—¡No, hermano, eso es más que una falla estructural de la República! ¡Eso es una soberana estupidez! —soltó Rolando, levantando el celular de la mesa antes de dar un golpe sobre esta, indignado como si acabara de descubrir una conspiración internacional—. No puede ser que mi voto valga exactamente lo mismo que el de Manuel.
Manuel, el mejor futbolista del barrio, levantó la vista de su hamburguesa con una dignidad profundamente ofendida.
—¿Y por qué no? ¿Tú tienes sangre azul o ganaste un nobel?
—Porque tú no eres reflexivo pues, cumpa. Eliges candidatos igual que eliges series en Netflix: ves la portada no más, no analizas.
—¡Mentira! También leo los comentarios.
En la mesa estallaron algunas risas.
El pequeño restaurante hervía de conversaciones, olor a aderezo y jóvenes intentando parecer intelectuales mientras sobrevivían con veinte soles hasta fin de semana. Afuera, la avenida seguía rugiendo entre bocinas, motos y carteles electorales donde todos los candidatos sonreían como si jamás hubieran tenido una mala intención en su vida. Como si la política fuera una tarjeta de cumpleaños.
Lucía, estudiante de Derecho y poseedora de esa paciencia peligrosa que tienen las personas verdaderamente inteligentes, levantó una ceja.
—A ver, Rolando. Explicanos tu crisis democrática.
Rolando se inclinó hacia adelante.
—Miren ustedes, no hablo de plata ni de clases sociales. Hablo de criterio. No puede ser que el voto de alguien que se informa, estudia y entiende un poco cómo funciona el país valga exactamente igual que el de alguien que vota porque el candidato le regalo algo, «tiene calle», «es guapo» o «habla bonito». Marco Aurelio Denegri lo dijo alguna vez con cierto desengaño: «¿Cómo mi voto va a valer exactamente el voto de un analfabeto?».
—¡También!, le vas a hacer caso a ese viejito feo… —dijo Brenda, riéndose.
—¡Ahí está! Justo lo que queríamos demostrar. ¿Qué carajo tiene que ver que sea viejito o feo? Ese señor era un sabio, de los mejores que el Perú ha parido, pero para Brendita lo importante es que era viejito y feo, no que era sabio. Ese es el pensamiento de la mayoría. Las estadísticas demostraron que muchas mujeres votaron por Alan García porque era alto y guapo. Y miren cómo nos fue.
—¡Oye, no te pases!, solo estaba bromeando.
—Eso pasa muchísimo más de lo que crees —murmuró Diego, que estudiaba Sociología y tenía la mala costumbre de citar autores hasta jugando fulbito.
—¡Claro que pasa! Y después todos se sorprenden cuando terminamos gobernados por gente que cree que gobernar bien consiste en robar con moderación para no salir en televisión. O peor: por gente que ni siquiera tiene esa moderación y roba a manos llenas convencida de que el pueblo tiene la memoria de un pez y la blandenguería de una malagua.
Manuel mordió tranquilo su hamburguesa.
—Ya, pero tampoco exageres. —Se limpió la salsa de los labios—. A veces la gente preparada vota peor.
—¡Exacto! —intervino Lucía casi gritando—. Ahí está el problema. Saber más no garantiza buen criterio.
Rolando hizo una pausa.
Porque eso era justamente lo incómodo. La discusión nunca era tan simple como uno quería que fuera.
El error más común, y quizás el más humano de todos, consiste en creer que inteligencia y sabiduría son la misma cosa. No señor, no lo son. Una persona puede acumular títulos universitarios —más ahora que se consiguen pagando y no aprendiendo— como quien acumula trofeos de adorno, y seguir siendo incapaz de dominar sus emociones, superar sus complejos, reconocer una mentira evidente o resistirse a una manipulación bien diseñada.
La inteligencia, sin madurez interior, es apenas una herramienta poderosa en manos de alguien que todavía no sabe bien para qué la quiere usar.
Un bisturí no es mejor que un cuchillo de cocina porque el que lo sostiene tenga doctorado; depende de adónde apunte.
