? —le preguntó.

—Sí, mucho —respondió ella—. ¿Ustedes son peruanos?

—Sí.

—¿De qué parte del Perú?

—De Arequipa.

Ella palideció. Lo miró con los ojos muy abiertos, como quien ve un fantasma vestido de buenas noticias.

—Yo soy de allá —confesó—, pero hace mucho que no voy.

—¡No te puedo creer!

Y todavía sin salir del pasmo, ella hizo la pregunta que ninguna estadística del mundo hubiera podido predecir:

—¿De casualidad no conocerás a Miguel …?

El pañuelo se dobla

—¡Claro que sí! —dijo Julio, y la voz se le fue quebrando de la sorpresa—. Es gran amigo mío, fuimos compañeros de colegio. Tú no serás… —y lo preguntó casi en broma, como quien no se atreve a creer en su propia frase— ¿Tú no serás Paola?

—Sí —dijo ella—, soy Paola.

Y ahí, en medio de una plaza europea, con las monedas todavía tibias en el suelo y la música peruana flotando en el aire como un mensaje que por fin encontraba destinatario, Julio entendió que el mundo, por ancho que sea, a veces no es más grande que un pañuelo. Porque en más de diez millones de kilómetros cuadrados, entre más de setecientos millones de personas, el encargo imposible se había cumplido solo, como se cumplen los milagros: sin que nadie los fuerce.

La llamada

Cuando por fin salieron del pasmo —que no fue cosa de un minuto, sino de varios, entre risas, lágrimas y ese «no puede ser» que se repite hasta que el corazón lo acepta—, a Julio no se le ocurrió mejor cosa que hacer una colecta. Los amigos del grupo, sin preguntar mucho, vaciaron los bolsillos, juntaron todas las monedas que pudieron y corrieron a un teléfono público, ese aparato humilde que en aquellos años cargaba sobre sus hombros de metal las conversaciones más importantes del mundo.

Marcó el número de memoria, como se marcan los números de los amigos de toda la vida.

—Hola, Julito, ¿ya estás de regreso? —saludó Miguel al reconocer su voz.

—No, aún ando por las Europas.

—Oye, qué bueno, qué sorpresa que me hayas llamado.

—Quiero que saludes a alguien —dijo Julio, y no pudo evitar que le temblara un poco la voz.

Miguel tartamudeó, sin entender todavía, y cuando Paola tomó el teléfono, ya no hicieron falta las palabras que habían preparado, porque ninguna alcanzaba. Entre balbuceos apenas inteligibles, lloraron a mares —esos dos, que se habían perdido en el ancho mundo y que el ancho mundo, con una travesura digna de mejor causa, había decidido devolverles.

Epílogo, para quien no crea en casualidades

Los padres de Paola habían calculado bien la distancia, pero calculan mal quienes miden el amor con reglas de geografía. Habían puesto un océano de por medio, y el océano, con toda su vastedad, no fue rival para una plaza cualquiera, una tonada peruana y un muchacho llamado Julio que un día, medio en broma, medio en serio y con mucha esperanza, aceptó un encargo que él mismo sabía imposible de cumplir.

Y sin embargo lo cumplió. Porque hay encargos que no se cumplen con esfuerzo, sino con destino, y este es, sin duda, uno de esos casos en que hasta el más incrédulo de los hombres —y yo, lector, confieso que lo soy bastante— se ve obligado a admitir que el mundo, doblado como un pañuelo, guarda siempre en algún pliegue la sorpresa que hace falta para que los amores verdaderos, tarde o temprano, se reencuentren.

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