LA URNA Y SUS DEMONIOS

por Carlos Antonio Casas
14 vistas
A+A-
Reinicio

Hay una mentira muy bien vestida en el corazón de la democracia moderna: la idea de que toda opinión vale lo mismo solo porque sale de una persona y cae en una urna. Ingenua hasta lo enternecedor. En su obsesión por la igualdad, el sistema terminó confundiendo el valor de las personas con el valor de sus ideas.

La democracia, con toda su buena intención, confundió dos cosas: la dignidad de las personas y la calidad de sus juicios. Son parientes lejanos, pero no gemelos.

El problema no es la pobreza ni la riqueza. La torpeza no tiene clase social favorita. Hay gente humilde que piensa con una profundidad que haría sonrojar a un político decente —si todavía queda alguno—, y hay poderosos cuyo criterio cabe, con holgura, en un sticker de campaña.

El asunto no pasa por lo económico: pasa por lo intelectual. Y por lo moral.

El voto del hombre que lleva toda la vida leyendo, estudiando y dudando vale exactamente lo mismo que el de quien se pasa la vida viendo TikTok. El del virtuoso vale lo mismo que el del corrupto. La urna, tan imparcial ella, no distingue entre una conciencia trabajada y un berrinche bien peinado.

Los griegos, que entendían las miserias humanas con una precisión casi cruel, le tenían una profunda desconfianza a las multitudes. Platón comparaba la democracia con entregar el timón de un barco al pasajero que grita más fuerte, aunque no sepa navegar. Porque el problema de las masas no es solo la ignorancia, sino la facilidad con que se dejan seducir por sus bajas pasiones, entre las que priman el odio, el miedo y el resentimiento, que nunca construyen nada, pero destruyen con notable eficiencia.

Un pueblo gobernado por sus heridas no elige al más capaz. Elige al que mejor sabe rascarlas.

Se vota para castigar, para desquitarse, para decirle al sistema: «Toma, para que aprendas», aunque lo que venga después sea peor.

Es una forma de suicidio colectivo: preferir el incendio antes que admitir que uno también aportó leña.

Y entonces la política deja de ser el arte de conducir una nación y se convierte en un torneo de emociones primitivas con logo, himno y camiseta de color.

¿Cómo se corrige esto sin romper la democracia en el intento? Porque el riesgo contrario también es monstruoso. ¿Quién decide quién es suficientemente sabio para votar? La historia está llena de élites que, convencidas de su superioridad, terminaron siendo apenas tiranos con mejor vestimenta.

Quizá el problema no sea que todos voten, sino que casi nadie haya sido educado para hacerlo.

Exigimos licencia para manejar un auto, pero ninguna para dirigir el destino de un país.

Y así seguimos: pueblos tomando decisiones trascendentales con la misma ligereza con que se elige un gallo de pelea.

Cuando el pensamiento crítico se vuelve sospechoso y la ignorancia se celebra como autenticidad popular, la democracia empieza a devorarse a sí misma.

Y entonces ya no gobierna el pueblo.

Gobiernan sus pasiones.

Y el Perú, en pocos días, lo va a demostrar una vez más.

Somos muchos los que llegamos a esta segunda vuelta con el estómago apretado y la cédula en la mano, sin saber bien qué hacer con ella.

Y con razón. Las dos opciones asustan, no solo por quienes las encabezan, sino por la gente que las rodea, por los compromisos que cargan, por los fantasmas que arrastran y por las tormentas que ya se ven venir.

Pero, al final, es el pueblo el que elige. Y los pueblos terminan teniendo los gobernantes que se merecen. No como castigo divino, sino como consecuencia natural de lo que hacen, de lo que toleran y de lo que aplauden.

Así que, si ya decidiste votar por uno de ellos, enhorabuena. Si decidiste votar en blanco o viciado, enhorabuena también.

Algunos proclaman que eso es irresponsabilidad. Puede ser. O puede ser, simplemente, la última forma decente de no firmar con entusiasmo una desgracia.

Un voto solitario no mueve montañas ni tuerce el destino de una nación, pero sí puede dejarte algo que vale más que cualquier resultado electoral: la conciencia tranquila.

Y en tiempos como estos, eso no es poco.

Aunque tampoco es mucho, seamos sinceros.

Un país que lleva décadas eligiendo entre el miedo y la resignación no va a curarse en una tarde de domingo. Habrá un ganador, sí o sí. Y el próximo lunes, el Perú seguirá siendo el mismo problema sin resolver.

Pero quizá, solo quizá, algún día aprendamos a exigir algo mejor antes de llegar, otra vez, a elegir entre dos miedos.

Hasta entonces, seguiremos aquí: cédula en mano, estómago apretado, y esa vieja esperanza peruana que sobrevive a todo, incluso a nosotros mismos.

¿Te gustó este artículo?
Si2No0

Deja un comentario

* Al utilizar este formulario usted acepta el almacenamiento y tratamiento de sus datos por parte de este sitio web.

También le puede interesar

error: ¡Lo sentimos, este contenido está protegido!

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Suponemos que está de acuerdo, pero puede darse de baja si lo desea. Aceptar Seguir leyendo