La historia está llena de hombres brillantísimos que llevaron países enteros al desastre, convencidos hasta el final de que tenían razón. El Perú, en particular, parece haberse especializado en elegir precisamente a esos.
—Los griegos ya discutían eso hace siglos —dijo Diego, feliz de encontrar terreno filosófico—. Platón desconfiaba de la democracia porque veía algo peligroso en las masas.
—¿Qué exactamente? —preguntó Manuel.
—Los griegos —que entendían las miserias humanas con una claridad casi cruel— desconfiaban profundamente de las multitudes. Platón veía en la democracia el instante en que la tripulación entera se disputaba el timón a empujones: nadie había estudiado navegación, todos creían merecerlo, y al único que conocía las estrellas y las corrientes lo llamaban inútil porque no sabía repartir promesas. El dueño del barco —el pueblo— terminaba eligiendo al que mejor lo halagaba, no al que mejor lo conduciría. Y quizá Platón no estaba del todo equivocado. Porque el problema de las masas no es solamente la ignorancia, sino la facilidad con que se dejan seducir por emociones inmediatas: el odio, el miedo, el resentimiento, la idolatría, la sed de venganza disfrazada de justicia.
Rolando chasqueó los dedos.
—¡Eso! Ese es el punto. La política ya no funciona apelando al pensamiento, sino al impulso.
—Y eso lo saben y lo explotan mejor que nadie los politicastros —dijo Lucía, bajando la voz como si nombrara una enfermedad—. Que no son lo mismo que los políticos, aunque mucha gente ya no distinga. El político tiene un proyecto, aunque uno no esté de acuerdo con él. El politicastro solo tiene un método: detectar qué te duele, prometerte que él lo cura y asegurarse de que nunca sanes del todo, porque tu herida abierta es su capital electoral. No gobierna: administra el resentimiento ajeno. Y en el Perú hemos elegido tan seguido a ese tipo de personaje que ya casi lo confundimos con el estadista.
—Pero la voz del pueblo es la voz de Dios —replicó Manuel, causando pullas y abucheos entre los presentes.
—Tampoco eso es cierto. Muchos, lo citan como una verdad innegable, pero justamente quería decir lo contrario. Eso es lo curioso —respondió Diego—. Alcuino de York se la escribió a Carlomagno en el siglo IX para advertirle que no les hiciera caso a quienes la repetían, porque el tumulto de las masas, decía, siempre estuvo cerca de la locura. La historia la convirtió en himno y olvidó que nació como alarma. El pueblo no siempre es sabio. A veces es simplemente una multitud que tiene miedo y necesita un culpable con nombre y apellido. Y en el Perú hemos convertido eso en sistema electoral.
Y quizá ahí reside una de las tragedias más antiguas y más nuestras.
Porque pensar profundamente exige tiempo, esfuerzo y cierta honestidad incómoda con uno mismo. Analizar una propuesta política requiere comparar datos, entender historia, reconocer contradicciones y aceptar que a veces no existen soluciones simples. Que el mundo es complicado. Que quien te promete que todo es fácil te está mintiendo o, peor aún, se está mintiendo a sí mismo mientras te cobra el favor.
Pero sentir es inmediato.
El miedo es inmediato. La rabia es inmediata. El resentimiento llega antes que cualquier argumento. Por eso los discursos emocionales son tan poderosos, no porque sean más verdaderos, sino porque llegan más rápido. Un político que explica economía durante una hora probablemente aburrirá a medio país. Uno que señala un enemigo y promete destruirlo despierta aplausos en treinta segundos. No porque el público sea estúpido, sino porque el cerebro humano fue diseñado para reaccionar, no para deliberar.
La deliberación es un hábito que se aprende. La reacción es instinto de supervivencia. Y los políticos peruanos llevan décadas sabiendo eso mejor que cualquier neurocientífico.
Es más fácil encender una pasión que construir un criterio. Y más rentable.
Lucía tomó un sorbo de café antes de hablar.
—La democracia tiene una contradicción rara. Nació defendiendo la igualdad política, pero la igualdad política no significa igualdad de juicio.
Nadie respondió enseguida. Esa frase tenía filo, y uno podía salir herido si no la agarraba con cuidado.
La democracia parte de una idea profundamente noble: todos los seres humanos poseen la misma dignidad y, por tanto, merecen participar en las decisiones que afectan su vida. Después de siglos de reyes, castas y aristocracias convencidas de que Dios mismo había repartido el talento de forma desigual entre las familias, esa idea fue revolucionaria. Fue, también, un acto de fe en el ser humano.
Pero el problema aparece cuando confundimos valor humano con capacidad de juicio.
Que todas las personas merezcan respeto no significa que todas reflexionen igual.
Que todos tengan derecho a votar no significa que todos evalúen las consecuencias de lo que eligen con la misma profundidad.
Y el resultado de décadas de no hacer esa distinción está a la vista: un país que ha llegado a sus últimas elecciones obligado a elegir entre dos candidatos que nadie quiere, como quien tiene que decidir si prefiere caerse por la escalera o por el balcón.
La democracia peruana no produce líderes. Produce la ilusión de que elegir entre males es lo mismo que tener opciones.
Esto no es un insulto; es simplemente reconocer que el pensamiento crítico no viene de fábrica.
Viene de práctica, de educación, de exposición a la duda, y de algo que parece modesto pero que cambia todo: la lectura. Leer no es solo acumular información. Es aprender a habitar otra cabeza, a seguir un argumento hasta el final, a tolerar la incertidumbre de una página que no te da la respuesta de inmediato.
Quien lee con frecuencia entrena sin saberlo una paciencia intelectual que el mundo de los eslóganes y los videos de treinta segundos destruye sistemáticamente. Y no todas las personas han tenido acceso a eso por igual, no por falta de inteligencia, sino por falta de tiempo, de libros, de maestros, de líderes y guías que enseñaran a leer de verdad y no solo a descifrar letras.
Un Estado que no forma lectores no forma ciudadanos. Forma destinatarios: personas a quienes la política les ocurre en lugar de personas que la hacen.
Sin embargo, el sistema necesita fingir que todos piensan igual. Porque reconocer lo contrario abre una puerta peligrosa: la idea de que algunos deberían tener más poder político que otros.
Y esa puerta da miedo. Con razón.
Porque la historia también demuestra algo terrible: las élites intelectuales terminan casi siempre creyéndose moralmente superiores, y cuando eso ocurre, el desprecio hacia la gente común aparece disfrazado de «orden», de «progreso» o de «civilización».
Los que dicen gobernar por el bien del pueblo suelen hacerlo sin preguntarle al pueblo qué necesita, y cobrándole además por el favor.
En el Perú hemos tenido tecnócratas que saquearon con fórmulas, militares que reprimieron con ideales y populistas que empobrecieron prometiendo abundancia. La galería es larga y la entrada es gratis, aunque el costo final lo pagamos todos.
Diego asintió lentamente.
—Por eso el problema no tiene solución perfecta. Si dejas que todos voten sin más, corres el riesgo de que las emociones destruyan el pensamiento. Pero si solo dejas decidir a una élite, terminas construyendo una aristocracia que se viste con ropa de inteligencia y roba con vocabulario técnico en lugar de con maletín.
Las risas volvieron. Aunque esta vez fueron más suaves. Más pensativas. El tipo de risa que aparece cuando algo es gracioso y cierto al mismo tiempo, y uno no sabe bien si reírse o quedarse callado y pedir la cuenta.
Afuera pasó una moto haciendo un ruido escandaloso. Un perro ladró como si también tuviera opinión política. Y desde un enorme panel publicitario, una candidata prometía «Perú con orden» con una sonrisa tan falsa que parecía generada por inteligencia artificial. Al lado, otro candidato prometía «refundación de la patria», con sombrero prestado y con la misma sonrisa, probablemente del mismo diseñador.
Rolando volvió a hablar, aunque ya sin la agresividad inicial.
—¿Sabes qué creo? Que el verdadero problema no es que todos voten. Es que nadie enseña que para votar primero hay que pensar.
Lucía lo miró con interés.
—Explícate.
—Desde chicos nos enseñan a repetir, memorizar y obedecer. Muy poco a cuestionar. Muy poco a reconocer cuándo nos están manipulando. Muy poco a debatir sin terminar odiándonos. Entonces llegamos adultos creyendo que tener una emoción fuerte equivale a tener razón. Que el que grita más fuerte tiene más argumentos. Que el que insulta con más convicción es el que defiende mejor su postura. Y así elegimos presidentes: a gritos, con el estómago, sin memoria.
Diego sonrió.
—Eso es muy griego de tu parte.
—¿Qué cosa?
—Creer que la ignorancia no es falta de información, sino falta de autoconocimiento. Eso es Sócrates puro. Para él, el problema no era que la gente no supiera geografía o historia. Era que la gente no sabía quién era, qué la movía, qué la asustaba, qué la cegaba. Y sin ese autoconocimiento, toda la información del mundo sirve de poco, porque uno la usa para confirmar lo que ya quería creer. Para justificar lo que ya decidió con las tripas.
Hubo un pequeño silencio.
Natural. Humano. El tipo de silencio que no es incomodidad sino digestión.
Manuel dejó finalmente la servilleta sobre el plato.
—Oye, entonces quizá la democracia no fracasa porque la gente sea mala.
—¿Entonces?
Manuel se encogió de hombros con una sencillez que valía más que muchos discursos.
—Porque el ser humano se deja seducir demasiado fácil por lo que le hace sentir importante.
Nadie se burló esta vez.
Porque todos, en el fondo, sabían que él también tenía razón. Que eso lo habían vivido, de una forma u otra, en pequeño. La tentación de creerle a quien te dice que eres el bueno de la historia. La satisfacción de tener un culpable claro. La comodidad de una certeza que no necesita demostrarse. Y la pereza enorme, casi constitucional, de revisar si uno también tiene algo de culpa en el desastre.
Y tal vez ahí vive la ironía más triste de la democracia peruana: que un sistema diseñado para que el pueblo elija a sus mejores ha terminado siendo el mecanismo más eficiente para que los peores encuentren su camino al poder. No por conspiración, sino por lógica. Porque el que miente mejor conoce mejor al que quiere creer. Porque el que promete sin vergüenza le habla directo al que escucha sin criterio. Y porque en un país donde nadie enseñó a leer de verdad, gobernar consiste en saber qué canal de televisión ve cada provincia.
La democracia no fracasó en el Perú porque sea un mal sistema.
Fracasó porque la construimos sobre arena, sin escuelas, sin prensa libre y verdadera, sin jueces independientes y sin la costumbre elemental de dudar.
Y seguimos eligiendo. Con fe, con rabia, con esperanza o con resignación. Pero eligiendo siempre entre las opciones que alguien más decidió que merecíamos.
Nota final
Si llegaste hasta aquí, perteneces a una minoría que cada vez se reduce más. No te digo esto para halagarte, sino para recordarte que eso te da una responsabilidad que no puedes ignorar. Un país que no lee no piensa, y un país que no piensa elige mal, y un país que elige mal ya sabes cómo termina: lo estamos viendo.
No hace falta fundar bibliotecas ni dar discursos. Basta con prestarle un libro a alguien, leer en voz alta con tus hijos, recomendar algo que te cambió la cabeza, discutir una idea en la mesa en lugar de repetir un titular. La democracia no se arregla solo en las urnas. Se arregla, sobre todo, en los hábitos cotidianos de la gente que decide tomarse en serio el acto de pensar.
Carlos Antonio Casas Suárez, escritor y empresario dedicado a la difusión cultural y las tecnologías de la información. Tiene una carrera destacada gerenciando varias empresas a nivel nacional. Es un ávido lector y de esa afición, nació la idea de compilar las lecturas que usted lee hoy en esta revista.